lunes, 4 de mayo de 2020

Las adivinanzas del carpincho


Leyenda Denjiien

Se acercaba un fin de semana largo y el señor carpincho decidió salir a veranear, para desestresarse de su complicada vida. O al menos eso decía él. Se acercó al rio, no exactamente en el que solía vivir, y fue enseguida a remojarse las patas y acostarse al solcito, cerca del pasto. En su camino se encontró con un yacaré, al cual evitó pasándole por encima con mucho cuidado de no lastimarlo y lo saludó moviendo la cabeza, pues no deseaba parecer ya, demasiado confianzudo.
Al yacaré no le gustó mucho el asunto —Solo por este atrevimiento te comeré, ya que todavía no he almorzado.
Pero el señor carpincho no estaba muy preocupado pues sabía muy bien que el yacaré raras veces comía animales como él y prefería los peces, aun así era mejor no tenerlo enojado. Con su particular y característico “voceo”, propio de los carpinchos, también conocidos como chigüiros, le contestó a la criatura de grandes fauces —Venga, tampoco te enojes, yacaré, si vos sabes que no vas a comerme.
El reptil estaba todavía más enfadado pues la extremada confianza y alevosía del  comportamiento del carpincho lo tenía ya cansado —¿Acaso piensa que le temo? Ni que fuera usted un carancho. —Pues estas aves rapaces se comían a los yacarés, cuando estos eran todavía pequeños. Las madres yacaré solían asustar a sus hijos con historias de caranchos gigantes si ellos no se portaban bien.
—Es que si me comés, no vas a saber la respuesta —contestó el señor carpincho.
—¿La respuesta a cual pregunta? —preguntó el reptil.
Dijo entonces el roedor gigante:

Los varones los tenemos
Y nada con ellos hacemos
A menos que seas ratón
A veces tienes un montón
¿Qué son?

            El yacaré se quedó pensando, intrigado por lo de los ratones y desconcertado aparte por la actitud inusitada de su próximo almuerzo. Finalmente se rindió —No sé.
            —Vos podes ir y preguntar, y mañana venís y me contás. Pero si me comés ahora, perdiste, y te quedás con la duda. —respondió el carpincho acomodando un poco mejor el trasero en el fango.
            El depredador estaba frustrado, pero la duda se le había metido adentro, así que accedió al chantaje del carpincho, total siempre podría comérselo otro día.

            El intrépido roedor de los llanos descanso tranquilo esa tarde y cuando se despertó se encontró nuevamente con el saurio, con cara de pocos amigos.
            —Buenos días, señor yacaré. ¿Y qué noticias me trae?
            —Pues que me he despertado con hambre. —dijo frio animal.
            —Bueno, bueno, mejor te doy la respuesta. Eran los pezones. —contestó sonriendo el carpincho.
            —¿Qué? —preguntó enojadísimo el yacaré.
—Claro:

Los varones los tenemos
Y nada con ellos hacemos
A menos que seas ratón
A veces tienes un montón
¿Qué son?

            Son los pezones, los ratones no tienen, porque son muy chiquitos y era mucho esfuerzo ponérselos, supongo, pero si sos un perro tenés como ocho o nueve. No hace falta que sea en números pares, es muy loco ese asunto. Y nosotros los varones los tenemos pero no nos sirven para nada.
            —Pero yo soy un yacaré macho y no tengo pezones. ¿Cómo podía adivinar eso? ¿Y quién sabe, además, lo de los ratones?
            —Buen punto en eso de los reptiles. —El señor carpincho se quedó pensativo.
            —Bueno me cansé, ahora si te voy a comer.
            El turista de fin de semana se apuró a decir entonces otra de sus desconcertantes adivinanzas:

Construyo mi propia casa
Y voy con ella allí donde vaya
Y si prestas atención
A veces me encuentras cuando vas a la playa
¿Quién soy?

            El yacaré sonrió, a pesar de no tener labios, pues la mitad de sus dientes siempre permanecía expuesta y contesto altanero —Esta vez has perdido tú, eres el caracol.
            —Nop. —contestó el carpincho tranquilamente mientras se bronceaba un poco con el sol mañanero.
            —¿Cómo qué no? La almeja, el mejillón. Alguno de esos. —insistió el yacaré.
            —Deja de nombrar moluscos que no vas a adivinar. Pensalo y mañana me contás. —respondió el señor carpincho y le dio la espalda.
            El frustrado reptil estaba siendo vencido una vez más y se alejó, despacito, dejando otra vez al chigüiro en paz.

            Al alba del siguiente día, se repetía la misma escena, el yacaré enfrentaba nuevamente al carpincho —No se me ha ocurrido ninguna otra cosa que no sea un caracol. Le he preguntado a todo el mundo y nadie sabe. Si no es un caracol eso no existe.
            —Sí, si existe –dijo el carpincho entre bostezos pues recién se levantaba —. La respuesta es un foraminífero.
            —¿Un que? —preguntó enojadísimo y extrañadísimo el yacaré.
            —Los foraminíferos son unas criaturas muy pequeñas, unicelulares, aunque algunas pueden verse a simple vista, que se construyen conchas a modo de protección. Muchas veces la arena del lecho el mar se forma con los depósitos de las conchas de estos entes.
            —¿Uni qué? —insistió con su indignación el yacaré—. Me cansé, te voy a comer. Por atrevido. No tiene nada de divertido hacer esas adivinanzas que son imposibles de saber.
            —Bueno, te voy a compensar, te voy a hacer una que tenés que saber, pues todos alguna vez lo hemos experimentado. Admito que con la de los pezones te dejé afuera, te pido disculpas, tampoco era para que te enojaras. Escuchá con atención:

Lo mío es existir
Pero solo estoy en la ausencia
Y solo en mi presencia
Puedes desistir

¿Quién soy?

            El yacaré lo pensó. Genuinamente lo pensó. Quería ganarle una, alguna vez al menos. Pero aunque se rompió la cabeza no encontró respuesta. —Me estás haciendo trampa. —reclamó—. Esto es alguna otra cosa imposible de saber, algo que no me atañe de ninguna forma y jamás podré adivinar.
            —Todo lo contrario. La respuesta es el “vacío existencial”. Vos que venís aquí a tratar de engullirme sin piedad, seguro has de sentir un vacío, en la panza al menos. Algo te falta. Algún problema tenés, pero quiero que sepas que no estás solo. A todos nos pasan cosas. ¿Qué te pasa, contame? —Lo invitó el roedor a que se abriera.
            El yacaré guardó silencio por un largo rato. Su rostro cambió, estaba deprimido completamente, harto de su vida de matón. Dio media vuelta ocultando sus lágrimas de cocodrilo y se alejó contestando —Nada, déjame en paz. Tengo que llamar a mi madre. —y ya jamás regresó.
            A todo esto, un carancho que hacía días miraba todo desde arriba de un árbol, preguntó al señor carpincho —¿Cómo hace usted para ser así?
            Y él, acomodándose otra vez en la rivera para descansar, contestó —Pasa que aparte de sabroso, soy interesante.


Fin.


            Nota del autor: Este cuento surge de una serie de memes que hay en este momento dando vueltas por Facebook con carpinchos y con su actitud despreocupada y amistosa. Más específicamente con una foto donde se ve a uno de ellos descansando al lado de un yacaré. Créditos al autor de la foto subida, que he sacado de internet.

Respecto a los pezones de los ratones, que no tienen les dejo esta nota: https://es.wikipedia.org/wiki/Mus_musculus
Y respecto a los foraminíferos, protistas ameboides que hacen unas conchas muy bonitas y son sí, unicelulares, les dejo el artículo de Wikipedia. Los foraminíferos son importantes indicadores fósiles en yacimientos paleontológicos: https://es.wikipedia.org/wiki/Foraminifera

Se ve que los carpinchos les da por leer de estas cosas. ¿Ustedes que piensan?



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