Leyenda Gojiien
De la vida de los elfos, los
hombres, por lo general, saben muy poco. En raras ocasiones algunos de ellos se
mudan a vivir a las ciudades de los reyes humanos, casi siempre, para encontrar
importantes puestos entre los cortesanos. A veces como consejeros del rey, como
magos u otras profesiones en las que suelen estar mejor preparados que
cualquier otra persona. Solamente en el reino de Gojiia, Inihú fue un
reconocido historiador al servicio de los reyes de Gojiia y posteriormente
Denjiia; Vinwaen fue boticario, botánico y biólogo marino que se dedicó a
estudiar la flora y fauna de las costas del mar de Saldra; y seguramente se
podrían enumerar a muchos más, todos ellos afamados y prestigiosos miembros de
sus respectivas comunidades. Pero esta no es la historia de ninguno de ellos,
pues Tararaz, un elfo de Saldra, era un humilde molinero. Se dedicaba
principalmente a moler cebada para la fabricación de pan que elaboraban otras
personas, más preparadas que él, en ese asunto. Vivía en su molino, solo, y
raras veces hablaba con los habitantes de la ciudad, o con los campesinos. En
algunas de esas raras veces que hablaba, los hombres, le habían preguntado si,
él, era un mago. Pues era costumbre asumir que todos los elfos sabían de magia,
cosa que no era cierta. Tararaz contestó “más o menos”. Insistieron los hombres
en preguntar si él tenía algún mote, algún sobrenombre que lo distinguiera, ya
que todos los magos tenían uno, y el elfo contestó, algo amargado, “sí, soy
Tararaz, el más o menos”. Tras tal respuesta los hombres prefirieron no
molestarlo más y dejar las cosas así.
Un medio día, alguien, tocó a la
puerta del molino, que Tararaz mantenía siempre cerrada. El elfo gritó desde
adentro —Adelante. —Mientras masticaba algo
de pan.
La puerta se abrió delicadamente y
del otro lado se encontraba una mujer de mediana estatura, vestía ropas
sencillas pero sin duda costosas, sus mejillas eran regordetas y rojizas al
igual que sus brazos. Sonreía amablemente, y Tararaz no podía saberlo en ese
momento, pero eso era algo que ella siempre hacia —Buenas
tardes —dijo
alegremente—. Soy Anivin, la hija del panadero. Todos los hombres de mi padre
están ocupados y me ha enviado a mí a preguntar si ya estaba su encargo. Pues en
unos días llegan los soldados del rey al servicio del general Exes y
necesitamos mucha harina.
Tararaz había quedado obnubilado con
la belleza de la mujer, algo que muchos hombres de la ciudad ignoraban. Esto le
dio tiempo, a ella, de inspeccionar el molino por dentro. Anivin esperaba que
el lugar se encontrase lleno de harina de todo tipo, cubriéndolo todo, como era
lo más habitual en los molinos, pero no era así, había polvo pero muy poco y
solo pudo ver, colgando en una de las paredes una peculiar escoba oscura de
cerdas finas y delicadas. El elfo había sido sorprendido comiendo, sentado en
la única silla que había dentro del molino frente a una pequeña mesa. Pan, sopa
y un poco de agua, para bajar todo eso. Tararaz, recuperando repentinamente el
habla contestó —Sí. Digo… no. Pero va a estar más tarde,
puedo enviárselo mañana temprano.
—Ahh, muy bien. Lamento haberlo
molestado en su almuerzo, señor Tararaz.
El elfo se sintió obligado a
ofrecerle algo de comer, mucho más por querer pasar un poco más de tiempo con
ella que por una genuina preocupación por las necesidades alimenticias de la
mujer. —¿Tiene hambre? —preguntó cortésmente, levantándose de su silla.
—En ocasiones. –contestó ella,
siempre sonriendo.
—¿Tiene usted hambre en este
momento?
—Bueno, a decir verdad me intriga
saber qué es lo que comen los elfos.
—Es su oportunidad de sentarse a
degustar algo de nuestra cultura. —dijo el elfo, que intuía que la sopa de
verduras elfa no resultaría en un choque de mundos que devendría eventualmente
en un sincretismo que transformaría a las generaciones venideras. Pero al menos
le regalaría unos momentos más con ella y eso era mucho más de lo esperaba del potaje.
Anivin se sentó y tomó la cuchara,
pero se sintió algo observada —¿No va a comer nada usted? Hágame compañía.
—No tengo más platos, o sillas, o
cucharas. Pero si tengo más sopa, puedo comer después. —contestó el molinero.
—¿Qué es esto? —preguntó ella
refiriéndose a la sopa.
—Sopa de verduras —y tras una pausa
el elfo agregó —, elfa.
—Ahh, ¿Y como esta?
—Y… Más o menos. —contesto él con
sinceridad.
—Le diré, que no es usted un gran promotor
de su cultura —contestó ella con más sinceridad pero siempre sonriendo—. De
todas formas la probaré —llevó la cuchara a su boca para degustar la comida y
tras unos segundos hizo un gesto de satisfacción—. Mmm… Sí, es muy sabrosa,
pero le falta algo de sal —sin preguntar si podía tomó el salero que estaba
sobre la mesa y le agregó sal, muy poca y luego lo volvió a probar—¡Mmm, ahora está
muy salada, pero si le agregué muy poco!
—Sí, es normal —explicó el elfo—. El
problema está en el salero.
—¿Cómo es eso? —preguntó la hija del
panadero, muy intrigada.
—Es un salero mágico. —contestó.
—¿Y dónde lo ha conseguido?
–preguntó la mujer.
—Lo he fabricado yo mismo. El salero
siempre estará lleno de sal pues la consigue del ambiente mismo.
—¡Eso es maravilloso! —exclamó
Anivin.
—Más o menos. El problema es que
siempre dejará todo muy salado, no importa cuanta sal pongas.
—Pero esto es genial de todas
formas. ¿Usted se dedicaba a esto en —Anivin se dio cuenta en ese preciso
momento que no tenía ni la más pálida idea de donde provenía Tararaz así que se
apresuró a decir sin que se notara—de “elfolandia”. —y se corrigió sonriendo—.
¿De dónde es usted?
—Soy de la tribu de Saldra, las
islas al oeste. Es tierra de grandes artesanos mágicos. En algún momento yo
pretendía convertirme en uno de ellos. El salero de sal infinita fue mi primer
examen de ingreso. Fue lo que presente para poder ingresar a la universidad
mágica. Pero como siempre quedaba todo muy salado, fue rechazado. Muchos de mis
compañeros incluso se mofaron de mí. Llamaron al salero “Salalaraz”, por mi
nombre.
—¡Que crueles! Es una lástima que no
haya ingresado. ¿Pero siempre puede usted volver a presentarse.
—Cada quince años —explicó el
elfo—pueden los aspirantes volver a presentarse, es común no entrar en el
primer intento.
—¡Entonces usted lo volvió a
intentar! —dijo ella sonriendo entusiasmada.
—Sí, otras cinco veces, nunca me
aceptaron, decidí entonces abandonar mis tierras y dedicarme a ser molinero,
algo en lo que todavía no he fracasado.
—¡Pero este salero es genial!
¿Entiende usted lo que podríamos ahorrarnos en sal?, con lo difícil que es de
obtener.
—Si yo entiendo. Pero, como le digo,
siempre queda muy salado, no importa cuanta ponga. —contestó el elfo resignado.
Anivin tomó el vaso de agua y vertió
un poco dentro del plato que contenía la sopa y volvió a probarla —¡Esta
perfecta! —sirvió un poco más en la cuchara y se la ofreció al elfo. Tararaz la
probó y comprobó, por él mismo que, ahora, contenía una cantidad apropiada de
sal. Ni él, ni toda una tribu de elfos apurados en defenestrarlo, se habían dado
cuenta en más de un siglo que si diluían lo que salaban esto se volvería
aceptable.
—No se me había ocurrido nunca. Décadas
de comer las cosas tan saladas, solo para torturarme. —dijo el elfo pensando en
voz alta.
—¿Tiene más de estas maravillosas cosas
que usted dice que no sirven? Los humanos somos menos exigentes que los de su
raza. ¿Qué presentó esas otras cinco veces?
Tararaz envalentonado decidió contar
toda su historia —Quince años después presenté mi escoba. Es capaz de limpiar
polvo y líquidos de cualquier superficie.
—Sí, he notado que prolijo tiene
usted este lugar. —señaló Anivin.
El elfo hizo una mueca, disconforme —Y…
Más o menos. En realidad si limpia, pero siempre deja un poco de polvo o cosas así.
Usted puede seguir limpiando pero en realidad siempre quedará algo. Así que
tampoco me aceptaron la segunda vez.
—Entiendo. —contestó ella
sonriendo—Pero si esto es un desastre, todo desorganizado y usted pasa la
escoba, queda así como está ahora, de una sola vez. Uno se demoraría horas de
otra forma.
—Sí, aunque nunca va a poder
terminar de limpiar.
—¿Y después con que siguió?
—Después intenté con la música,
quise hacer un instrumento musical mágico. —buscó entre sus ropas y sacó una
pequeña flauta de madera tallada y se la enseñó a la mujer —. El problema fue
que no hace ningún sonido.
—Eso es imposible. —dijo ella
desafiante.
—¡Es cierto! O bueno… más o menos.
En realidad los elfos sabemos muy bien que el sonido está producido por
vibraciones que nuestros oídos reconocen. La flauta produce esas vibraciones, así
que sonido, estrictamente, si hace. Pero nadie es capaz de escucharlo. Y no
solo si sopla, incluso si la golpea. Nunca se escucha nada.
—No le creo, déjeme intentarlo –dijo
ella recibiendo la flauta. Pero por más que sopló y sopló, jamás pudieron
escuchar nada.
—Es muy frustrante, mis compañeros
la llamaron “el flautín mudo”.
—¡Que malos! ¿Y qué más?
—Después hice este anillo. –y sacó
de un bolsillo un simple anillo plateado —. Yo lo llamó “el anillo de la afasia
elocuente”.
—¿Y qué hace?
—Le permite a quien lo use
básicamente decir sandeces de una manera muy elegante. Dentro de la mente de su
portador las palabras brotarán mezclándose sus significados en una maraña de
expresiones que parecerán tener sentido aunque en realidad no tendrán ninguno.
Lo idee para que lo usara algún político. No obstante la política entre los
elfos no es algo muy bien visto y mucho menos la ausencia de sentido. Así que
tampoco me aceptaron esa vez.
—¿Y la quinta vez que presento?
Quitó entonces una aguja de dos
pulgadas de largo y metálica de la solapa de su camisa y se la entregó a la
mujer para que ella la inspeccionase —Presenté esta aguja, que es capaz de atravesar
con total facilidad incluso el hierro o el acero. Se me había ocurrido que los
herreros podían coser armaduras con sencillez y sin esfuerzo. El problema es
que no hay hilo que sirva para eso.
—¿Y la última vez?
—Hice un anillo que permite a quien
lo usa tener siempre limpios los ojos, no importa cuánto polvo o tierra haya
siempre podrán tener los ojos limpios. Lo ideé pensando en los jinetes a los
que, a todo galope, les entra tierra en los ojos.
—Me parece una muy buena idea, pero
¿Por qué un anillo? —preguntó ella y luego agregó—. Se nota a que a usted le
gustan los anillos.
—Pues en primer lugar, los encuentro
muy prácticos. Pero además, un jinete no podía estar colocándose gotas o cosas así,
en plena marcha.
—¡Es cierto! Ha de ser muy útil.
—Y… más o menos. En realidad tiene
un efecto secundario muy fuerte y es que produce constantemente lagañas. Lo
cual es lógico, pues limpia los ojos, pero a los elfos no les gusta ir llenos
de lagañas así que me rechazaron también en aquella ocasión. Llamaron al anillo
“lagañador”.
—Ese sí, fue gracioso. —contestó
Anivin, sonriendo discretamente.
—Después de tantos fracasos
finalmente desistí y me mudé aquí, a trabajar como molinero.
—Pues, es una verdadera lástima. Si
no es mucha molestia, ¿me prestaría el salero? Quisiera enseñárselo a mi padre.
Tararaz en realidad no iba a decirle
que no a ninguna cosa que la mujer le pidiese –Sí, por supuesto. Incluso le
regalo la flauta, total nunca sirvió para nada.
—Más o menos. —contesto ella
sonriendo y aceptando el obsequio.
Anivin se retiró del molino
llevándose un salero mágico y una misteriosa flauta.
Poniendo en práctica lo que había
aprendido, le enseñó a su padre a utilizar el salero. Dejaban siempre una parte
sin salar y luego lo mezclaba todo en una sola masa homogénea. Sin tener que
comprar sal, la panadería se ahorraría fortunas. Habiendo encontrado un tesoro
en aquel salero, se dedicó, por pura curiosidad a investigar y experimentar con
aquel instrumento musical que no era capaz de ser escuchado. Sin haber
estudiado música alguna vez, el asunto solo se volvía aún más misterioso.
Un día se sentó en el zaguán de la
puerta de la panadería de su padre a soplar y soplar intentando sacar alguna
nota de aquella cosa. Pero obtuvo el mismo resultado que siempre, solo que fue
capaz de observar algo. Un perro callejero se le había quedado mirando.
Entonces volvió a tocar el instrumento y contempló que el perro reaccionaba,
había alzado sus orejas y movía su cabeza inclinándola de un lado al otro. Le
tomó un poco de práctica, sobre todo porque ella al menos no podía escuchar
nada, pero descubrió que algunos sonidos agradaban al perro y otros no. La
flauta no era en absoluto muda, pero había sido creado para otro público, uno
menos exigente, quizás y sin duda, más peludo. Anivin se sintió muy feliz pues
ya tenía una excusa para poder volver a visitar a Tararaz. Además tenía un
favor que pedirle e intuía que el elfo no se negaría.
Teniendo más de veinte años y siendo su
padre un hombre muy conservador, este, esperaba que ella se hubiera casado ya.
En son de resolver tal asunto, su padre, el panadero, le había conseguido un
pretendiente que principalmente la cortejaba por la pequeña fortuna que poseía
el hombre y ella eventualmente heredaría. El joven no era del agrado de Anivin,
que lo encontraba insoportablemente pedante y aparte era hipocondriaco de los más
exagerados. En unos días se encontrarían con Exes, un general del ejército de
Gojiia, excéntrico como pocos, interesado en asuntos metafísicos y espirituales,
a quien se le había encargado la construcción de una muralla para la ciudad y
llegaría con obreros, soldados y piedras de granito extraídas de canteras muy
lejanas. El padre de Anivin esperaba poder presentar a su hija, en pareja, ante
tal general que era un importante cliente y amigo y presionarla a que se casase
con él. Anivin por supuesto tenía otros planes.
Le pidió al elfo que asistiese aquel día
a la ciudad con sus dos anillos y sus mejores ropas. Cosa que Tararaz, por supuesto
hizo, también le entregó el anillo que servía para tener bien limpios los ojos.
La hija del panadero, con su mejor vestido se colocó el anillo e inmediatamente
comenzó a llenarse de lagañas de las más horribles y pegajosas y fue al
encuentro del muchacho, intento de pretendiente. Tan pronto como la vio se alejó,
despavorido, asumiendo que sufría un agudo caso de conjuntivitis. Su padre viendo
que el joven la abandonaba en tal crucial momento y sobre todo sin saber por
qué, jamás pudo perdonárselo, pero se encontró angustiado por tal situación.
Anivin entonces le sugirió que le permitiese presentarle al general, al elfo
molinero que había creado al salero mágico. El panadero aceptó, un poco
resignado. Pero un pretendiente, así fuera un elfo molinero, era mejor que
ninguno. Su hija le aseguró que no se decepcionaría, pues Tararaz era muy culto
y de seguro entretendría al general con su vasto conocimiento sobre el mundo en
sí. Por supuesto “sugirió” al elfo que se colocase él aquel anillo de la afasia
elocuente, no fuera cosa que se quedase sin tema del cual hablar.
Se reunieron con el militar en una
quinta, propiedad de él, donde también se encontraban algunos de sus hombres,
muchos de ellos campesinos y criadores de ganado, pero también picapedreros y
soldados. Era una noche apacible y agradable y la casona del general era un
lugar íntimo y relativamente poco ostentoso. Cerca de allí las pilas de piedras
se encontraban ya preparadas para ser utilizadas prontamente en la muralla.
El general era un hombre de baja
estatura, delgado y arrugado, todo lo contrario al padre de Anivin. Además tenía
un bigote que él mismo se retorcía constantemente y la mala costumbre de fumar
en pipa, incluso cuando comía.
—Entonces… —dijo el militar— ¿Usted
es el creador de ese maravilloso salero mágico?
—Sí. Aunque ahora me encuentro en el
negocio de la molienda. —contestó Tararaz.
—No es algo muy lucrativo. —señaló
el padre de Anivin.
—Pero si el salero funciona, así y
como dicen, podría valer una fortuna. —insistió el general, soltando una
bocanada de humo.
Con el anillo en su dedo meñique
izquierdo Tararaz se dispuso a dar alguna respuesta que posiblemente no tuviera
sentido pero que al menos sonase reconfortante –En mis taciturnos tres siglos
de deambular por estas tierras nunca he sentido la urgencia de abastecerme de
lo superfluo y perenne, mientras que me he inclinado más por un acercamiento
transversal a los epicentros mismos de las interrogantes ancestrales propias de
los demiurgos fluorescentes, buscando un acercamiento vertiginoso pero nunca
asintótico a la realización misma. Los verdaderos sabios jamás han sido
poderosos y los poderosos nunca han sido verdaderos sabios, sin embargo: todo
lo contrario.
—mmm… —dijo pretendiendo entender
algo el general mientras se tomaba una copa de vino—. ¿Y qué piensa de la
verdad?
—Siempre he considerado que es muy
notorio, incluso en el danzar hiperbólico de las abejas asesinas, que, sin
necesidad uno de observar demasiado, la
naturaleza misma del comportamiento de todo ente viviente es volátil.
Perpendicular, diría yo, a la creencia de motivaciones ulteriores a los albores
mismos de la ubicuidad… obscura, con b antes de la s.
—¿Y qué piensa usted de mi hija? —preguntó
el panadero.
Tararaz se quitó el anillo, con
miedo de no tener que decir o de dejárselo y decir cualquier cosa —Toda mi vida
he creído que soy un mediocre, principalmente porque me he rodeado de gente que
me permitió creérmelo. Si la gente que lo acompaña a uno lo hace sentir
mediocre, es porque uno no está rodeado de la gente correcta. Su hija sin duda
es la persona correcta.
—No puedo estar más de acuerdo. —contestó
el general mientras se tomaba otra copa de vino.
Poco a poco fue llegando la
medianoche, para ese entonces tanto el padre de Anivin como su amigo el general
habían ya tomado muchísimo, sobre todo el general. Decidieron salir a
contemplar las estrellas. Le habían pedido ya, a sus sirvientes, que los
dejaran solos, permitiéndoles ir a descansar. La fascinación del bigotudo por
el elfo era sincera y se pasó la velada preguntando cosas a las que Tararaz le respondió
siempre con, cualquier cosa.
Los dos hombres ya estaban bastante
ebrios cuando descubrieron que una jauría de lobos grises se había colado en la
hacienda en busca de cazar algo del ganado. Cuando los lobos estaban ya casi
encima de ellos fue demasiado tarde para pedir por ayuda. El general desenvainó
su espada dando un paso al frente para proteger a los demás. Pero en su estado
de ebriedad, lanzando espadazos al aire cortó uno de los amarres que sostenía
una pila de granito y esta se desplomó, sobre una de sus piernas, dejándolo
atrapado. Anivin utilizó la flauta
silenciosa para espantar a los lobos, habiendo aprendido que esos animales, así
como los perros con los que estaban emparentados, podían escuchar los sonidos
que producía. Pero era tarde para el general. Estaba sepultado por las rocas.
No había forma de hacer palanca alguna en poco tiempo, golpear la piedra solo
lo lastimaría más y cavar no era un opción a corto plazo.
—¿Has traído la aguja contigo,
Tararaz? —preguntó ella.
El elfo, la quitó de la solapa de su
camisa, donde siempre la cargaba y se la entregó —Toma, aunque no entiendo que
pretendes hacer con ella.
Pero Anivin, como siempre, había
tenido una buena idea. La aguja atravesaba el granito con facilidad, incluso en
las delicadas manos de la hija del panadero, la piedra parecía de manteca,
gracias a las cualidades mágicas de la misma. Fue haciendo diminutos agujeros
uno al lado del otro, con mucha paciencia, hasta formar una línea, todo a lo
largo del granito. Luego con un simple golpe de martillo en uno de sus lados,
el granito se partió en dos, dejando libre al general, el cual pudo ser
finalmente atendido por sus hombres y vivió para contar la historia.
—¡Esa aguja es sin duda
impresionante! —exclamó el panadero—No entendí lo que paso con esa flauta y los
lobos.
Anivin estaba entusiasmada —Son
todas creaciones de Tararaz. Mucho mejor pretendiente que el hipocondriaco ese.
—¿Sí? ¿Un elfo molinero?
—Sí. –contestó, enérgica— ¿Te gusta
la idea, padre?
—Y…
más o menos.
La respuesta de su padre igual le
importó muy poco pues al poco tiempo ella se mudó a vivir al molino y por si
hace falta saberlo, jamás se casaron. Eventualmente, Tararaz, fue reconocido en
Saldra como el gran artesano que era. La flauta silenciosa se convirtió en uno
de los más poderosos instrumentos mágicos siendo capaz de ejecutar canciones
mágicas que ningún otro instrumento era capaz. Y aunque Tararaz, el más o
menos, jamás regresó a sus tierras natales, se convirtió en el maestro de
varios afamados artesanos mágicos, ninguno de ellos pretenciosos o vanidosos.
Siendo el más conocido Makiias, el humilde. Anivin por su parte fue feliz tanto
como pudo, junto a su amado molinero, en ocasiones maestro artesano. Y lo ayudó
en lo que fue capaz para que pudiera alcanzar su realización, así como él
también a ella.
Eso sí, en ocasiones, nunca en
presencia del elfo, cuando ella intentaba organizar un poco su vivienda ayudada
por la escoba mágica de Tararaz, después del octavo intento por recoger todo el
polvo, sin éxito, se la escuchaba murmurar —¡Pero que escoba de mierda!
Fin
No hay comentarios:
Publicar un comentario