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miércoles, 12 de mayo de 2021

Chinches

 Leyenda Gojiien


    Habían estado casados por catorce años. Ambos estaban hartos el uno del otro. Acostumbrados a la pobreza y con desgano de vivir. Él anhelaba que su esposa desapareciera de la faz de la tierra. Por diferentes motivos. Estaba enamorado de una vecina, la cual lo había rechazado diversas veces, explicando que no tendría nada con él, por estar casado. Su mujer lo hostigaba reclamándole su poca cooperación en las tareas del hogar, con su continuo y decepcionante ausentismo a su trabajo, con la total ausencia de higiene. El hombre, quizás por pura rebeldía, se negaba a limpiar los trastes después de comer, ni siquiera ayudaba levantando la mesa. Pasaba días sin bañarse. Y jamás, en sus casi tres lustros de matrimonio, había tendido la cama. Su esposa había decidió trazar la línea ahí. Negándose incluso a cambiar las sabanas si el no cooperaba al respecto. Las chinches invadieron la habitación. Esos animalejos pequeños, diminutos, que se escondía debajo de la cama para, por las noches, cuando dormían, subirse por las sabanas a robarle gotas de sangre. No podían descansar, amanecían agobiados por la picazón. Pero alcanzaba que recobrasen la conciencia para recordar lo mucho que se odiaban. Y de pronto, las picaduras, se convertían en el menor de sus problemas.


    Dispuesto a solucionar tal situación, el de su esposa, consiguió un poco de veneno. Un brebaje prácticamente indetectable que mataba paralizando los órganos. Una gota, alcanzaba para inmovilizar a uno por unas horas; dos gotas por todo un día; tres gotas lo paralizarían para siempre; mas, sería fatal en cualquier proporción. Él, usó todo el frasco. Lo mezcló con el vino que le ofreció a su acompañante, la cual no sospechó nada. Aquella última cena fue de las más silenciosas que alguna vez tuvo. Ella quedó tiesa, fulminada. Fingir delante del médico, que pasó solo a dejar la constancia de óbito, fue lo más fácil. Se endeudó, incluso, para pagar un hermoso funeral.


    Sin su esposa su vida fue más fácil, o eso creyó. Nada lo hacía más feliz que no tener que estar nunca más cerca de ella. Siguió sin limpiar los platos, asearse o cambiar la ropa de cama. Pero ahora ya nadie le reclamaba nada. Podía acosar a su vecina con total impunidad, también. Eventualmente los platos limpios se acabaron, pues los limpiaba su difunta esposa. Comió entonces de la olla o de la sartén. Y cuando estas estuvieron ya inutilizables salió por bebida. Regresó, borracho, un día después de haber abandonado su hogar. Dispuesto a descansar, pero antes, quería algo más de bebida. El problema fue que no quedaba nada. Lo poco que alguna vez hubo, se agotó al momento de morir su esposa, pues ya nadie más volvió a comprarlo. Desesperado buscó entre los vasos tirados por el suelo y por sobre la mesa, ingiriendo todo lo que encontró. No importó si dentro de ellos había insectos muertos o estuviesen llenos de hongos. Importaba el alcohol. Solo cuando supo que ya no había más donde buscar, fue que se acostó.


    Pero para su desgracia, entre todo aquello que tragó, se encontraban algunas gotas del veneno que había utilizado en su mujer. En algún vaso que él, no había lavado. Quedó inmóvil, consiente pero incapaz de volver a levantarse de su lecho. Y cuando llegó la noche, las chinches subieron a alimentarse. Eran miles, lo cubrían por completo. Las sintió caminar por su cara, por su cuello, entre sus piernas. Lo picaban y lo volvían a picar, desangrándolo poco a poco. Si tan solo hubiese cambiado las sabanas una vez, ellas serian menos. Si tan solo su esposa lo acompañase, podría haberlas ahuyentado o haber buscado un médico. Pero él ya era libre. Las chinches saciaron su apetito y se retiraron. El hombre siguió sin poder levantarse y a la noche siguiente regresaron a desecarlo en vida.


    Encontraron el cuerpo meses después, pues a nadie le importaba aquel perezoso ser. Los testigos, narraron que al intentar levantarlo, este, se convirtió en cenizas. Juntaron sus restos en una caja. Barrieron y limpiaron, de paso, toda la vivienda; y prendieron fuego aquel lecho. La venta del inmueble serviría para pagar las deudas que el hombre había dejado, pero no alcanzaba para costear otro funeral. Decidieron entonces, esparcir las cenizas sobre la tumba de su mujer. Asumieron que, eso, sería lo que él hubiera deseado.


   

Fin.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Tararaz, el más o menos

Leyenda Gojiien

 

            De la vida de los elfos, los hombres, por lo general, saben muy poco. En raras ocasiones algunos de ellos se mudan a vivir a las ciudades de los reyes humanos, casi siempre, para encontrar importantes puestos entre los cortesanos. A veces como consejeros del rey, como magos u otras profesiones en las que suelen estar mejor preparados que cualquier otra persona. Solamente en el reino de Gojiia, Inihú fue un reconocido historiador al servicio de los reyes de Gojiia y posteriormente Denjiia; Vinwaen fue boticario, botánico y biólogo marino que se dedicó a estudiar la flora y fauna de las costas del mar de Saldra; y seguramente se podrían enumerar a muchos más, todos ellos afamados y prestigiosos miembros de sus respectivas comunidades. Pero esta no es la historia de ninguno de ellos, pues Tararaz, un elfo de Saldra, era un humilde molinero. Se dedicaba principalmente a moler cebada para la fabricación de pan que elaboraban otras personas, más preparadas que él, en ese asunto. Vivía en su molino, solo, y raras veces hablaba con los habitantes de la ciudad, o con los campesinos. En algunas de esas raras veces que hablaba, los hombres, le habían preguntado si, él, era un mago. Pues era costumbre asumir que todos los elfos sabían de magia, cosa que no era cierta. Tararaz contestó “más o menos”. Insistieron los hombres en preguntar si él tenía algún mote, algún sobrenombre que lo distinguiera, ya que todos los magos tenían uno, y el elfo contestó, algo amargado, “sí, soy Tararaz, el más o menos”. Tras tal respuesta los hombres prefirieron no molestarlo más y dejar las cosas así.

 

            Un medio día, alguien, tocó a la puerta del molino, que Tararaz mantenía siempre cerrada. El elfo gritó desde adentro Adelante. Mientras masticaba algo de pan.

            La puerta se abrió delicadamente y del otro lado se encontraba una mujer de mediana estatura, vestía ropas sencillas pero sin duda costosas, sus mejillas eran regordetas y rojizas al igual que sus brazos. Sonreía amablemente, y Tararaz no podía saberlo en ese momento, pero eso era algo que ella siempre hacia Buenas tardes dijo alegremente—. Soy Anivin, la hija del panadero. Todos los hombres de mi padre están ocupados y me ha enviado a mí a preguntar si ya estaba su encargo. Pues en unos días llegan los soldados del rey al servicio del general Exes y necesitamos mucha harina.

            Tararaz había quedado obnubilado con la belleza de la mujer, algo que muchos hombres de la ciudad ignoraban. Esto le dio tiempo, a ella, de inspeccionar el molino por dentro. Anivin esperaba que el lugar se encontrase lleno de harina de todo tipo, cubriéndolo todo, como era lo más habitual en los molinos, pero no era así, había polvo pero muy poco y solo pudo ver, colgando en una de las paredes una peculiar escoba oscura de cerdas finas y delicadas. El elfo había sido sorprendido comiendo, sentado en la única silla que había dentro del molino frente a una pequeña mesa. Pan, sopa y un poco de agua, para bajar todo eso. Tararaz, recuperando repentinamente el habla contestó Sí. Digo… no. Pero va a estar más tarde, puedo enviárselo mañana temprano.

            —Ahh, muy bien. Lamento haberlo molestado en su almuerzo, señor Tararaz.

            El elfo se sintió obligado a ofrecerle algo de comer, mucho más por querer pasar un poco más de tiempo con ella que por una genuina preocupación por las necesidades alimenticias de la mujer. —¿Tiene hambre? —preguntó cortésmente, levantándose de su silla.

            —En ocasiones. –contestó ella, siempre sonriendo.

            —¿Tiene usted hambre en este momento?

            —Bueno, a decir verdad me intriga saber qué es lo que comen los elfos.

            —Es su oportunidad de sentarse a degustar algo de nuestra cultura. —dijo el elfo, que intuía que la sopa de verduras elfa no resultaría en un choque de mundos que devendría eventualmente en un sincretismo que transformaría a las generaciones venideras. Pero al menos le regalaría unos momentos más con ella y eso era mucho más de lo esperaba del potaje.

            Anivin se sentó y tomó la cuchara, pero se sintió algo observada —¿No va a comer nada usted? Hágame compañía.

            —No tengo más platos, o sillas, o cucharas. Pero si tengo más sopa, puedo comer después. —contestó el molinero.

            —¿Qué es esto? —preguntó ella refiriéndose a la sopa.

            —Sopa de verduras —y tras una pausa el elfo agregó —, elfa.

            —Ahh, ¿Y como esta?

            —Y… Más o menos. —contesto él con sinceridad.

            —Le diré, que no es usted un gran promotor de su cultura —contestó ella con más sinceridad pero siempre sonriendo—. De todas formas la probaré —llevó la cuchara a su boca para degustar la comida y tras unos segundos hizo un gesto de satisfacción—. Mmm… Sí, es muy sabrosa, pero le falta algo de sal —sin preguntar si podía tomó el salero que estaba sobre la mesa y le agregó sal, muy poca y luego lo volvió a probar—¡Mmm, ahora está muy salada, pero si le agregué muy poco!

            —Sí, es normal —explicó el elfo—. El problema está en el salero.

            —¿Cómo es eso? —preguntó la hija del panadero, muy intrigada.

            —Es un salero mágico. —contestó.

            —¿Y dónde lo ha conseguido? –preguntó la mujer.

            —Lo he fabricado yo mismo. El salero siempre estará lleno de sal pues la consigue del ambiente mismo.

            —¡Eso es maravilloso! —exclamó Anivin.

            —Más o menos. El problema es que siempre dejará todo muy salado, no importa cuanta sal pongas.

            —Pero esto es genial de todas formas. ¿Usted se dedicaba a esto en —Anivin se dio cuenta en ese preciso momento que no tenía ni la más pálida idea de donde provenía Tararaz así que se apresuró a decir sin que se notara—de “elfolandia”. —y se corrigió sonriendo—. ¿De dónde es usted?

            —Soy de la tribu de Saldra, las islas al oeste. Es tierra de grandes artesanos mágicos. En algún momento yo pretendía convertirme en uno de ellos. El salero de sal infinita fue mi primer examen de ingreso. Fue lo que presente para poder ingresar a la universidad mágica. Pero como siempre quedaba todo muy salado, fue rechazado. Muchos de mis compañeros incluso se mofaron de mí. Llamaron al salero “Salalaraz”, por mi nombre.

            —¡Que crueles! Es una lástima que no haya ingresado. ¿Pero siempre puede usted volver a presentarse.

            —Cada quince años —explicó el elfo—pueden los aspirantes volver a presentarse, es común no entrar en el primer intento.

            —¡Entonces usted lo volvió a intentar! —dijo ella sonriendo entusiasmada.

            —Sí, otras cinco veces, nunca me aceptaron, decidí entonces abandonar mis tierras y dedicarme a ser molinero, algo en lo que todavía no he fracasado.

            —¡Pero este salero es genial! ¿Entiende usted lo que podríamos ahorrarnos en sal?, con lo difícil que es de obtener.

            —Si yo entiendo. Pero, como le digo, siempre queda muy salado, no importa cuanta ponga. —contestó el elfo resignado.

            Anivin tomó el vaso de agua y vertió un poco dentro del plato que contenía la sopa y volvió a probarla —¡Esta perfecta! —sirvió un poco más en la cuchara y se la ofreció al elfo. Tararaz la probó y comprobó, por él mismo que, ahora, contenía una cantidad apropiada de sal. Ni él, ni toda una tribu de elfos apurados en defenestrarlo, se habían dado cuenta en más de un siglo que si diluían lo que salaban esto se volvería aceptable.

            —No se me había ocurrido nunca. Décadas de comer las cosas tan saladas, solo para torturarme. —dijo el elfo pensando en voz alta.

            —¿Tiene más de estas maravillosas cosas que usted dice que no sirven? Los humanos somos menos exigentes que los de su raza. ¿Qué presentó esas otras cinco veces?

            Tararaz envalentonado decidió contar toda su historia —Quince años después presenté mi escoba. Es capaz de limpiar polvo y líquidos de cualquier superficie.

            —Sí, he notado que prolijo tiene usted este lugar. —señaló Anivin.

            El elfo hizo una mueca, disconforme —Y… Más o menos. En realidad si limpia, pero siempre deja un poco de polvo o cosas así. Usted puede seguir limpiando pero en realidad siempre quedará algo. Así que tampoco me aceptaron la segunda vez.

            —Entiendo. —contestó ella sonriendo—Pero si esto es un desastre, todo desorganizado y usted pasa la escoba, queda así como está ahora, de una sola vez. Uno se demoraría horas de otra forma.

            —Sí, aunque nunca va a poder terminar de limpiar.

            —¿Y después con que siguió?

            —Después intenté con la música, quise hacer un instrumento musical mágico. —buscó entre sus ropas y sacó una pequeña flauta de madera tallada y se la enseñó a la mujer —. El problema fue que no hace ningún sonido.

            —Eso es imposible. —dijo ella desafiante.

            —¡Es cierto! O bueno… más o menos. En realidad los elfos sabemos muy bien que el sonido está producido por vibraciones que nuestros oídos reconocen. La flauta produce esas vibraciones, así que sonido, estrictamente, si hace. Pero nadie es capaz de escucharlo. Y no solo si sopla, incluso si la golpea. Nunca se escucha nada.

            —No le creo, déjeme intentarlo –dijo ella recibiendo la flauta. Pero por más que sopló y sopló, jamás pudieron escuchar nada.

            —Es muy frustrante, mis compañeros la llamaron “el flautín mudo”.

            —¡Que malos! ¿Y qué más?

            —Después hice este anillo. –y sacó de un bolsillo un simple anillo plateado —. Yo lo llamó “el anillo de la afasia elocuente”.

            —¿Y qué hace?

            —Le permite a quien lo use básicamente decir sandeces de una manera muy elegante. Dentro de la mente de su portador las palabras brotarán mezclándose sus significados en una maraña de expresiones que parecerán tener sentido aunque en realidad no tendrán ninguno. Lo idee para que lo usara algún político. No obstante la política entre los elfos no es algo muy bien visto y mucho menos la ausencia de sentido. Así que tampoco me aceptaron esa vez.

            —¿Y la quinta vez que presento?

            Quitó entonces una aguja de dos pulgadas de largo y metálica de la solapa de su camisa y se la entregó a la mujer para que ella la inspeccionase —Presenté esta aguja, que es capaz de atravesar con total facilidad incluso el hierro o el acero. Se me había ocurrido que los herreros podían coser armaduras con sencillez y sin esfuerzo. El problema es que no hay hilo que sirva para eso.

            —¿Y la última vez?

            —Hice un anillo que permite a quien lo usa tener siempre limpios los ojos, no importa cuánto polvo o tierra haya siempre podrán tener los ojos limpios. Lo ideé pensando en los jinetes a los que, a todo galope, les entra tierra en los ojos.

            —Me parece una muy buena idea, pero ¿Por qué un anillo? —preguntó ella y luego agregó—. Se nota a que a usted le gustan los anillos.

            —Pues en primer lugar, los encuentro muy prácticos. Pero además, un jinete no podía estar colocándose gotas o cosas así, en plena marcha.

            —¡Es cierto! Ha de ser muy útil.

            —Y… más o menos. En realidad tiene un efecto secundario muy fuerte y es que produce constantemente lagañas. Lo cual es lógico, pues limpia los ojos, pero a los elfos no les gusta ir llenos de lagañas así que me rechazaron también en aquella ocasión. Llamaron al anillo “lagañador”.

            —Ese sí, fue gracioso. —contestó Anivin, sonriendo discretamente.

            —Después de tantos fracasos finalmente desistí y me mudé aquí, a trabajar como molinero.

            —Pues, es una verdadera lástima. Si no es mucha molestia, ¿me prestaría el salero? Quisiera enseñárselo a mi padre.

            Tararaz en realidad no iba a decirle que no a ninguna cosa que la mujer le pidiese –Sí, por supuesto. Incluso le regalo la flauta, total nunca sirvió para nada.

            —Más o menos. —contesto ella sonriendo y aceptando el obsequio.

            Anivin se retiró del molino llevándose un salero mágico y una misteriosa flauta.

 

            Poniendo en práctica lo que había aprendido, le enseñó a su padre a utilizar el salero. Dejaban siempre una parte sin salar y luego lo mezclaba todo en una sola masa homogénea. Sin tener que comprar sal, la panadería se ahorraría fortunas. Habiendo encontrado un tesoro en aquel salero, se dedicó, por pura curiosidad a investigar y experimentar con aquel instrumento musical que no era capaz de ser escuchado. Sin haber estudiado música alguna vez, el asunto solo se volvía aún más misterioso.

 

Un día se sentó en el zaguán de la puerta de la panadería de su padre a soplar y soplar intentando sacar alguna nota de aquella cosa. Pero obtuvo el mismo resultado que siempre, solo que fue capaz de observar algo. Un perro callejero se le había quedado mirando. Entonces volvió a tocar el instrumento y contempló que el perro reaccionaba, había alzado sus orejas y movía su cabeza inclinándola de un lado al otro. Le tomó un poco de práctica, sobre todo porque ella al menos no podía escuchar nada, pero descubrió que algunos sonidos agradaban al perro y otros no. La flauta no era en absoluto muda, pero había sido creado para otro público, uno menos exigente, quizás y sin duda, más peludo. Anivin se sintió muy feliz pues ya tenía una excusa para poder volver a visitar a Tararaz. Además tenía un favor que pedirle e intuía que el elfo no se negaría.

 

Teniendo más de veinte años y siendo su padre un hombre muy conservador, este, esperaba que ella se hubiera casado ya. En son de resolver tal asunto, su padre, el panadero, le había conseguido un pretendiente que principalmente la cortejaba por la pequeña fortuna que poseía el hombre y ella eventualmente heredaría. El joven no era del agrado de Anivin, que lo encontraba insoportablemente pedante y aparte era hipocondriaco de los más exagerados. En unos días se encontrarían con Exes, un general del ejército de Gojiia, excéntrico como pocos, interesado en asuntos metafísicos y espirituales, a quien se le había encargado la construcción de una muralla para la ciudad y llegaría con obreros, soldados y piedras de granito extraídas de canteras muy lejanas. El padre de Anivin esperaba poder presentar a su hija, en pareja, ante tal general que era un importante cliente y amigo y presionarla a que se casase con él. Anivin por supuesto tenía otros planes.

 

Le pidió al elfo que asistiese aquel día a la ciudad con sus dos anillos y sus mejores ropas. Cosa que Tararaz, por supuesto hizo, también le entregó el anillo que servía para tener bien limpios los ojos. La hija del panadero, con su mejor vestido se colocó el anillo e inmediatamente comenzó a llenarse de lagañas de las más horribles y pegajosas y fue al encuentro del muchacho, intento de pretendiente. Tan pronto como la vio se alejó, despavorido, asumiendo que sufría un agudo caso de conjuntivitis. Su padre viendo que el joven la abandonaba en tal crucial momento y sobre todo sin saber por qué, jamás pudo perdonárselo, pero se encontró angustiado por tal situación. Anivin entonces le sugirió que le permitiese presentarle al general, al elfo molinero que había creado al salero mágico. El panadero aceptó, un poco resignado. Pero un pretendiente, así fuera un elfo molinero, era mejor que ninguno. Su hija le aseguró que no se decepcionaría, pues Tararaz era muy culto y de seguro entretendría al general con su vasto conocimiento sobre el mundo en sí. Por supuesto “sugirió” al elfo que se colocase él aquel anillo de la afasia elocuente, no fuera cosa que se quedase sin tema del cual hablar.

 

            Se reunieron con el militar en una quinta, propiedad de él, donde también se encontraban algunos de sus hombres, muchos de ellos campesinos y criadores de ganado, pero también picapedreros y soldados. Era una noche apacible y agradable y la casona del general era un lugar íntimo y relativamente poco ostentoso. Cerca de allí las pilas de piedras se encontraban ya preparadas para ser utilizadas prontamente en la muralla.

 

            El general era un hombre de baja estatura, delgado y arrugado, todo lo contrario al padre de Anivin. Además tenía un bigote que él mismo se retorcía constantemente y la mala costumbre de fumar en pipa, incluso cuando comía.

            —Entonces… —dijo el militar— ¿Usted es el creador de ese maravilloso salero mágico?

            —Sí. Aunque ahora me encuentro en el negocio de la molienda. —contestó Tararaz.      

            —No es algo muy lucrativo. —señaló el padre de Anivin.

            —Pero si el salero funciona, así y como dicen, podría valer una fortuna. —insistió el general, soltando una bocanada de humo.

            Con el anillo en su dedo meñique izquierdo Tararaz se dispuso a dar alguna respuesta que posiblemente no tuviera sentido pero que al menos sonase reconfortante –En mis taciturnos tres siglos de deambular por estas tierras nunca he sentido la urgencia de abastecerme de lo superfluo y perenne, mientras que me he inclinado más por un acercamiento transversal a los epicentros mismos de las interrogantes ancestrales propias de los demiurgos fluorescentes, buscando un acercamiento vertiginoso pero nunca asintótico a la realización misma. Los verdaderos sabios jamás han sido poderosos y los poderosos nunca han sido verdaderos sabios, sin embargo: todo lo contrario.

            —mmm… —dijo pretendiendo entender algo el general mientras se tomaba una copa de vino—. ¿Y qué piensa de la verdad?

            —Siempre he considerado que es muy notorio, incluso en el danzar hiperbólico de las abejas asesinas, que, sin necesidad  uno de observar demasiado, la naturaleza misma del comportamiento de todo ente viviente es volátil. Perpendicular, diría yo, a la creencia de motivaciones ulteriores a los albores mismos de la ubicuidad… obscura, con b antes de la s.           

            —¿Y qué piensa usted de mi hija? —preguntó el panadero.

            Tararaz se quitó el anillo, con miedo de no tener que decir o de dejárselo y decir cualquier cosa —Toda mi vida he creído que soy un mediocre, principalmente porque me he rodeado de gente que me permitió creérmelo. Si la gente que lo acompaña a uno lo hace sentir mediocre, es porque uno no está rodeado de la gente correcta. Su hija sin duda es la persona correcta.

            —No puedo estar más de acuerdo. —contestó el general mientras se tomaba otra copa de vino.

            Poco a poco fue llegando la medianoche, para ese entonces tanto el padre de Anivin como su amigo el general habían ya tomado muchísimo, sobre todo el general. Decidieron salir a contemplar las estrellas. Le habían pedido ya, a sus sirvientes, que los dejaran solos, permitiéndoles ir a descansar. La fascinación del bigotudo por el elfo era sincera y se pasó la velada preguntando cosas a las que Tararaz le respondió siempre con, cualquier cosa.

 

            Los dos hombres ya estaban bastante ebrios cuando descubrieron que una jauría de lobos grises se había colado en la hacienda en busca de cazar algo del ganado. Cuando los lobos estaban ya casi encima de ellos fue demasiado tarde para pedir por ayuda. El general desenvainó su espada dando un paso al frente para proteger a los demás. Pero en su estado de ebriedad, lanzando espadazos al aire cortó uno de los amarres que sostenía una pila de granito y esta se desplomó, sobre una de sus piernas, dejándolo atrapado. Anivin utilizó  la flauta silenciosa para espantar a los lobos, habiendo aprendido que esos animales, así como los perros con los que estaban emparentados, podían escuchar los sonidos que producía. Pero era tarde para el general. Estaba sepultado por las rocas. No había forma de hacer palanca alguna en poco tiempo, golpear la piedra solo lo lastimaría más y cavar no era un opción a corto plazo.

            —¿Has traído la aguja contigo, Tararaz? —preguntó ella.  

            El elfo, la quitó de la solapa de su camisa, donde siempre la cargaba y se la entregó —Toma, aunque no entiendo que pretendes hacer con ella.

            Pero Anivin, como siempre, había tenido una buena idea. La aguja atravesaba el granito con facilidad, incluso en las delicadas manos de la hija del panadero, la piedra parecía de manteca, gracias a las cualidades mágicas de la misma. Fue haciendo diminutos agujeros uno al lado del otro, con mucha paciencia, hasta formar una línea, todo a lo largo del granito. Luego con un simple golpe de martillo en uno de sus lados, el granito se partió en dos, dejando libre al general, el cual pudo ser finalmente atendido por sus hombres y vivió para contar la historia.

            —¡Esa aguja es sin duda impresionante! —exclamó el panadero—No entendí lo que paso con esa flauta y los lobos.

            Anivin estaba entusiasmada —Son todas creaciones de Tararaz. Mucho mejor pretendiente que el hipocondriaco ese.

            —¿Sí? ¿Un elfo molinero?

            —Sí. –contestó, enérgica— ¿Te gusta la idea, padre?

            —Y…  más o menos.

 

            La respuesta de su padre igual le importó muy poco pues al poco tiempo ella se mudó a vivir al molino y por si hace falta saberlo, jamás se casaron. Eventualmente, Tararaz, fue reconocido en Saldra como el gran artesano que era. La flauta silenciosa se convirtió en uno de los más poderosos instrumentos mágicos siendo capaz de ejecutar canciones mágicas que ningún otro instrumento era capaz. Y aunque Tararaz, el más o menos, jamás regresó a sus tierras natales, se convirtió en el maestro de varios afamados artesanos mágicos, ninguno de ellos pretenciosos o vanidosos. Siendo el más conocido Makiias, el humilde. Anivin por su parte fue feliz tanto como pudo, junto a su amado molinero, en ocasiones maestro artesano. Y lo ayudó en lo que fue capaz para que pudiera alcanzar su realización, así como él también a ella.

 

            Eso sí, en ocasiones, nunca en presencia del elfo, cuando ella intentaba organizar un poco su vivienda ayudada por la escoba mágica de Tararaz, después del octavo intento por recoger todo el polvo, sin éxito, se la escuchaba murmurar —¡Pero que escoba de mierda!

 

 

Fin


martes, 7 de enero de 2020

Finvir


(10-64 CF) Humano

Astrónomo del consejo de Ilem que planteó, en el año 52 CF, que el calendario Ehnerimen debería de comenzar el primer año de la unificación de las tierras por el rey Uner. El calendario Ehnerimen fue posteriormente conocido como el calendario de Finvir pues fue tomado por muchos otros pueblos. El primer año del calendario de Finvir es el del cumpleaños número 29 de Uner, primer rey de Gojiia.

Nuanes

(1263-? CF) Hombre, oriundo de Feceria, Fenor. 

Reclutado en el mes 09 de 1280 CF. Para servir bajo las ordenes de Guy de Montevid en su expedición a la ciudad de Kirun. Era joven en ese momento y sin experiencia en combate. Deserta luego del combate sobre el puente de Breadan el 29 del noveno mes de 1280, el día 02 del décimo mes de 1280 cF.

lunes, 24 de agosto de 2015

La Luna y el Bardo



(Canción Gojiien)

Antes, solo la luna brillaba en la noche.
Iluminando la vida de los hombres.
Antes, siempre la luna brillaba en el cielo,
Cuando el sol se ocultaba
y nunca jamás, descansaba.

Llegó a un pequeño lago un viajero
Cuya única posesión valiosa era su voz.
Y sentado en la orilla contempló una imagen
El reflejo de la luna en el agua del lago.
E inspirado por esto comenzó a cantar.

Antes, solo la luna brillaba en la noche.
Iluminando la vida de los hombres.
Antes, siempre la luna brillaba en el cielo,
Cuando el sol se ocultaba
y nunca jamás, descansaba.

Cantó el viajero para la luna
Y ella no pudo evitar enamorarse de su voz.
Convirtió su reflejo en la imagen de una mujer
De cabellos plateados y piel blanca
Y le pidió que cantase para ella hasta el amanecer.

Antes, solo la luna brillaba en la noche.
Iluminando la vida de los hombres.
Antes, siempre la luna brillaba en el cielo,
Cuando el sol se ocultaba
y nunca jamás, descansaba.

Cantó el viajero para la luna
esa noche y cien mas
Y aunque ella deseaba bajar y besarlo
Estaba atrapada en el cielo ya que sin ella en la noche
nadie iluminaria la vida de los hombres.

Antes, solo la luna brillaba en la noche.
Iluminando la vida de los hombres.
Antes, siempre la luna brillaba en el cielo,
Cuando el sol se ocultaba
y nunca jamás, descansaba.

Pero una noche el viajero no cantó más
Desesperada lo busco desde el cielo y no lo encontró.
Triste comenzó a llorar.
Cada lágrima se transformó en una brillante estrella.
Y lloró así hasta que cubrió todo el cielo.

Antes, solo la luna brillaba en la noche.
Pero desde esa vez, algunas noches
Ella baja convertida en mujer buscando a su amado
Y esas noches sin luna
Las estrellas brillan más que nunca.

martes, 23 de junio de 2015

El orco y su polilla

Leyenda Gojiien.



            Greff era el único hijo de una familia de pastores de ovejas. Jamás se había sentido interesado en el trabajo de sus padres por lo que cuando cumplió la mayoría de edad se mudó a la ciudad y se dedicó a confeccionar trajes para los nobles. Como sus trabajos eran de gran calidad supo hacerse del suficiente dinero como para pagar una buena vivienda y poder llevar una vida digna. Siempre guardó un gran respeto y amor por sus padres que no solo lo habían cuidado cuando joven sino que también lo habían apoyado en su decisión de no continuar la tradición familiar. Por eso, tan pronto como pudo, visitó a su familia para darle las buenas noticias. Cuando llegó a la granja la notó empobrecida, los campos estaban vacíos, el ganado se había reducido considerablemente y las ovejas que todavía quedaban estaban famélicas.

            Preguntó Greff, el sastre, a su padre que se encontraba junto a su madre —¿Qué ha pasado con los campos y los animales? ¿Qué ha pasado contigo que te veo más flaco?
—Es que todas las noches llega un monstruo del cielo a devorar nuestro ganado. Nos roba lo que tenemos para nosotros y lo que tenemos para los animales. Nos roba nuestro ganado y nos aterroriza. —contestó el padre de Greff, afligido.
—¿Pero y por qué no han denunciado esto a las autoridades, a los guardias del rey? —preguntó el joven.
—Es que pensamos que nadie nos creería lo que nos pasa y si te contásemos, tú tampoco nos creerías. —contestó su madre.
—¿Cómo no voy a creer en lo que me cuentan? Digan lo que sucede, por favor. —insistió el joven.
—Es que el monstruo que llega por las noches no está solo, sobre él viene un orco que lo controla. Primero el orco se llevaba poco, pero con los días cada vez se llevaba más y más. Nos está dejando sin nada. Además el monstruo cada día llega más grande. —dijo su madre apoyando sus manos en su rostro, desesperada.
—No se preocupen —dijo Greff que le debía todo a sus padre—. Esta noche me encargaré de hablar con este orco.

            Cuando llegó la noche Greff esperó la visita del orco y su monstruo volador. Mientras que sus padres esperaron escondidos en su choza. El orco llegó del norte, de las montañas grises, volando sobre la monstruosa criatura alada. La bestia tenia escamas en sus alas, seis patas y antenas compuestas por muchas articulaciones. El sastre entendió que se trataba de algo que antes había visto y que conocía muy bien, eso en lo que volaba el orco era una polilla, pero gigante.
—¿Quién eres tú? —preguntó el orco que ya había descendido de su polilla— ¿Dónde están los granjeros?
—Mi nombre es Greff, soy sastre. Mis padres están en su hogar. Tratarás ahora tus asuntos conmigo. —contestó el hombre buscando valor en sus palabras.
—Me da igual con quien trate, mientras me den lo que quiero. Y porque tú eres nuevo, mañana me llevaré dos ovejas y no solo una.
Geff no tenía como enfrentarlo en ese momento pero se le había ocurrido una idea por lo que solo contestó —Como usted diga señor orco.

            Al día siguiente, el sastre y sus padres reunieron toda la leña que pudieron para hacer una hoguera que sería tan grande como fuera posible, pues Greff había recordado que las polillas sentían una misteriosa fascinación por el fuego, tanto que a veces terminaban cayendo dentro de él y muriendo. Encendieron la hoguera al anochecer y permanecieron ocultos. Habían dejado las dos ovejas atadas cerca del fuego. Esperaban que la polilla se arrojara sola a las llamas, con orco y todo. Como todas las noches en esas últimas semanas el orco y su polilla, que era aún más grande que el día anterior, llegaron volando de las montañas grises del norte. Pero si esta treta hubiese resultado esta historia sería muy corta. Además esta no era una polilla común, los más observadores dirían que por el hecho de que era tan grande como una carreta, por lo que la hoguera no llamó su atención y el orco simplemente descendió a pocos pasos sin problema alguno. Pero cuando intentó llevarse las ovejas comprendió que su polilla todavía no tenía la fuerza para hacerlo así que tuvo que contentarse solo con una.

—Esto es terrible —dijo alarmada la mujer—. Tu plan no ha resultado y la polilla sigue creciendo.
—No desesperes madre, buscaré otra manera de acabar con este horror. —contestó Greff.
           
            Esa noche se aprendieron valiosas lecciones. Los padres del sastre aprendieron que si no enfrentas a tus problemas estos se hacen cada vez más grandes. Greff aprendió que no siempre la primera opción es la solución al problema, pero que aun así vale la pena seguir intentándolo. Mientras que el orco aprendió que no se pueden cargar dos ovejas en una polilla gigante.

            Greff entonces decidió que la noche siguiente seguiría al orco para saber dónde se ocultaba durante el día, pues al igual que su polilla no le gustaba la luz del sol. Imaginó que debía ser un lugar cerrado así que pensó en una cueva. La noche siguiente su padre regresó a servir al orco su oveja y Greff, que se encontraba al pie de la montaña, esperó a ver de dónde partía. Cuando localizó la guarida se adentró en la misma, y tal y como pensaba, el orco se escondía en una cueva húmeda y oscura. Allí encontró los cadáveres de las ovejas de los que el orco había estado alimentándose pero descubrió algo más. Había arrancado sus pieles y las había dejado en una sola gran pila a modo de nido, pues allí habían eclosionado las hijas de la polilla, un montón de orugas gigantes blanquecinas y pegajosas que devoraban la lana de las ovejas e incluso la carne de las mismas. Observó que entre la lanas había hojas de una hierba azulada que no conocía, sintiendo curiosidad tomó varias de ellas y se alejó de allí pues no era un buen lugar para estar cuando el orco y su polilla regresaran.
           
            Al llegar nuevamente a su hogar preguntó a su padre —¿Sabes tú que son estas hierbas, pues jamás las había visto?
—No. Pero preguntémosle a tu madre.
El sastre fue donde su madre que estaba alimentando a un cerdo y preguntó —¿Sabes tú que son estas hierbas?
La mujer tomó una hoja para mirarla más de cerca pues tampoco la reconocía. Sucedió entonces que el cerdo robó la hoja de su mano y la engulló. La mujer exclamó —¡El cerdo me ha robado la hoja pero aunque la hubiese visto mejor, sé muy bien que jamás he visto una hierba azul!
            Greff pasó el día entero ideando como acabar con el orco pero cuando llegó la noche se encontró frustrado pues todavía no encontraba la forma de hacerlo. Al pasar por donde estaba el cerdo lo notó diferente y cuando lo observó bien, se dio cuenta que estaba más grande, notoriamente más grande. Recordó que había comido de la hierba azul así que volvió a intentar lo mismo. Tomó otra de las hojas que había recolectado y la ofreció al cerdo, que aun teniendo mucho alimento que sobraba de la mañana prefirió la hoja. Buscó entonces mejores bocados que ofrecer al cerdo, que siempre prefirió un pequeño trozo de hoja de hierba azul. Pensó entonces que la polilla y sus orugas se estaban alimentando de esta hierba azul y era posible que la prefirieran a cualquier otra cosa. Entonces tuvo otra idea. Esa noche, nuevamente espero él solo al orco.

—Has regresado. —dijo el orco al llegar desde el cielo.
—Sí. He venido a suplicarle, señor orco, que deje a mis padres en paz. Pronto ellos se quedarán sin ovejas y ya no podrán servirle.
—No tengo porque hacer caso a lo que pides, hombrecito. Cuando las ovejas se acaben buscaré otra cosa que llevarme. Pero no me iré.
—Entiendo señor que somos sus servidores, pero si nos quitas todo nuestro sustento y nuestro alimento moriremos y ya no podremos servirle. Quizá yo pueda darle algo a cambio.
—¿Qué? —preguntó el orco intrigado.
—Mañana tendré algo para usted, ya lo vera.
—Bien, pero prepara igual una oveja para mañana pues no creo que lo que me des me guste, y no querrás conocerme enojado.

            El hombre aceptó con gusto y como había prometido preparó algo para el orco. Trabajo toda la noche y todo el día sin descansar para tenerlo listo a la noche siguiente. Greff esperó al orco junto a sus padres. Y cuando el orco llegó miró extrañado a su obsequio.
—¿Qué es esto? —preguntó el orco enojado.
—Es una camisa, los nobles más distinguidos del reino usan mis camisas pues yo soy un sastre distinguido. Pruébatela veras que se siente muy cómoda. —dijo Greff sonriendo.
—No me pondré esto, hombrecito. —contestó el orco, indignado.
—Si me permite opinar, creo que se le vería muy bien. —dijo la mujer.
—¿Cuándo se ha visto un orco con camisa? —preguntó el orco.
—¡Ah! Pero esta no es cualquier camisa, mi hijo las confecciona para el rey. Serás la envidia entre los tuyos —Insistió el padre—. Al menos puede probársela, eso no le hará daño.
El orco accedió.
—Ahora será usted, sin duda alguna, envidiado por muchos hombres, que ya deseasen ser tan distinguidos y elegantes como usted. —acotó la mujer.
Y así, tras muchas, muchas palabras halagadoras finalmente, el orco, parecía complacido. Se dirigió altaneramente hacia Greff —No está mal hombrecito, pero aun así me llevaré la oveja. —Y tras soltar una horrible carcajada tomó la oveja y se alejó volando hacia las montañas grises.

Esa era la última oveja que robaría. Y es que el sastre le había tendido una trampa. Al confeccionar la camisa, Greff, había cosido bolsillos cerrados donde había ocultado el resto de las hojas azules. Dos noches pasaron hasta que Greff y sus padres decidieron ir a investigar al cubil del orco. Allí encontraron los restos del ladrón de ganado que al irse a dormir había sido devorado por sus propias orugas, que buscaban desesperadamente más hojas azules y habían sido atraídas por la camisa. 


            Los padres del sastre jamás volvieron a tener problemas similares y agradecieron a Greff por su creatividad y valor. Él regresó a su trabajo donde su lucha contra las polillas continuaría por el resto de su vida, pero sabiendo que ya había vencido a la peor de todas.



Fin 


Referencias: