sábado, 17 de octubre de 2020

El yacaré hipocondriaco

Leyenda Denjiien

 

            Llegó el yacaré quejándose a la ninfa Hririn, protectora de todos los animales.

            —Me estoy enfermando. —lloraba el saurio.

            —Encuentro eso difícil, pues entre todos los animales, los de tu clase, son los más resistentes a las enfermedades. —contestó amablemente ella.

            —Todo el día estoy cansado, me duele la cabeza, tengo ansiedad y ¡Me están saliendo granos en la espalda! —replicó el yacaré, genuinamente aterrado.

            —Lo que hay en tu espalda son osteodermos, estás cansado porque estas ansioso. Y de tanto pensar en el asunto te ha dado dolor de cabeza. Créeme, que no tienes nada.

 

            Pero creerle a la máxima autoridad en el asunto, no es lo que hace un yacaré inteligente. Mejor buscar alguien que contestase sus preguntas con las respuestas que deseaba escuchar. Tras pedir consejo a varios y contarle de sus problemas, le recomendaron ir con los monos. Los encontró bastante lejos del rio, dentro del bosque. Le hablaron desde la cima de los árboles, pues no era buena idea bajar a opinar cerca de las fauces del negruzco reptil.

 

            —Estoy enfermo. —lloraba el yacaré.

            —No pareces tener nada. —contestó uno de los monos.

            —Me están saliendo osteodermos por todos lados. —insistió.

            —¡Se va a morir, se va a morir! —gritaron los monos.

            —Ah, que tragedia. —dijo el hipocondriaco depredador con lágrimas de cocodrilo, en sus ojos.

            —Es una epidemia. —dijo alarmado uno de los monos, y el resto soltó a reír.

            —Pero no todo está perdido. —dijo el más anciano de los monos, sonriendo —. Él no ha muerto. Es inmune. Haremos un remedio, con sus lágrimas, tomaremos una y la diluiremos infinitamente en agua, para que quien la tome, sane.

            —¿Podemos ponerle jabón también? —preguntó un mono saltando.

            —¿Por qué no? —preguntó el anciano.

            —¡Vamos a hacernos ricos! —dijo otro mono.

            A todo esto, el yacaré, que se sentía inseguro intervino —¿Y eso me va a curar?

            Los monos guardaron silencio, esperando la respuesta del anciano —Lo tuyo, querido, no tiene remedio.

 

Fin.

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