Leyenda Denjiien
Llegó el yacaré quejándose a la
ninfa Hririn, protectora de todos los animales.
—Me estoy enfermando. —lloraba el
saurio.
—Encuentro eso difícil, pues entre
todos los animales, los de tu clase, son los más resistentes a las
enfermedades. —contestó amablemente ella.
—Todo el día estoy cansado, me duele
la cabeza, tengo ansiedad y ¡Me están saliendo granos en la espalda! —replicó
el yacaré, genuinamente aterrado.
—Lo que hay en tu espalda son
osteodermos, estás cansado porque estas ansioso. Y de tanto pensar en el asunto
te ha dado dolor de cabeza. Créeme, que no tienes nada.
Pero creerle a la máxima autoridad
en el asunto, no es lo que hace un yacaré inteligente. Mejor buscar alguien que
contestase sus preguntas con las respuestas que deseaba escuchar. Tras pedir
consejo a varios y contarle de sus problemas, le recomendaron ir con los monos.
Los encontró bastante lejos del rio, dentro del bosque. Le hablaron desde la cima
de los árboles, pues no era buena idea bajar a opinar cerca de las fauces del
negruzco reptil.
—Estoy enfermo. —lloraba el yacaré.
—No pareces tener nada. —contestó
uno de los monos.
—Me están saliendo osteodermos por
todos lados. —insistió.
—¡Se va a morir, se va a morir! —gritaron
los monos.
—Ah, que tragedia. —dijo el hipocondriaco
depredador con lágrimas de cocodrilo, en sus ojos.
—Es una epidemia. —dijo alarmado uno
de los monos, y el resto soltó a reír.
—Pero no todo está perdido. —dijo el
más anciano de los monos, sonriendo —. Él no ha muerto. Es inmune. Haremos un
remedio, con sus lágrimas, tomaremos una y la diluiremos infinitamente en agua,
para que quien la tome, sane.
—¿Podemos ponerle jabón también? —preguntó
un mono saltando.
—¿Por qué no? —preguntó el anciano.
—¡Vamos a hacernos ricos! —dijo otro
mono.
A todo esto, el yacaré, que se
sentía inseguro intervino —¿Y eso me va a curar?
Los monos guardaron silencio,
esperando la respuesta del anciano —Lo tuyo, querido, no tiene remedio.
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