Leyenda Saldrien
La ninfa Hririn
tuvo un hijo con elfo llamado Anxiocus.
El niño fue llamado, simplemente Moe
y fue criado por su padre y por su madre, en la tribu de Saldra. Creció y se
convirtió en un gran mago. Pero su apariencia lo acomplejaba, pues su nariz era
muy grande y sus orejas, que también eran muy grandes, caían hacia los lados
flácidas y planas. Sufrió las burlas de los elfos y los hombres y cuando cumplió
la mayoría de edad decidió partir al norte, hacia las islas heladas. De un
manto de hierbas secas que levantó del suelo, ayudado por su magia, se hizo una
capa de césped, para abrigarse y protegerse del clima.
Su fama, de gran mago, y su extraña apariencias, sumadas
al misterio de su ascetismo lo convirtieron en leyenda. Y no faltaron aquellos
que decidieron, en contra de su voluntad, ir a visitarlo, para aprender de él.
En una ocasión, memorable, se acercaron tres elfos, de
tierras lejanas. Moe, los observó
detenidamente, uno era alto, de piel blanca, y con costosos collares de oro y
plata. El segundo era un elfo de piel tostada de cabellos negros y lacios con
un lujoso atuendo, y la tercera era una elfa rubia, esbelta y hermosa.
—Gran mago, Moe capa de hierba, creemos que debe regresar
a la tribu. –dijo aquel con el cabello negro.
—El trato que le han dado nuestros pares ha sido injusto.
Estamos tratando de crear una sociedad más igualitaria, donde las apariencias
no importen. Sentimos que su presencia entre los nuestros enriquecerá a la
aldea. —dijo el de los collares.
—Quizás. —dijo Moe encogiéndose de hombros.
—¿Entonces vendrá? —contestó el mismo de antes.
—No. —contesto el semi dios con nariz articulada.
—¿Por qué? Hay otros, como tú, sufriendo. —preguntó ella.
—¿Por mí? —dijo intrigado, manto de césped.
—Por supuesto que no. —negó severamente uno de ellos.
—¿No tienen voz, acaso, ellos?
—Por supuesto que sí. —afirmó el otro.
—Pero tú serias un héroe. Un camino a seguir. —insistió ella.
—Quizás ustedes hayan romantizado la situación, o busquen
encontrar un significado profundo a sus actos. No sé. Dudo que sean capaces de
entender lo que he vivido, o lo que viven los discriminados. Pero todo aquel,
que es diferente, de una forma u otra, termina siendo señalado. Acepto que soy
único, mas no creo ser especial. No me alejé para privarlos de mi presencia,
sino para poder estar en paz. Están aquellos con causas justas, que merecen ser
escuchados. Pero no se pueden pelear las batallas de los otros, ni buscar el
reconocimiento de quienes protegen. Son los actos, muchas veces invisibles y
silenciosos, los que importan. No será de nosotros, el cambio necesario que
deba llegar.
Ninguno de los tres elfos comprendía, y tras meditarlo un
segundo el del cabello negro preguntó —No estamos entendiendo la moraleja de esta historia.
Moe contestó —Ustedes tres —y suspiró, manteniendo la intriga— ¿Qué hacen acá?
No hay comentarios:
Publicar un comentario