domingo, 3 de enero de 2021

Un mal cliente

Leyenda Denjiien

 

            El inquisidor, enviado por el rey, no era oriundo del reino. Su piel, más oscura, y sus ojos verdes, sugerían que, probablemente hubiera nacido en Gull o, al menos, sus ancestros fueran de allí. Como la mayoría de los inquisidores resultaba intrigante a los plebeyos, sobre todo a los más asustadizos y supersticiosos. Su origen, no era más que otro de los misterios que lo rodeaban. Era un hombre mayor, calcularon ellos, un poco más de setenta años. Todavía conservaba todo su cabello pero estaba ya completamente canoso. Su característica más distintiva, sin tener en cuenta su piel bronceada, era un prominente bigote. Lo acompañaba únicamente un joven, posiblemente su aprendiz, que lo ayudaba en quehaceres menores. Dujved, era un pueblo pequeño, cercano al palacio del señor de esas tierras. Un tal Abrajoz, señor de Igdaré. Él mismo había escrito al rey para que interviniese y enviase a un inquisidor. Pues desde hacía casi tres meses, eventos extraños acontecían, tanto en el pueblo como en su palacio. El inquisidor y su ayudante se hospedaron allí, en su residencia.

 

            Durante las primeras dos semanas tanto el anciano como el joven, preguntaron a los pueblerinos sobre los “extraños acontecimientos”. Según los reportes, la leña, utilizada principalmente para calefaccionar las viviendas, en algunas casas, parecía moverse sola. Se escuchaban ruidos extraños, pasos y murmullos, por las noches en las esquinas de algunas calles y sobre todo en los pasillos del palacio del señor de Igdaré. No obstante al menos durante los primeros días, estos eludieron a los oídos del enviado del rey. Muchas herramientas filosas, también habían desaparecido, sin que hubiese ningún ladrón aparente. No se trataba, tampoco, de nada valioso, hachas, cuchillos, incluso algunas tijeras. La gente, al principio, sentía el temor de ser emboscada en alguna esquina y asesinada por algún maniático con una navaja. Pero al pasar el tiempo, nada de esto había sucedido.

 

            El primer paso fue descartar que se tratase de alguna bruja o mago. Cosa que el inquisidor hizo con gran facilidad, ayudado por diversos instrumentos que jamás explicó cómo funcionaban. Más preocupado estaba, que se tratase de algún ignorante con alguna reliquia. Las mismas eran partes de los cuerpos de las brujas que algunos incautos arrancaban o cercenaban de los cadáveres de aquellas que caían en desgracia siendo ahorcadas o quemadas por una chusma iracunda. No solo fue imposible relacionar los eventos a ningún tipo de magia conocida sino que además, no existían reportes de ningún tipo de presencia demoniaca en siglos. Esto sugería que el problema se encontraba en otro lado.

 

            El hombre del bigote, contempló una única posibilidad, si es que ese asunto se trataba de algo sobrenatural: que se tratase de un fantasma. De no ser así, alguien, se había encargado de burlar una broma a todos ellos con total alevosía. Pero eso era algo difícil. Se dedicó entonces a buscar al sepulturero y al sellista, ambos que sin duda sabrían de cualquier muerte violenta anterior a los tres meses o de cualquier unión interrumpida, herencia no cobrada, estafa o cosa similar. Los fantasmas en ocasiones, tenían alguna cuenta pendiente, algún asunto sin resolver, habían sido traicionados, decepcionados. El sepulturero les pasó una lista bastante corta de cerca de unas diez personas fallecidas, pues el pueblo era pequeño. El sellista, informó que habían acontecido solo tres casamientos en el periodo de tiempo cercano al indicado. Ninguna herencia significativa había sido cobrada, la más importante habían sido dos ovejas que se habían repartido entre tres hermanos. De hecho un anciano que había muerto de casi noventa años, ni siquiera poseía descendientes. Por otro lado dos de las parejas casadas ya se encontraban esperando niños. En el pueblo de Dujved, la vida era tranquila, la gente era amable, a pesar de ser supersticiosa y los únicos tres guardias, encargados de actuar como policía, solo reportaban peleas entre borrachos, a veces ellos mismos.

 

Las desapariciones de objetos filosos siguieron aconteciendo. Los sonidos extraños, murmullos y quejas, se escuchaban la mayor parte de los días. El inquisidor era un hombre persistente, pero ya había transcurrido un mes y aunque sus días pasaban muy tranquilos en la residencia del noble, el tiempo se le escapaba en una persecución fallida de un alma en pena. Extendió su búsqueda a aldeas y pueblos aledaños. Alguien había muerto y había dejado un asunto pendiente. Envió a su ayudante a investigar esas cosas mientas él se dedicó a intentar escuchar de una buena vez los murmullos misteriosos del palacio.

 

Estando solo, una noche, escuchó lo que deseaba. Fue imposible entender que decían. Pero descubrió algo importante: Los sonidos se escuchaban en lugares muy específicos, el jardín, los pasillos que llevaban a la cocina de empleados y finalmente a la entrada de servicio. ¿Se trataría acaso de algún siervo que hubiera muerto? La lista de muertos no reveló que ninguna persona que sirviera en el palacio hubiera fallecido desde hacía cinco años. Regresó a investigar al jardín. No pudo descubrir nada. Decidió entrar al palacio para observar el jardín desde adentro. Se asomó por cada ventana que pudo. Y, finalmente, comenzó a tener sospechas. Esperó a que su ayudante regresase. Sabía que no traería buenas noticias.

 

—No existe ningún registro de asesinatos o robos en los caminos hacia aquí. —informó el joven.

—Eso es bueno, aunque no resolverá nuestro caso. Creo que lo mejor, seria preguntar en otras partes. —contestó el inquisidor.

—¿Cómo dónde? —preguntó su ayudante.

—Podríamos empezar en la cocina.

La cocinera era una mujer de mediana edad, con un cuerpo redondo. La conocían muy bien, pues habían disfrutado de sus artes culinarias desde hacía un mes. Era una persona amable, que siempre sonreía. Accedió sin problemas a una entrevista. —¿Qué desean ustedes saber? —preguntó ella.

—Alguien ha estado trabajando en las ventanas. —señaló el enviado del rey.

—Si, uno artesanos que trajo el señor Abrajoz, de otras tierras. Ninguna otra persona fue capaz de satisfacer sus altas exigencias. —contestó la cocinera.

—¿Y quiénes no cumplieron con sus altas exigencias? —preguntó sonriendo el hombre del bigote.

—Antes de estos artesanos hubo como tres equipos, el último fue el del señor Millar. –la mujer hizo un gesto de lamentación.

—¿Algo le pasó al señor Millar? —preguntó el ayudante.

—Murió durmiendo, no dejó ningún heredero. Había sido contratado para realizar el trabajo de las ventanas. Pero el señor Abrajoz realizó muchos cambios al diseño original. El carpintero Millar era muy orgulloso, y muy correcto. Todos alguna vez le pedimos que nos realizará algo, y él, siempre cumplía.

—¿Y no llegó a terminar las ventanas? —preguntó el joven nuevamente.

—No, pero el señor Abrajoz no tuvo problema alguno, con ese asunto, ni siquiera intentó recuperar el dinero que le habría ofrecido como adelanto. —la cocinera suspiró.

—Ha sido usted muy amable. —contestó el inquisidor.

 

Los habitantes del pueblo, los guiaron hasta la casa del carpintero. Estaba abandonada desde hacía meses. Los murmullos y sonidos misteriosos que se escuchaban por las calles del pueblo trazaban un camino, que llevaba desde el palacio, hasta la carpintería. Los investigadores sabían que estaban tras la pista correcta. Al entrar al taller encontraron los objetos filosos que habían desaparecido, acumulados sobre la mesa. Asumieron que el fantasma de Millar los había recolectado para completar el trabajo pendiente. Pero ninguna herramienta le había sido útil, debería ser difícil utilizarlas con precisión siendo él un ser incorpóreo. Pues la bodega estaba llena de ventanas a medio empezar, todas en estilos diferentes.

—¡Debe haber más de veinte! —exclamó el joven.

—Y del mejor material que existe. Ha de haberle salido una fortuna esa madera. No creo que ninguna adelanto que le hubiese dado el señor de estas tierras podría haber cubierto tanto desperdicio.

—¿Considera usted que ha de haberse sentido estafado? —preguntó el ayudante.

—Eso no puedo saberlo. Mi recomendación para que todo esto termine, es que alguien complete las ventanas y sean reemplazadas las del palacio. El dinero que faltó por cobrar que sea enterrado en la tumba de este pobre artesano. Quizás, con esto deje de vagar por el pueblo, quejándose del egoísmo del señor de estos lares.

 

Los consejos del inquisidor fueron escuchados y el equipo que había terminado las ventanas, regresó, para terminar las que le antecedieron y jamás habían sido colocadas. Aunque al señor de esas tierras no le gustaba mucho el hecho de que ninguna de ellas combinase, pues había cambiado los diseños más de una docena de veces, prefería eso a que un fantasma deambulase por siempre por su hogar y por sus dominios. No tuvo problema alguno tampoco en pagar lo que restaba, al muerto.

 

El hombre de Gull y su aprendiz se despidieron, satisfechos, y regresaron a servir al rey en alguna otra misión. Pero antes de llegar a la corte de Denjiia, fueron llamados otra vez, los murmullos habían regresado, y los objetos filosos habían vuelto a desaparecer. Se dirigieron nuevamente al taller, algo faltaba por descubrir. Las ventanas se habían ido ya. Quedaban las herramientas, y un humilde espacio. Aserrín y muchos sobrantes de madera. Y sobre una mesa, un proyecto empezado, indistinguible para ellos.

 

La única persona que les había resultado de ayuda para resolver el misterio había sido la cocinera. Así que decidieron llevarla hasta el taller, por si ella reconocía de qué se trataba el trabajo inconcluso.

La mujer nuevamente se lamentó —¡Que maravilloso hombre era el señor Millar! Por supuesto que reconozco este trabajo. Era para mí, un regalo para mi hija. Mientras este viejo carpintero trabajo para el señor Abrajoz, yo le cociné todos los mediodías el almuerzo que él desease. En agradecimiento me ofreció construir una cuna para mi nieta, que nacería pronto. Mi hija se ha casado apenas meses atrás y ya está embarazada. Yo honestamente, no esperaba recibir nada de él. Mi señor, Abrajoz, cambio decenas de veces el contrato y lo demoró. El pobre viejo no podía terminar, se ve que, de alguna forma encontró tiempo por las noches para realizar la cuna.

El inquisidor, sin meditarlo mucho, preguntó a su ayudante —¿Con esta nueva información, que crees entonces que ha sucedido y cómo podemos solucionarlo?

El joven se apuró a contestar —Que el señor Millar, obsesionado por no ser capaz de terminar la cuna, ha estado intentando recolectar madera y herramientas para concluirla y poder descansar en paz. La cuna ha sido el problema, podemos pedirle a los carpinteros que terminaron las ventanas que la terminen y así, el alma del señor Millar, podrá descansar en paz. Incluso el señor Abrajoz podrá poner las ventanas que quería y reemplazar nuevamente las de este carpintero.

—No —contestó enérgicamente el bigotudo—. Te equivocas. El señor Abrajoz, es un mal cliente, que empobreció y retrasó a un trabajador honesto. He sido un ingenuo al pensar que a este humilde anciano le importaba en algo el capricho del noble. Sin duda las ventanas no fueron la causa de que esta alma en pena no descansase. Pero fueron el motivo por el cual el carpintero ha perdido su tiempo y dinero. ¿Cuántas veces los que tienen el dinero para pagar, son arrogantes, y exigen mucho más de lo que pagan? Y después, solo por sentir que al despreciar, son mejores o exigentes, creen que es justo desentenderse. Astillas y cortes en la piel dura de sus laboriosos dedos, que no descansaban por la noche para cumplir con una promesa hecha por agradecimiento. No será ni la primera ni la última vez que un terrateniente llama a un humilde solo para humillarlo, para sentir que nadie estaba a la altura de sus demandas. ¿Quién comprende el tormento de aquellos honestos despreciados y desvalorizados? Por estas cosas pienso que los muertos deberían regresar más seguido. Deja, que en su vivienda, quede la marca de sus caprichos, con sus ventanas de estilos diferentes, de sus tantos cambios. Fue, después de todo lo que pidió, pero no quiso pagar. Llama a los carpinteros para que terminen la cuna y págales con el dinero que Abrajoz dejó en su tumba. Dinero que solo pagó para no tener que soportar un fantasma. Buena clausula en los futuros contratos, tendrán que tener en cuenta los sellistas, que si al recibir un buen trabajo, el cliente exige algo más, sepa que será perseguido por el contratista aun después de su muerte, para torcerle los maderos. Eso, quizás, equilibre un poco la desigualdad.

 

Se corrió la voz y desde aquella vez, en el reino de Denjiia, la gente no volvió quedarle mal los carpinteros. Aunque nunca faltó el soberbio o prepotente que encontró algún espectro en su cocina.

 

Fin.

No hay comentarios:

Publicar un comentario