Leyenda Denjiien
El inquisidor, enviado por el rey,
no era oriundo del reino. Su piel, más oscura, y sus ojos verdes, sugerían que,
probablemente hubiera nacido en Gull o, al menos, sus ancestros fueran de allí.
Como la mayoría de los inquisidores resultaba intrigante a los plebeyos, sobre
todo a los más asustadizos y supersticiosos. Su origen, no era más que otro de
los misterios que lo rodeaban. Era un hombre mayor, calcularon ellos, un poco
más de setenta años. Todavía conservaba todo su cabello pero estaba ya
completamente canoso. Su característica más distintiva, sin tener en cuenta su
piel bronceada, era un prominente bigote. Lo acompañaba únicamente un joven,
posiblemente su aprendiz, que lo ayudaba en quehaceres menores. Dujved, era un
pueblo pequeño, cercano al palacio del señor de esas tierras. Un tal Abrajoz,
señor de Igdaré. Él mismo había escrito al rey para que interviniese y enviase
a un inquisidor. Pues desde hacía casi tres meses, eventos extraños acontecían,
tanto en el pueblo como en su palacio. El inquisidor y su ayudante se
hospedaron allí, en su residencia.
Durante las primeras dos semanas
tanto el anciano como el joven, preguntaron a los pueblerinos sobre los
“extraños acontecimientos”. Según los reportes, la leña, utilizada
principalmente para calefaccionar las viviendas, en algunas casas, parecía
moverse sola. Se escuchaban ruidos extraños, pasos y murmullos, por las noches
en las esquinas de algunas calles y sobre todo en los pasillos del palacio del
señor de Igdaré. No obstante al menos durante los primeros días, estos
eludieron a los oídos del enviado del rey. Muchas herramientas filosas, también
habían desaparecido, sin que hubiese ningún ladrón aparente. No se trataba,
tampoco, de nada valioso, hachas, cuchillos, incluso algunas tijeras. La gente,
al principio, sentía el temor de ser emboscada en alguna esquina y asesinada
por algún maniático con una navaja. Pero al pasar el tiempo, nada de esto había
sucedido.
El primer paso fue descartar que se
tratase de alguna bruja o mago. Cosa que el inquisidor hizo con gran facilidad,
ayudado por diversos instrumentos que jamás explicó cómo funcionaban. Más
preocupado estaba, que se tratase de algún ignorante con alguna reliquia. Las
mismas eran partes de los cuerpos de las brujas que algunos incautos arrancaban
o cercenaban de los cadáveres de aquellas que caían en desgracia siendo
ahorcadas o quemadas por una chusma iracunda. No solo fue imposible relacionar
los eventos a ningún tipo de magia conocida sino que además, no existían
reportes de ningún tipo de presencia demoniaca en siglos. Esto sugería que el
problema se encontraba en otro lado.
El hombre del bigote, contempló una
única posibilidad, si es que ese asunto se trataba de algo sobrenatural: que se
tratase de un fantasma. De no ser así, alguien, se había encargado de burlar
una broma a todos ellos con total alevosía. Pero eso era algo difícil. Se
dedicó entonces a buscar al sepulturero y al sellista, ambos que sin duda
sabrían de cualquier muerte violenta anterior a los tres meses o de cualquier
unión interrumpida, herencia no cobrada, estafa o cosa similar. Los fantasmas
en ocasiones, tenían alguna cuenta pendiente, algún asunto sin resolver, habían
sido traicionados, decepcionados. El sepulturero les pasó una lista bastante
corta de cerca de unas diez personas fallecidas, pues el pueblo era pequeño. El
sellista, informó que habían acontecido solo tres casamientos en el periodo de
tiempo cercano al indicado. Ninguna herencia significativa había sido cobrada,
la más importante habían sido dos ovejas que se habían repartido entre tres
hermanos. De hecho un anciano que había muerto de casi noventa años, ni
siquiera poseía descendientes. Por otro lado dos de las parejas casadas ya se
encontraban esperando niños. En el pueblo de Dujved, la vida era tranquila, la
gente era amable, a pesar de ser supersticiosa y los únicos tres guardias,
encargados de actuar como policía, solo reportaban peleas entre borrachos, a
veces ellos mismos.
Las desapariciones de objetos filosos
siguieron aconteciendo. Los sonidos extraños, murmullos y quejas, se escuchaban
la mayor parte de los días. El inquisidor era un hombre persistente, pero ya
había transcurrido un mes y aunque sus días pasaban muy tranquilos en la
residencia del noble, el tiempo se le escapaba en una persecución fallida de un
alma en pena. Extendió su búsqueda a aldeas y pueblos aledaños. Alguien había
muerto y había dejado un asunto pendiente. Envió a su ayudante a investigar
esas cosas mientas él se dedicó a intentar escuchar de una buena vez los
murmullos misteriosos del palacio.
Estando solo, una noche, escuchó lo que
deseaba. Fue imposible entender que decían. Pero descubrió algo importante: Los
sonidos se escuchaban en lugares muy específicos, el jardín, los pasillos que
llevaban a la cocina de empleados y finalmente a la entrada de servicio. ¿Se
trataría acaso de algún siervo que hubiera muerto? La lista de muertos no
reveló que ninguna persona que sirviera en el palacio hubiera fallecido desde
hacía cinco años. Regresó a investigar al jardín. No pudo descubrir nada. Decidió
entrar al palacio para observar el jardín desde adentro. Se asomó por cada
ventana que pudo. Y, finalmente, comenzó a tener sospechas. Esperó a que su
ayudante regresase. Sabía que no traería buenas noticias.
—No existe ningún registro de asesinatos
o robos en los caminos hacia aquí. —informó el joven.
—Eso es bueno, aunque no resolverá
nuestro caso. Creo que lo mejor, seria preguntar en otras partes. —contestó el
inquisidor.
—¿Cómo dónde? —preguntó su ayudante.
—Podríamos empezar en la cocina.
La cocinera era una mujer de mediana
edad, con un cuerpo redondo. La conocían muy bien, pues habían disfrutado de
sus artes culinarias desde hacía un mes. Era una persona amable, que siempre
sonreía. Accedió sin problemas a una entrevista. —¿Qué desean ustedes saber? —preguntó
ella.
—Alguien ha estado trabajando en las
ventanas. —señaló el enviado del rey.
—Si, uno artesanos que trajo el señor
Abrajoz, de otras tierras. Ninguna otra persona fue capaz de satisfacer sus
altas exigencias. —contestó la cocinera.
—¿Y quiénes no cumplieron con sus altas
exigencias? —preguntó sonriendo el hombre del bigote.
—Antes de estos artesanos hubo como tres
equipos, el último fue el del señor Millar. –la mujer hizo un gesto de
lamentación.
—¿Algo le pasó al señor Millar? —preguntó
el ayudante.
—Murió durmiendo, no dejó ningún
heredero. Había sido contratado para realizar el trabajo de las ventanas. Pero
el señor Abrajoz realizó muchos cambios al diseño original. El carpintero
Millar era muy orgulloso, y muy correcto. Todos alguna vez le pedimos que nos
realizará algo, y él, siempre cumplía.
—¿Y no llegó a terminar las ventanas? —preguntó
el joven nuevamente.
—No, pero el señor Abrajoz no tuvo
problema alguno, con ese asunto, ni siquiera intentó recuperar el dinero que le
habría ofrecido como adelanto. —la cocinera suspiró.
—Ha sido usted muy amable. —contestó el
inquisidor.
Los habitantes del pueblo, los guiaron
hasta la casa del carpintero. Estaba abandonada desde hacía meses. Los
murmullos y sonidos misteriosos que se escuchaban por las calles del pueblo
trazaban un camino, que llevaba desde el palacio, hasta la carpintería. Los
investigadores sabían que estaban tras la pista correcta. Al entrar al taller
encontraron los objetos filosos que habían desaparecido, acumulados sobre la
mesa. Asumieron que el fantasma de Millar los había recolectado para completar
el trabajo pendiente. Pero ninguna herramienta le había sido útil, debería ser
difícil utilizarlas con precisión siendo él un ser incorpóreo. Pues la bodega
estaba llena de ventanas a medio empezar, todas en estilos diferentes.
—¡Debe haber más de veinte! —exclamó el
joven.
—Y del mejor material que existe. Ha de
haberle salido una fortuna esa madera. No creo que ninguna adelanto que le
hubiese dado el señor de estas tierras podría haber cubierto tanto desperdicio.
—¿Considera usted que ha de haberse
sentido estafado? —preguntó el ayudante.
—Eso no puedo saberlo. Mi recomendación
para que todo esto termine, es que alguien complete las ventanas y sean
reemplazadas las del palacio. El dinero que faltó por cobrar que sea enterrado
en la tumba de este pobre artesano. Quizás, con esto deje de vagar por el
pueblo, quejándose del egoísmo del señor de estos lares.
Los consejos del inquisidor fueron
escuchados y el equipo que había terminado las ventanas, regresó, para terminar
las que le antecedieron y jamás habían sido colocadas. Aunque al señor de esas
tierras no le gustaba mucho el hecho de que ninguna de ellas combinase, pues
había cambiado los diseños más de una docena de veces, prefería eso a que un
fantasma deambulase por siempre por su hogar y por sus dominios. No tuvo
problema alguno tampoco en pagar lo que restaba, al muerto.
El hombre de Gull y su aprendiz se
despidieron, satisfechos, y regresaron a servir al rey en alguna otra misión.
Pero antes de llegar a la corte de Denjiia, fueron llamados otra vez, los
murmullos habían regresado, y los objetos filosos habían vuelto a desaparecer.
Se dirigieron nuevamente al taller, algo faltaba por descubrir. Las ventanas se
habían ido ya. Quedaban las herramientas, y un humilde espacio. Aserrín y
muchos sobrantes de madera. Y sobre una mesa, un proyecto empezado, indistinguible
para ellos.
La única persona que les había resultado
de ayuda para resolver el misterio había sido la cocinera. Así que decidieron
llevarla hasta el taller, por si ella reconocía de qué se trataba el trabajo
inconcluso.
La mujer nuevamente se lamentó —¡Que
maravilloso hombre era el señor Millar! Por supuesto que reconozco este
trabajo. Era para mí, un regalo para mi hija. Mientras este viejo carpintero
trabajo para el señor Abrajoz, yo le cociné todos los mediodías el almuerzo que
él desease. En agradecimiento me ofreció construir una cuna para mi nieta, que
nacería pronto. Mi hija se ha casado apenas meses atrás y ya está embarazada.
Yo honestamente, no esperaba recibir nada de él. Mi señor, Abrajoz, cambio
decenas de veces el contrato y lo demoró. El pobre viejo no podía terminar, se
ve que, de alguna forma encontró tiempo por las noches para realizar la cuna.
El inquisidor, sin meditarlo mucho,
preguntó a su ayudante —¿Con esta nueva información, que crees entonces que ha
sucedido y cómo podemos solucionarlo?
El joven se apuró a contestar —Que el
señor Millar, obsesionado por no ser capaz de terminar la cuna, ha estado
intentando recolectar madera y herramientas para concluirla y poder descansar
en paz. La cuna ha sido el problema, podemos pedirle a los carpinteros que
terminaron las ventanas que la terminen y así, el alma del señor Millar, podrá
descansar en paz. Incluso el señor Abrajoz podrá poner las ventanas que quería
y reemplazar nuevamente las de este carpintero.
—No —contestó enérgicamente el bigotudo—.
Te equivocas. El señor Abrajoz, es un mal cliente, que empobreció y retrasó a
un trabajador honesto. He sido un ingenuo al pensar que a este humilde anciano
le importaba en algo el capricho del noble. Sin duda las ventanas no fueron la
causa de que esta alma en pena no descansase. Pero fueron el motivo por el cual
el carpintero ha perdido su tiempo y dinero. ¿Cuántas veces los que tienen el
dinero para pagar, son arrogantes, y exigen mucho más de lo que pagan? Y
después, solo por sentir que al despreciar, son mejores o exigentes, creen que
es justo desentenderse. Astillas y cortes en la piel dura de sus laboriosos
dedos, que no descansaban por la noche para cumplir con una promesa hecha por
agradecimiento. No será ni la primera ni la última vez que un terrateniente llama
a un humilde solo para humillarlo, para sentir que nadie estaba a la altura de
sus demandas. ¿Quién comprende el tormento de aquellos honestos despreciados y
desvalorizados? Por estas cosas pienso que los muertos deberían regresar más
seguido. Deja, que en su vivienda, quede la marca de sus caprichos, con sus
ventanas de estilos diferentes, de sus tantos cambios. Fue, después de todo lo que
pidió, pero no quiso pagar. Llama a los carpinteros para que terminen la cuna y
págales con el dinero que Abrajoz dejó en su tumba. Dinero que solo pagó para
no tener que soportar un fantasma. Buena clausula en los futuros contratos,
tendrán que tener en cuenta los sellistas, que si al recibir un buen trabajo,
el cliente exige algo más, sepa que será perseguido por el contratista aun
después de su muerte, para torcerle los maderos. Eso, quizás, equilibre un poco
la desigualdad.
Se corrió la voz y desde aquella vez, en
el reino de Denjiia, la gente no volvió quedarle mal los carpinteros. Aunque
nunca faltó el soberbio o prepotente que encontró algún espectro en su cocina.
Fin.
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