viernes, 28 de octubre de 2016

La daga del queso



Leyenda Denjiien

               Drar era un joven haragán hijo de humildes granjeros que lamentaba no haber nacido en una familia acaudalada, como casi todos los hijos de humildes granjeros. Cada vez que  conseguía escaparse de la supervisión de sus padres  se ponía a practicar con su quena las melodías que escuchaba en las tabernas. A pesar de su holgazanería sus padres, su madre sobre todo, lo amaban y por esto mismo lo consentían.

               Un día la madre de Drar le encomendó hacer una diligencia a un pueblo cercano. El viaje a pie demoraría horas y posiblemente debiese acampar antes de llegar. Para que no pasase hambre la mujer le preparó una canasta con comida. No tenía mucho que ofrecer así que solo colocó allí un poco de pan ácimo, queso fresco característico de la región y un odre pequeño de vino. Como toda buena madre le recomendó que no se alejase del camino y que se cuidase.

               El odre de vino le duró la primera hora de viaje. Para conseguir agua debía de alejarse del camino hasta pasar por algún rio lo cual no le preocupaba porque desde un principio había considerado desviarse por un atajo para llegar antes al pueblo y poder pasar al menos una noche en alguna taberna y no bajo la luz de las estrellas. Pero el atajo resultó llevarlo hacia lo profundo del bosque y directo a una ciénaga. Lamentó haber desobedecido el consejo de su madre mientras chapoteaba en el lodo perdido en el bosque al caer la noche y solo. Su suerte sin embargo cambiaria. Cuando ya era completamente de noche y estaba hundido hasta las rodillas en la ciénaga escuchó gruñidos y más gruñidos. Lo primero que se pasó por su cabeza fue que se tratase de un animal salvaje, que posiblemente buscara devorarlo. Decidió entonces ir a investigar. Si había desobedecido el consejo de su madre, ¿Por qué ahora obedecería al sentido común de escapar y ponerse a salvo? Pero lo que encontró no fue ningún animal salvaje sino a una criatura grotesca que estaba a punto de ahogarse en la ciénaga pues un árbol podrido le había caído encima.

               —¡Ayúdame por favor y te daré lo que quieras! —suplicó el monstruo chillando, al verlo.
               —¿Por qué haría eso? —preguntó Drar.
               La criatura se sujetó del putrefacto tronco que la aplastaba y lo miró algo enojada —Supongo que mi oferta de darte lo que quieras no te ha impresionado.
               —Obtener lo que yo quiera sería interesante sin embargo hay otras cosas que me preocupan.
               —¿Cuáles otras cosas? —preguntó el monstruo.
               Drar acarició su despoblada barba pensativo y contestó –Bueno, como por ejemplo que sea usted un ogro y cuando le haya liberado intente comerme.
               —Yo no soy un ogro, niño insolente. —dijo ofendido el monstruo.
               —¿Y entonces que es? —replicó el joven.
               —Pues, una ogra. —contestó solemnemente la criatura.
               —Se veía venir. —dijo Drar frunciendo el ceño—Yo pensé que los que concedían deseos eran los duendes.
               —Los ogros también. Los duendes solo son más populares y además no existen. —explicó la ogra— ¿Nunca has escuchado la frase “agradecido como un ogro”?
               —Para serle muy sincero, no. —dijo con total franqueza el muchacho.
               —Pues aunque no lo creas lo somos. Me estoy hundiendo y moriré sino me ayudas. ¿Tanto miedo me tienes?
               —Sí. –contestó Drar señalando lo obvio.
—Humano cobarde y ridículo —protestó la ogra que ya casi se hundía y solo podía dejar fuera del lodo su cara y su mano izquierda—. ¡Mira! —dijo señalando una bolsa de tela que Drar no había advertido antes—. Allí dentro se encuentra una daga de bronce. Tómala y si intento algo podrás usarla para matarme. Yo deseo salir de aquí y regresar a mi choza, si me ayudas a hacerlo te recompensare con lo que tú desees.

Drar, entonces, aceptó. Buscó en la bolsa que estaba repleta de hierbas y hongos, que la ogra posiblemente había estado recolectando, y encontró la daga, dejó de lado sus provisiones y valiéndose de una rama grande para hacer palanca ayudó a la ogra a salir del aprieto, no sin antes embarrarse él también hasta las orejas. La ogra, ya estando fuera de riesgo, gruñendo le indicó que la siguiese. Drar volvió a tomar la canasta de su madre y la siguió.

Una vez en la choza Drar estaba ansioso de poder cobrar su recompensa. Expresó entonces su deseo –Quiero ser rico —pidió en un rapto de originalidad propia de su especie—. Deme oro, mucho oro. —Mientras rastrillaba con sus dedos hacia si monedas imaginarias.
La ogra soltó a reír —¿Piensas realmente que si yo pudiera darte oro y riquezas viviría en esta choza? —Una rápida inspección visual al lugar haría comprender a cualquiera a que se refería la ogra. 
—Entonces ¿Me ha engañado? No me dará lo que deseo.
La ogra era vieja y sabia. Supo entonces dejar de reír para contestar calmadamente —Nadie puede darte lo que no tiene. Una persona que se cree rica tiene mucho para dar… y generalmente no lo comparte porque hacerlo la haría menos rica a su entender. Una persona verdaderamente rica no importa cuánto de, nunca se quedará sin nada. Pero como te dije al principio nadie puede darte lo que no tiene. Y yo no tengo oro.
—Me ha estafado. —dijo el joven enfurecido.
—No lo he hecho, puedo darte de lo que tengo lo que desees pero no… —la ogra no podría terminar su frase, pues sería interrumpida vilmente por el humano.
—Entonces me dará tres cosas que desee de aquí, ya que no puede darme lo que realmente quiero.
—Bien —dijo la ogra sin protestar—. Que así sea. Pero piensa bien que deseas pues eso es exactamente lo que te daré. Mucha gente no sabe lo que realmente quiere ¿Lo sabes tú?
Drar llevó sus manos a su propia cintura tomando una pose solemne inclinándose levemente hacia adelante —Yo sé lo que quiero. Quiero ser rico —dijo levantando ahora sus manos por encima de su cabeza—. Después de eso por supuesto que quiero muchas otras cosas, pero esas son circunstanciales. En este momento estoy sucio de pies a cabeza, por dentro y por fuera. Bien quisiera sacarme todo esta porquería…
—Concedido. —dijo la ogra que rápidamente tomó algo que estaba envuelto en una hoja negruzca y húmeda.
—¿Qué es eso? —preguntó Drar algo asustado—. Yo no te he pedido nada todavía.
—Si lo has hecho me has dicho que querías estar limpio por fuera y por dentro y eso hare. –La ogra con su gran mano, o garra, lo sujetó del cogote estrangulándolo y obligándolo a abrir su boca, entonces lo forzó a tragarse lo que había tomado en un principio.
Drar se tomó del cuello con ambas manos desesperado una vez que la ogra lo soltó, no le había dado tiempo a hacer nada con la daga —¿Pero que me has dado?
—Querías estar limpio por fuera y por dentro, te he dado un poderoso laxante, eso te dejará bien limpio por dentro.
El joven no pudo contenerse más y corrió a atender sus asuntos fuera de la choza detrás de un árbol, el primero que encontró. Tras una hora podía afirmar que ya nada quedaba dentro de él. Entró enfurecido e indignado a la choza nuevamente, en un acto completamente masoquista y comenzó a gritarle a la ogra un montón de cosas inentendibles e inapropiadas para este relato terminando sus acusaciones e insultos con una pregunta —¿Y cómo me deja esto limpio por fuera?
De no haber estado tan enfurecido habría notado que la ogra lo estaba esperando con una cubeta de agua la cual arrojó sobre él en cuanto terminó su discurso. Mojándolo de arriba abajo —Ahora, esto es lo que te deja limpio por fuera. —aclaró ella.
El balde de agua fría ciertamente calmó los aires acelerados del muchacho. Aun así la ira lo invadía y ya no podía pensar muy claro —Te he salvado la vida ¿Y así me tratas? Debería de recompensarme, de hacerme pasar un buen momento.
—¡Oh! Disculpa, ¿Es que deseabas que te hiciera sentir bien? —preguntó la ogra.
—¡Pues claro! Al menos me lo debe. —contestó Drar enojado.
La ogra realizó una burda reverencia inclinándose delante de él y comenzó a silbar una melodía que Drar no había escuchado nunca. La melodía era reconfortante y pegadiza, sus pies empezaron a seguir el ritmo. Se sintió revitalizado. Su humor, de una manera inexplicable, cambio. Estaba feliz indudablemente, al menos lo estuvo hasta que terminó la canción.

—¡Apuesto a que te ha gustado! –exclamó ella torciendo su boca intentando formar una sonrisa.
Drar movió su cabeza hacia arriba y hacia abajo varias veces en señal de que lo aceptaba y preguntó —¿Puedo entonces ahora pedir mis deseos en paz?
—¿Tus deseos? Es que solo te queda uno.
—¿Cómo es así que uno? Me quedan dos y deberían de ser tres. Me has dado un laxante, eso es algo que ni siquiera puedo quedarme.
—Un laxante que te ayuda a “conservar” es un mal laxante —contestó irónicamente la ogra que luego tomó un libro, le arrancó una hoja y se la entregó al humano —Esta es la receta del laxante, eso te lo puedes llevar.
Drar le quitó la hoja de las manos y preguntó —¿Y que ha sido lo segundo?
—Pues la canción. Una canción es una cosa que si la recuerdas la podrás llevar a todos lados.
El joven dijo entonces por segunda vez —Me has estafado. Comprendo ahora que no me darás nada de valor, solo estas burlándote de mí.
—No lo estoy haciendo joven humano. Quizás tú te burlas de ti mismo y no te das cuenta. Pídeme tu último deseo y lárgate de aquí.
—¡No! —gritó Drar con firmeza sujetando la daga de bronce y dando un infantil pisotón en un vano esfuerzo por reafirmar su postura. Pero el gesto no le resulto bien y tras pisar sobre el suelo húmedo y podrido resbaló y cayó sentado en él, completamente frustrado. Para ese momento realmente ya no quería estar más allí. Sentado y sin ganas de nada dijo —Bien, dame algo de comer, ¡Que me agrade! —aclaró—. Y me iré para que terminemos con esto.
La ogra se encogió de hombros y dijo —Tengo muchas cosas para comer aquí, arañas, patas de lagartijas… carne humana.
—He dicho que me agrade. Esta vez especifique. Tiene que haber algo aquí que me agrade, maldita bruja traicionera. ¡No quieras escondérmelo! —gritó Drar amenazándola con la daga mientras se ponía de pie.
—Ya te he dicho que no te he engañado y ciertamente no te he traicionado. Teníamos un pacto y lo he cumplido, que tú seas un infeliz no es mi culpa. No conozco tus gustos pero no creo que tenga yo algo que puedas comer. Tú sin embargo has traído comida. Puedo oler el queso en tu vianda y por lo que huelo es bastante desagradable. Esto es lo que te propongo, con la daga de bronce con la que me amenazas corta un trozo de queso y pruébalo. Si no se trata del mejor queso que hayas comido en tu vida entonces podrás matarme pues te he traicionado. Pero si realmente es exquisito te iras de aquí sin molestarme más. La daga ya es tuya, a ti te toca decidir qué hacer con ella.
Sin tener nada que perder Drar puso el queso sobre una mesa y lo cortó con la daga. Tan pronto como la hoja de la daga tocó el queso este comenzó a ponerse de un color verde azulado. Desconfiando, Drar dio un diminuto mordisco al trozo de queso. Resultó que la ogra no le había mentido, realmente el sabor del queso había cambiado por completo y para bien.
—Has tenido suerte esta vez ogra. —dijo enfadado el muchacho.
—No he tenido suerte, sabía lo que sucedería. —contestó la ogra.
—¿Y si hubiera intentado matarte o robarte tus cosas? —preguntó Drar que todavía sostenía la daga interponiéndola entre él y la ogra.
—Si hubieras intentado matarme me habría tenido que defender. Pero has hecho bien. Tomaste algo con lo que podías herir o matar y lo usaste para alimentarte sin causar daño alguno, eso es de sabios.
—¿Qué? Acaso intentas darme un consejo —contestó Drar exasperado—. ¿Ese es gratis?
—He estado intentando enseñarte cosas desde que me salvaste pero te niegas a ver, joven —indicó la ogra juntando sus manos—. Estoy vieja ya y los viejos pretendemos enseñarles cosas a los jóvenes que ellos mismos todavía no pueden entender. He cumplido con mi parte ahora lárgate.

Drar no lo pensó dos veces y se alejó de allí decepcionado. Había tenido la oportunidad de obtener cosas inimaginables y lo único que se había llevado era una receta para hacer un purgante, una melodía que tarareaba en su cabeza desde que la había escuchado y una daga para cortar queso. Murmuró por lo bajo — “Agradecido como un ogro”. —Tras de sí se escuchaban a lo lejos las carcajadas de la ogra.

Decidió no contarle a nadie lo que había sucedido. Cuando le preguntaron por la daga dijo haberla encontrado tirada en el camino. Continúo siendo un holgazán y un insatisfecho por no poseer riquezas y no ser más que un humilde granjero, al igual que sus padres. Y con el tiempo él mismo se convirtió en padre de un joven varón.

Años después mientras se encontraba en el pueblo con su hijo se desató una tormenta. Buscando refugio terminaron en una taberna. Tras de ellos vieron llegar una caravana con caros carruajes y guardias armados. Sin duda era un noble que por alguna razón había ido a parar al pueblo. Mientras Drar y su hijo se calentaban cerca de la chimenea el noble entró a la taberna. Era un hombre de mediana edad, muy próxima a la de Drar, y no venía solo. Estaba acompañado por su padre un hombre muy anciano que estaba tumbado en un lecho que transportaban otros cuatro hombres.
El  noble más joven explicó al tabernero, aunque todos pudieron escucharlo – Mi padre desde hace semanas padece una enfermedad que lo ha dejado postrado, como puede ver. Hemos venido al pueblo en busca de un curandero. Pero nos ha sorprendido la tormenta, pasaremos la noche aquí. —El tabernero no se hizo esperar y mientras limpiaba con un trapo sucio la mesa y las sillas que ocuparían el noble y sus hombres envió a uno de sus siervos a preparar las habitaciones.
El clima dentro de la taberna se puso denso. El anciano moribundo se quejaba esporádicamente con gemidos debido a su sufrimiento. Drar notó que su hijo empezaba a perturbarse, y pensó en cómo hacerlo feliz. Sacó su quena y tocó la melodía que había silbado la ogra para él. Una melodía que jama había olvidado. Su hijo y todos los presentes comenzaron a bailar al compas de la música. Tan vigorizante era escuchar la música que para sorpresa del noble su anciano padre se levantó de su lecho enérgico y hasta intentó bailar también. Todos dirigieron su mirada al intérprete que se encontraba concentrado en la melodía y aplaudieron cuando finalizó la canción.

El súbito consumo de energía que había requerido el anciano le hizo decir —Tengo hambre. —Como si fuese un niño pequeño.

Su hijo hacía semanas que no lo escuchaba pedir algo así y se apresuró en pedir que le trajeran algo de comer. Drar que estaba más cerca que el tabernero sacó un trozo de queso de su morral donde acostumbraba desde hacía años cargar la daga que le había regalado la ogra, y corto dos trozos más pequeños que rápidamente cambiaron de color pasando del blanco al verde azulado. Entregó un trozo a su hijo y otro al noble anciano.
—¡Esto es exquisito! —exclamó el moribundo maravillado—. Gracias. –Y volvió a sentarse en su lecho.
Los presentes rodearon a Drar que siguió ofreciendo del queso que tenía hasta que se le acabó e hizo pedir que le trajeran más para poder seguir compartiendo.
Desde el noble hasta los más humildes siervos del tabernero saborearon y disfrutaron del queso y la música que tenía para ofrecer Drar.
Cuando ya nadie quedó sin probar el queso el noble exclamó —¡Mi padre ha muerto! —El anciano había fallecido acostado en su lecho sonriendo. El hombre se dirigió a Drar —. Mi padre ha muerto pero ha muerto feliz. Lo he visto sufrir durante semanas sin poder hacer nada, pero estos últimos momentos ha podido pasarlos en paz. Le estaré siempre agradecido señor. ¿Hay algo que pueda hacer yo por usted?
Drar sonrió y contestó —Siempre he querido ser rico.
El noble lo reverenció inclinándose delante de él y luego extrajo de una bolsita que colgaba de su cinturón una moneda de oro para dársela a Drar que la aceptó con gusto. El noble se retiró llevándose al cuerpo de su padre y  a su séquito.
Drar sostuvo la moneda entre sus dedos y la observó pensativo. Una moneda de oro era lo que el noble pensaba lo hacía rico a él porque lo veía como a un miserable. Una moneda de oro era lo que el noble, que era un mezquino, pensaba que valía la felicidad de su padre. Una moneda de oro era mucho dinero, sin duda, pero Drar sabía que no lo haría rico. Eligió entregar la moneda de oro a su hijo para que la conservara y la usara cuando creciera. Recordó algo de esas cosas que la ogra había tratado de enseñarle “Una persona verdaderamente rica no importa cuánto de, nunca se quedará sin nada.” Drar pasó el resto de su vida compartiendo el queso azul y su música haciendo felices a  muchos y sintiéndose satisfecho pues había conseguido ser verdaderamente rico.
Su hijo al crecer uso la moneda de oro para financiar una pequeña empresa que se convertiría en la mayor productora de queso azul en Denjiia y el dinero ya no le faltó a esa familia.

Drar consiguió dar un buen uso al menos a dos de sus regalos, pero nunca encontró que hacer con el laxante. Consideró que en eso la ogra había realmente intentado fastidiarlo. Después de todo en ese momento, al menos, se lo merecía.


Fin.

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