Leyenda Denjiien
Una cruenta guerra había arrasado
las tierras de Denjiia dividiendo al reino en dos. Ningún lugar era seguro. El tiránico
rey Urumón recorría sus tierras con su ejército, masacrando a sus enemigos sin
piedad. Los años de gloria y sedentarismo del rey lo habían convertido en una
persona obesa, cansada y poco paciente. Urumón había tomado el poder
exterminando a la anterior familia real dejando a su antecesor último en la
lista de ejecuciones, solo para que viese morir a todos los suyos. Durante los
años de su reinado había aumentado los impuestos y engrosado las filas del
ejército para someter a quienes se oponían a su mandato. Urumón de todos tomaba
algo. Muchos en su reino lo odiaban, pocos se atrevían a enfrentarlo pues él
solo conocía un castigo, la muerte. El mayor placer que disfrutaba era comer. Solo
poseía un hijo llamado Guinaz de diez años, a quien raras veces veía aunque
fuera su mayor orgullo. Guinaz era culto y sensible, todo lo que Urumón no era.
Cuando la guerra civil estalló, Urumón envió a Guinaz a vivir con su madre y se
dedicó a perseguir a muerte a sus enemigos.
Tras
perder muchas batallas, aquellos que se oponían al rey se refugiaron en la ciudad
de Guided. Al enterarse de lo próximo de la llegada del rey escaparon y se
escondieron en el bosque de Deradid. Cuando entró a la ciudad el rey no quiso
escuchar a nadie y tomó de rehén a todos los ciudadanos. Nadie podía salir de
allí sin su permiso. Al pasar los días la situación se volvía cada vez más
tensa, el rey llamó a la ley marcial y ya nadie podía salir de noche, la comida
escaseaba para los plebeyos y los habitantes, antes partidarios del rey pronto se
volvieron en su contra. Una mañana tras una escaramuza, tres de los soldados
del rey murieron. A él no le importó que diez de los rebeldes también hayan
muerto, enfurecido decidió visitar el lugar. En la plaza estaban tendidos los
cuerpos de los hombres, los suyos y los de sus enemigos. La gente, asustada, se
había marchado, todos a excepción de una
anciana, que estaba sentada en un banco de piedra alimentando a las aves. El
rey desensilló torpemente y caminó por la plaza en dirección a la mujer. Las
aves que confiaban en ella apenas se movieron al pasar el rey. Molesto, el
hombre sacudió su capa para espantarlas e incluso pateó y pisó a varias, pero
las aves seguían amontonándose cerca de la anciana y revoloteando sobre él.
—
Atrás, fuera de aquí —Ordenó el rey a las aves, que no le obedecieron—. He
dicho atrás. —gritó nuevamente.
La
anciana sin mirarlo explicó —No te harán caso.
— ¿Por
qué no? —preguntó el rey.
—
Porque no eres su rey.
—
¿Quién eres tú vieja bruja? Que hablas con tanta insolencia a tu rey.
— Quizás
una bruja. –dijo la mujer altaneramente.
—
Si de verdad eres una bruja te pondré a prueba si la pasa te dejaré vivir y te convertirás
en mi sierva y en mi consejera. Si no las pasas te mataré.
—
No tengo interés en ser tu consejera y aunque sé que moriré, me iré siendo más
reina de lo que tú eres rey pues quienes confían en mí no me han abandonado en
este último momento, mientras que en tu último momento, tú estarás solo. Pues
ciertas son dos cosas, que tú no eres rey y que me matarás aunque las pase.
—
Insistes en la insolencia de negar que soy rey. ¿Por qué? —preguntó Urumón
ofendido.
—
Porque jamás gobernaras a quienes oprimes. Has venido hasta aquí para probar si
soy bruja, pero antes deberías probarte a ti como rey. Desde tus tierras has
llegado hasta aquí destruyendo todo, devorándolo todo con tu egoísmo y con tu
hambre de poder. Tú no eres rey porque aquellos
que con tu ambición deseas consumir, terminarán consumiéndote y porque aquellos
que te rodean terminarán traicionándote.
Las
aves en su mayoría palomas y cuervos revoloteaban alrededor del rey llenando todo
de excrementos. Enfadado Urumón ordenó a sus escoltas matar a las aves. Los
hombres desenfundaron sus espadas y las atacaron. Muchas murieron mientras
otras quedaron mal heridas. Las plumas se mezclaron con la carne de los muertos
que descansaban sobre la plaza. La anciana chistó y las aves que quedaban
huyeron.
—
He matado a tus aves y ahora te mataré a ti, si es que no pasas mis pruebas.
—dijo Urumón, sonriendo.
— Ponme
a prueba, hombre necio. —contestó la anciana.
El
rey pensó entonces bien como pondría a prueba a la anciana, pues si realmente
era una bruja tener su consejo le sería útil. Ya idearía después como
extorsionarla. Pensó entonces en preguntarle cosas, algo que pudiera comprobar
fácilmente, pero que ella no pudiera saber. No obstante Urumón no era muy culto
y tenía pocos intereses, por lo que solo pudo pensar en una cosa:
—
Te hare tres preguntas, si las contestas sabré que eres una bruja, y te dejaré
vivir. Si no las contestas bien te mataré, por hacerme perder el tiempo o
porque eres una bruja de todas formas pero te rehúsas a doblegarte.
—
Bien —contestó la anciana—. Pero te diré que solo querrás conocer las
respuestas a esas tres preguntas. Nada más que te diga te interesará, hasta que
sea demasiado tarde.
Pero
al rey no le interesó lo que la anciana tenía para opinar, así como no le
interesaba lo que opinaran los otros, sean estos los rebeldes o sus propios
soldados.
— Si
de verdad eres bruja, dime ¿Qué he comido esta mañana?
—
Esta mañana has comido un cerdo entero. —contestó la anciana casi sin pensarlo.
La
mujer había acertado. El hombre entonces con poca creatividad preguntó:
—
Si de verdad eres bruja, dime ¿Qué comeré esta noche?
—
Por mucho que lo desees tú no comerás esta noche, y si eres sabio y no lo eres,
deberías de abstenerte de comer en los próximos días.
El
rey sintió la urgencia de preguntar “¿Por qué?” Pero se contuvo, la anciana había
acertado la primera pregunta, y si acertaba la segunda tendría cada vez menos
dudas de que se trataba realmente de una bruja. Si era así quería usar su última
pregunta sabiamente. Envió a que apresasen a la anciana y la arrojaran a un
calabozo oscuro.
Cuando
la noche llegó sirvieron delante de él un gran banquete, pero tal y como había
dicho la anciana no pudo probar ningún bocado pues comenzó a convulsionarse y a
vomitar. Tal mal se sintió que tuvo que alejarse de la mesa pues por más que
quería no podía acercarse a la comida.
Convencido
de que la anciana era una bruja se dirigió hasta donde estaba para hacer, la
que debía ser su última pregunta.
— ¿Cómo
ha estado su cena rey? —preguntó la anciana riendo.
El
rey se apresuró a preguntar lo único que le interesaba —Si de verdad eres bruja,
dime ¿Cuando me encontraré con mis enemigos? —Y es que desde que el rey había
llegado a la ciudad, había perdido el rastro de los rebeldes. Y por más que sus
hombres buscaban no los encontraban. Urumón estaba confiado de su victoria pues
sabía que quedaban pocos rebeldes y deseaba terminar pronto con esta revuelta.
—
Dos veces volverás a verlos: Mañana, cuando llegue el alba llegarán a las
puertas de la ciudad pues estarán siguiendo a tu hijo Guinaz. Tú sobrevivirás y
luego en un mes los volverás a ver.
El
rey advertido, confió en las palabras de la anciana aunque no la liberó. Y
preparó a sus hombres para la batalla. Envió a varios jinetes antes del alba
para encontrar a su hijo y tal y como había dicho la anciana lo encontraron.
Tras una corta batalla su madre y sus escoltas habían muerto. Los jinetes
tomaron al niño y lo llevaron a la ciudad siendo perseguidos por los rebeldes,
pero estos allí debieron detenerse pues no tenían como invadir la ciudad, su
ejército estaba lejos todavía. El rey se alegró de al menos salvar la vida de
su hijo. Al parecer los rebeldes habían intentado secuestrar a su familia para
extorsionarlo pero advertido por la anciana había frustrado el intento y aunque
su reina estaba muerta su descendencia todavía perduraría. Pero que la revuelta
hubiera llegado a las puertas de la ciudad incentivó a los hombres bajo el
toque de queda a revelarse también, atacando a los soldados del rey y quemando
los depósitos de comida. Cuando todo terminó muchos hombres de ambos lados
habían muerto, pero el rey y su hijo habían sobrevivido. Tenía suficientes
soldados para defenderse pero no había
provisiones y afuera, no muy lejos, estaban sus enemigos esperando. En
solo un día la situación había cambiado para el rey. Para alimentar a sus
tropas el rey resolvió confiscar la comida de la ciudad y a todos sus animales.
Los hombres fueron diezmados nuevamente pues muchos no querían entregar lo
último que les quedaba. El malestar del rey permanecía y aunque sentía apetito
todavía no podía comer.
El
príncipe Guinaz se hundió en una profunda depresión por la muerte de su madre. Para
que el joven príncipe se entretuviera y se olvidara de sus penas, Urumón el
rey, había enviado a uno de sus siervos a que capturase algunas aves y se las
obsequiase como mascotas. En la habitación del príncipe colgaba una gran jaula
de oro con cerca de una decena de aves de todos los tipos que trinaban todo el
día y permitían también que Guinaz no escuchase los lamentos de los plebeyos
oprimidos de Guided.
El
hambre los golpeaba, en pocos días las provisiones se habían acabado y no había
manera de abastecerse. Cada hombre que salía de la ciudad a cazar jamás
regresaba pues los rebeldes lo mataban. El propio rey aun habiendo superado su
malestar no tenía que comer. Desesperado y hambriento Urumón envió a todos sus
jinetes por ayuda a las ciudades vecinas, pero jamás nadie contestó al llamado
o volvió a saber de sus hombres. En las caballerizas del reino solo quedaron
cuatro caballos, el resto o había sido enviados al exterior o habían sido
comidos. Veintinueve días pasaron desde la llegada del príncipe y ya no
quedaban siquiera ratas para saciar el hambre de los súbditos del rey.
Nuevamente acudió el hombre a la anciana que seguía en el calabozo, pasando más
hambre que los demás. La mujer había desarmado una de las mangas de su vestido
y bordaba, con una aguja que había improvisado con una hebilla, en su falda
para pasar el tiempo. Urumón no le prestó atención. Al verlo la anciana abandonó
su bordado.
— ¿Me
liberarás ahora que he pasado tus pruebas? —preguntó la mujer.
—
Todavía no se ha cumplido todo lo que has dicho, según tus profecías mañana
debería de encontrarme nuevamente con mis enemigos. Me has dicho también que
estabas segura de que te mataría, pero todavía preguntas si te liberaré. Has de
tener dudas. –contestó mientras su estómago crujía.
—
Tengo esperanza, no dudas, pues mi vida depende de eso. El destino de ningún
hombre está escrito, pero aun sabiendo cómo cambiar lo que sucederá los hombres
son demasiado necios para cambiar ellos. Tú podrías elegir perdonar mi vida,
pero no lo harás. Tú podrías confiar en mí pero no lo harás, y por eso morirás tú.
—podía verse los síntomas de la inanición en la anciana, con sus labios
resquebrajados y piel más suelta y sucia de lo normal. Podía verse su cansancio
final en sus movimientos lentos. Nada de esto conmovió a Urumón.
—
Dices que moriré, si de verdad eres bruja, dime ¿Qué debo hacer para salvar mi
vida?
—
Prometiste que si pasaba tus pruebas perdonarías mi vida. Que si adivinaba tus
tres preguntas me liberarías, ya las he contestado y no has cumplido ¿Por qué
debería de seguir contestando tus preguntas?
—
No —gritó enfurecido el rey—. Tú no has pasado nada, contéstame si quieres
seguir con vida. —replicó desesperado.
La
anciana se alejó hacia un rincón lentamente y se reposó sobre una pared. —Para sobrevivir, cada alma que has torturado
y puesto a tu servicio en contra de su voluntad debería de ser libre. De eso
deberías aprender, pues no serás rey hasta que dejes de someter a los demás.
—
No me engañarás, no lo harás —replicó el rey—. No te liberaré, esa no será la
solución.
—
Entonces si no deseas abandonar tu egoísmo, me demostrarás que eres solo un
parasito y no mereces ser llamado rey, deberías de matar a tu hijo, pues no
mereces descendencia y solo eso te salvará ahora. Pero hazlo ya y no cuando sea
demasiado tarde. —La anciana soltó a reír tras insultar al rey.
Urumón
enmudeció. Su cólera no tenía límite y si hubiera tenido a la mujer al lado la
habría golpeado, pero ni siquiera quiso acercarse a ella.
—Morirás.
—contestó. Y saliendo del calabozo ordenó que la ahorcasen en ese momento.
El
rey, con el estómago vacío, regresó enfurecido a sus aposentos. Allí lo estaban
esperando tres de sus mejores hombres para advertirle que sus enemigos estaban
casi a las puertas de la ciudad y que llegarían pronto. Confabularon un plan
para engañar a los rebeldes haciéndoles creer que el rey daría batalla mientras
que en realidad, saldrían escondidos por la puerta del este que daba al bosque
para llegar desde allí hasta la próxima ciudad aliada. Abandonarían a todos sus
soldados y súbditos a merced de los rebeldes, pero si él sobrevivía eso no
importaba. Pero algo más si molestaba al rey, su hambre. Hacia días que no
podía comer y ya no soportaba más la situación.
Preguntó
entonces a sus hombres — ¿No queda nada que pueda comer?
—
No, su alteza, pero en pocas horas estaremos en el bosque y podremos cazar
algo. —contestó el más destacado de sus hombres.
—
No soportó más este hambre, has que el cocinero prepare para mí las aves que he
obsequiado a mi hijo.
El
hombre asintió y se dirigió a dar la orden. Pero lo que el rey no sabía es que
su hijo había estado escuchando todo, escondido detrás de una silla. El
príncipe Guinaz era mucho más misericordioso que su padre y no quería ver a sus
mascotas, que lo habían ayudado en un mal momento, morir para saciar el hambre
de su padre así que corrió hasta su habitación, observó a las aves y mientras
las liberaba de su jaula de oro les dijo:
—
El rey escapará por la puerta del este. Mañana tendrá que comer, no tienen por qué
morir hoy ustedes. —Y las aves escaparon.
Cuando
llegó el cocinero las aves ya no estaban pero eso no importó porque los rebeldes
ya estaban acechando la ciudad. Al enterarse de la inminencia del ataque y
frustrado por seguir hambriento, Urumón se desesperó. El hambre le importaba más
que su vida, tras un mes sin comer bien los pantalones le quedaban holgados y
caminaba de un lado al otro agitado y agotado sosteniéndolos, incomodo.
Necesitaba ingerir algo y cuando supo que su hijo había liberado al último bocado
que podría deglutir allí, perdió su cordura por completo. Mandó llamar a su
hijo y enfurecido gritó:
—
La bruja me advirtió que para sobrevivir debía matarte. No quise creerle, pero
ahora veo, que solo me has traído miseria. Por ti han llegado mis enemigos
hasta aquí. Por ti han quemado las reservas de alimento. Por ti se ha escapado
el último bocado que podía satisfacer mi hambre.
Urumón
se acercó a su hijo y sin que el príncipe lo esperara comenzó a estrangularlo, sus
hombres intervinieron. La corpulencia del rey le dio un momento de superioridad
aun con tres de sus hombres tratando de impedir que matase al príncipe,
sabiendo que pronto se lo arrebataría lo sujeto de su mano izquierda y lo
mordió, arrancándole parte de su carne y un dedo, que inmediatamente tragó. Los
hombres del rey se llevaron al príncipe solo para luego dejarlo abandonado en
la ciudad, pues regresaron por el rey que todavía estaba arrodillado pero
enfurecido, limpiándose la sangre de su primogénito de sus labios y lamentando
no haber podido terminar de devorarlo completo.
El
rey se recompuso y preparó su trampa y dejando abandonados a los ciudadanos y a
gran parte de sus soldados escapó con sus tres mejores hombres por la puerta
del este en los últimos cuatro caballos. Consideró que para cuando lo supieran
ya sería tarde. Pero no podía estar más equivocado. Tras media hora de andar
fue interceptado por una patrulla de los rebeldes. Superados diez a uno la
escolta del rey escapó despavoridamente.
— ¿Cómo?
—preguntó el rey.
Un
jinete enemigo exhibió una jaula donde se encontraba un loro de hermosos
colores.
—
“El rey escapará por la puerta del este”
—cantó el loro y repitió—. “El rey
escapará por la puerta del este.”
Entonces
Urumón comprendió todo lo que la anciana le había dicho. Tal y como había dicho
la anciana en su final, moriría solo pues todos sus hombres lo habían
abandonado o él los había abandonado a ellos. Tal y como había dicho la anciana
él solo había aceptado las tres primeras respuestas, pues si hubiera liberado a
todos los hombres quizá no hubieran peleado en contra de él o si no hubiera
atrapado a esas aves el loro no habría contado su plan a sus enemigos. Incluso
si no hubiese deseado seguir comiendo, habría sobrevivido, tal y como había
dicho la anciana. Fue ejecutado allí mismo ahorcado, así como había hecho con
la anciana, y su cuerpo fue colgado en la plaza principal. Los rebeldes
descolgaron el cuerpo de la anciana y leyeron en la falda sus últimas palabras,
aquellas que dedicara al rey cuando lo había conocido, como una última broma
maléfica a su ejecutor aunque ellos no entendieron de que se tratara. El
bordado decía “aquellos que con tu
ambición deseas consumir, terminaran consumiéndote”. Los restos del rey
permanecieron colgados en la plaza principal de Guided hasta que las aves terminaron
de devorarlo.
Fin.
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