viernes, 21 de abril de 2017

Valiente, como un vegetariano



Leyenda Denjiien.

              
Dícese que en alguna taberna perdida de Kiem, a la hora del almuerzo, un hombre comenzó a reírse a carcajadas a costas de otro pobre señor. Al parecer, ese señor, había pedido un plato de comida que solo contenía vegetales y había explicitado que no le trajesen en absoluto nada de carne. Y cuando el camarero preguntó “¿pescado entonces?” el hombre insistió con que tampoco; y cuando el camarero insistió “¿Algún ave, pato o gallina, acaso?” El hombre contestó “de ningún animal.” Resulta que, para muchos que deambulan por el mundo sin cuestionarse sus costumbres, sentarse a comer algo que no haya caminado o sangrado no tiene sentido. Cualquiera entonces que vaya en contra de esta costumbre es cuanto menos un renegado o un estúpido digno de ser ridiculizado, pues se ha atrevido a ser diferente.
               —¡Tú comida es lo que come mi comida! —vociferaba el chistoso—. ¡Que poco hombre eres! ¡Qué extraño eres! Los animales no sienten nada y seguro estarán contentos de que los comamos. –Insistía el bufón contradiciéndose.
               De la esquina más sombría de la habitación brotó un anciano incompleto. Le faltaba la pierna izquierda; su brazo izquierdo, si bien todavía estaba allí, estaba mal formado, la articulación de su codo estaba rígida y su mano torcida. Le faltaba además el ojo derecho, dos tercios de la oreja del mismo lado y medio dedo índice de la mano que todavía podía abrir y cerrar. Tenía la barba larga y blanca y se encontraba bastante desaliñado, además era muy flaco y su ropa le quedaba holgada. Se desplazaba ayudado con una muleta improvisada hacia años.
               —¡Bruto ignorante! —gritó el anciano levantando la mitad de su dedo índice derecho, dirigiéndose al hombre que se reía a carcajadas.
               —¿Qué has dicho?, indeseable esperpento humano —se defendió el risueño hombre, ahora enojado. (Es posible, debido a la institución en la que se encontraban y al carácter del sujeto que esas no fueran sus exactas palabras.)—. Defiéndete si no eres cobarde, anciano. –Y tras esto el valiente caballero que se burlaba de un vegetariano en potencia desenfundó su daga y se abalanzó sobre el viejo desarmado.
               Los testigos de este hecho consideraron que este era el fin del vejete metiche, pero no podían estar más equivocados. Pues el delgado, cojo, tuerto y mocho barbudo, pero nunca sordo, lo esquivó con facilidad. Esto produjo que su atacante siguiese de largo y golpease con su cara la pared, atontándolo y haciendo que perdiese su arma. Sin darse cuenta había quedado atrapado en la esquina de donde había aparecido el anciano, quien ahora había levantado su daga y lo estaba amenazando con ella.
               —¿Qué sabes tú de valor? —increpó el viejo—. Te contaré yo mi historia y después podrás juzgarme y de paso reconsiderar tus pensamientos. Empezaré diciendo que cuando tenía tu edad mi cuerpo estaba completo. Yo era para ese entonces un caballero del rey conocido por mis hazañas en batallas y guerras. Pocos hombres conocía más valientes y arrojados que mí propia persona. Hasta aquella tarde en que conocí a ese elfo —tras decir esto y sin soltar la daga manoteó de una mesa una pinta de cerveza, que algún otro mortal había pagado pero que jamás reclamaría, y la bebió de un solo sorbo para luego arrojar el recipiente al suelo y continuar—. ¡Que nefasta criatura! Estaba sentado bajo un árbol comiendo algo de un gran cuenco. Mi curiosidad fue mayor a mi sentido común y me acerqué a preguntar ¿que era? sabiendo que después me arrepentiría. El elfo me dio una lista de los ingredientes de su platillo y yo con soberbia le recriminé que no había nada allí de carne. Recuerdo haber puesto en duda su masculinidad por ese simple hecho. El elfo, el maldito elfo, me miró sonriendo y guardó silencio solo para luego desafiarme. Me propuso que me armase yo el supuesto manjar que él estaba saboreando, si es que acaso tenía el valor. Pensé que se estaba burlando de mí, después de todo quería probar mi valentía enviándome al mercado. Y yo como un necio y un estúpido acepté el desafío. Pero cierto era, que no conocía ninguna de las cosas que contenía esa preparación, a excepción de una. Le pedí entonces que repitiese los ingredientes. “Un hodin cortado en trozos, ralladura de raíz blanca de Drun, cuatro murinbís en mitades, algunos brotes jóvenes de Unsuron, sazonado con semillas de Esteowaren y jugo de un octavo de dodin diluido en agua. Sal y pimienta a gusto.” Mientras me alejaba, comprometido en demostrarle a alguien que recién había conocido lo varonil que era, el elfo se rio y me llamó al mismo tiempo que sostenía una bolsa tejida. Me dijo que era un obsequio, que pusiese allí cada uno de los ingredientes y la bolsa los conservaría sin que se pudriesen hasta que decidiese consumirlos. Acepté el regalo y entonces si me alejé a completar mi misión.
               La narración del hombre había atrapado a todos los presentes que guardaban silencio. El anciano continuó luego de rascarse las pulgas —Estaba yo cerca de Nevaria, lugar donde crecen los “dosad” árbol que da por fruto el dodid, el único en la lista que era capaz de reconocer. Sabía yo de esto porque los nevarien fabrican un licor llamado “adnisad” fermentando el dodid que es pequeño y rosado. El resultado es una bebida muy, muy acida y embriagante hasta el extremo. Pero jamás podía imaginarme yo, cuan ácidos eran los dodides. Tomé dos de un árbol, uno lo guardé en la bolsa que me había regalado el elfo y el otro lo probé. Gran error. No solo la boca se me entumeció debido a la acidez del fruto sino que además unas gotas salpicaron uno de mis ojos el cual ardió y se irritó, produciendo un dolor insoportable. Desesperado después de revolcarme en el suelo, maldiciendo, terminé por arrancar mi propio ojo pues ya no toleraba más el dolor.
               A pesar de mi perdida estaba dispuesto a terminar la misión. Fui entonces por los murinbis. Los cuales también se encuentran en Nevaria según se me habían informado. El murinbi es el fruto de un árbol aterrador llamado Murmonb, este vegetal posee hendiduras en su corteza y a su vez varias de sus ramas son huecas. Cuando el viento sopla y pasa por estos huecos el árbol silba. Algunos creen que para llamar a sus víctimas. La sabia es una sustancia viscosa y venenosa. A pesar de saber todo esto cuando intenté recoger los cuatro murinbis, mi dedo índice tocó un poco de la sabia que se desprendió al arrancan yo el fruto. Mi dedo índice se consumió allí mismo quedando solo mis huesos expuestos. Me alejé lo más rápido que pude antes de que esa sustancia siguiera robándome partes.
               El tercer ingrediente era la raíz blanca de un drun. Estas crecen en los lindes del oeste de Denjiia. La planta en si tiene el aspecto de un mero arbusto de algunas pocas hojitas simplonas por fuera de la tierra y ha de llegarle a uno hasta la cintura. Pero las raíces de estos entes se extienden por pasos y pasos hacia todos lados y sobre todo hacia abajo. La única parte blanca de la raíz de un drun es su extremo inferior y para encontrarlo hay que adentrarse bajo la tierra durante días pues cavando tardaría uno toda su vida. Tuve entonces que encontrar una gruta y viajar por ella descendiendo hasta el mismo infierno hasta encontrar el final de la raíz que terminaba en un lago subterráneo. Después de rallar algo de la raíz guardé el ingrediente en mi bolsa mágica y emprendí mi regreso. Me había tomado dos semanas llegar hasta allí y me encontraba en ese momento solo. Mientras trepaba por un acantilado subterráneo se soltaron mis amarras y caí de una altura considerable. Fue entonces que mi brazo izquierdo se rompió en decenas de partes. El dolor era mucho y pensé, nuevamente, que moriría. Tardé cerca de un mes en regresar a la superficie, alimentándome de hongos que era lo único que crecía allí. Para ese entonces mi brazo se había unido mal y nunca pude regresar a moverlo.
               Viajé hasta el desierto de Gull por las semillas de esteowaren, la cual es una planta arbustiva que cuando llega la temporada más calurosa se seca y entonces el tallo y las ramas se desprenden del suelo y ruedan, esparciendo así sus semillas. El problema fue esta vez que las plantas eran enormes y se agrupaban por miles. En el desierto fui literalmente atacado por una horda de estos vegetales peregrinos, la cual pasó sobre mí, llevándose parte de mi oreja y dejándome horribles cicatrices en todo el cuerpo. Saqué las semillas de mi ropa y las guardé en la bolsa mágica.

               Regresé a Denjiia para recolectar los dos últimos ingredientes, el hodin y los brotes de Unsuron. El hodin es la fruta sanguinolenta del holderon, el árbol maldito con ojos. Con sus ojos de ambar el holderon detecta a sus presas y cuando estas se acercan demasiado los atrapa con sus ramas hasta que los estrangula a morir. Entonces los seca con sus raíces aéreas. Me hubiera gustado que para ese entonces alguien me avisase pues después de tomar su fruto el árbol me atrapó por mi pierna izquierda. Me cansé de cortar ramas y tallos que me atrapaban cada vez más fuerte. Al final para salvar mi vida tuve que mutilar mi pierna. Me arrastré lejos de allí y mientras me aplicaba un torniquete pude observar como el árbol comenzaba a desecar mi pierna perdida. Guardé el hodin y fui por el último ingrediente los brotes de unsuron.
               Resultó que este árbol se reproduce solo después de alcanzar  la edad de ciento treinta años. Además al crecer los ejemplares más grande van asesinando con sus raíces a sus hermanos hasta que solo queda uno controlando la región. Los unsuron son extremadamente escasos, aunque gigantescos. Encontrar ejemplares jóvenes es muy raro. Pero para ese punto, después de haber perdido la mitad de mi cuerpo no dejaría la misión incompleta. Tuve que esperar treinta y ocho años hasta que se dieran las circunstancias adecuadas para recolectar brotes jóvenes de unsuron. Durante ese tiempo me creció esta barba que ven ahora, por primera vez mi cuerpo ganaba algo en vez de perderlo, aunque se tratase de una victoria pírrica pues perdí la mitad de mi vida en ello.
               Entonces, después de casi cuarenta años mezclé los ingredientes y probé por primera vez el platillo que había confirmado de una manera irrefutable mi valor.
               El hombre que había estado burlándose del vegetariano preguntó intrigado hasta la médula —¿Y cómo era su sabor?
               –Y… más o menos –contestó el anciano mientras realizaba un gesto con su mano tambaleándola de lado a lado—. Pero te diré algo, yo que he pasado la mitad de mi vida recolectando los ingredientes de una ensalada infernal, que no hay nada de cobarde o risible en el vegetarianismo y a menos que te estés alimentando de chuletas de león que tú mismo has cazado o ancas de cocodrilo que criaste en un corral al fondo de tu casa, nunca pero nunca, jamás te rías de un vegetariano o pongas en duda su valor, pues quien sabe cuáles terribles dificultades ha tenido que enfrentar para encontrar su plato de comida.
               Tras decir esto el anciano devolvió la daga al hombre y se fue cojeando lentamente siendo observado por todos en la taberna.
Es sabido que las expresiones “jamás te rías de un vegetariano” y “valiente, como un vegetariano” se volvieron muy comunes desde entonces.
          
   
Fin.




Referencias:

1) Pulga común

2) Holderon

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