Leyenda Denjiien.
Cuando los hombres comenzaron a sembrar papas
descubrieron una gran fuente de alimento. Habían tenido épocas de hambrunas en
aquellas ciudades del norte del reino donde ahora sembraban esos maravillosos tubérculos.
Los sembradores de papas eran cada día más solicitados pues las ciudades habían
estado creciendo en su número de habitantes y habían adquirido una relativa
prosperidad económica gracias a este nuevo producto que traían de las
poblaciones rurales. Tal es así que llegó a generarse una gran dependencia. Los
campos se fueron extendiendo y los bosques talando para conseguir más espacio para los cultivos.
Sucedió entonces que los sembradores de papas
comenzaron a desaparecer. Alarmados, los campesinos buscaron ayuda pues
desconocían el motivo de las desapariciones, algunos eran madres o padres que
sabían jamás abandonarían a sus hijos, no habían encontrado animales salvajes
que pudieran haber generado las muertes, de hecho no se habían encontrado los
cuerpos tampoco. Asumiendo que se trataba de alguna fuerza antinatural y que
escapaba a su comprensión pensaron que esto era obra de una bruja ogra y
decidieron entonces que enviarían a una joven a negociar con ella. Era una
muchacha inexperta que todavía sabía muy poco sobre como sembrar papas y que no
les dolería perder si la bruja decidía comérsela.
Atemorizada la joven se entrevistó con la ogra, la
cual después de escuchar las acusaciones de asesinatos por parte de los
sembradores contestó indignada:
—Yo no he sido quien ha matado a tus roñosos
compañeros, a quienes no temo. Sabios han sido de enviarte a ti escuálida mujer
que no me alcanzarían tus huesos ni para hacer una sopa.
—Pero si no has sido usted, ¿Quién ha sido? —preguntó
la sembradora de papas.
—Pues, la culpa ha sido de ustedes desde un
principio.
—No le entiendo. —dijo la joven mujer.
—En el bosque cercano a sus campos de
siembra mora un holderon. Un árbol solitario capaz de ver, que devora a quienes
se acercan demasiado. Los atrapa con sus ramas y luego de triturar sus huesos
con ellas extiende raíces hasta los cuerpos de sus víctimas absorbiendo sus
fluidos. Cuando ustedes deforestaron el bosque los animales de los que se
alimentaba el holderon se alejaron o fueron cazados por ustedes mismos. Ahora
sin presas a quienes atrapar se dedica a capturar a los hombres desafortunados
que se acercan a él.
—¿Sabe dónde se encuentra este árbol así
acabamos con su maldad? —preguntó la joven.
—El árbol no es malvado, solo intenta
sobrevivir. Son ustedes los que han estado en falta, y por eso han muerto tus
amigos.
—Pero si no podemos seguir sembrando papas
muchos morirán de hambre, y con tantos hombres faltándonos esto va suceder.
La ogra meditó un poco antes de contestarle
nuevamente pero luego de varios gruñidos dijo —Te daré algo que será
solo un préstamo. Pero debes prometerme dos cosas, una es que me lo devolverás
y la segunda es que harás algo por mí, necesito que me traigas algo de ese
holderon. Si prometes esto, te ayudaré a que las papas crezcan con mayor
facilidad y mayor fuerza. Así, ninguno de tus hombres seguirá muriendo, ni por
el holderon ni por hambre.
—Prometo que hare tales cosas. —dijo
la enviada.
—Toma este anillo —ordenó la ogra
entregándole un anillo que quitó de uno de sus pegajosos dedos—.
Con esto lo que digas podrá ser entendido por el holderon. Entonces ahora que
lo llevas puesto, ve y explícale lo que ha sucedido, explícale que eres una
representante de los hombres y que están dispuestos a perdonarle si él promete
no repetir sus actos, y que a cambio ustedes no avanzarán más en el bosque
acabando con su hogar. Si el holderon acepta dejará caer una de sus ramas con
uno de sus ojos de ámbar. Debes traerme esa rama y de vuelta el anillo y yo te
ayudaré con tus papas.
—Hare lo que me ha pedido. —contestó
la joven y tras escuchar donde se encontraba el holderon se dirigió a su
encuentro.
Allí donde la ogra le había indicado moraba el
holderon. Y a los pies del árbol estaban los cuerpos de sus compañeros, decenas
de mujeres y hombres desecados hasta la muerte. La sembradora de papas pidió
disculpas por la intromisión de los hombres y le aseguró que ellos también
disculparían y olvidarían lo sucedido si el holderon terminaba con lo que
estaba haciendo, y le pidió que le notificase su decisión de terminar con todo
eso dejando caer una rama que tuviese uno de sus múltiples ojos de ámbar. El
holderon sin pensarlo mucho aceptó la propuesta y soltando una de sus ramas, la
cual permitió que la mujer recogiese, continuó con su existencia sin más. Sin
poder hacer nada más por ellos, la mujer dejo los cuerpos allí, a los pies del
holderon.
Volvió la sembradora de papas donde la ogra, tras
haber cumplido con su misión. Y habiendo entregado la rama y su anillo a la
bruja esperó las recomendaciones de la misma. La ogra tomó la rama y removió el
ojo de ámbar el cual guardó para sí misma. Pero talló la rama hasta darle la
forma de una pifilca. Un instrumento musical con un solo hueco por donde
soplar.
—Te enseñaré una canción. —dijo
la ogra.
—Pero yo no sé nada de música. —protestó
la joven.
—Eso no importará —gruñó la ogra—.
Es cuestión de ritmos, no de melodías. Aprende las frecuencias con las que
soplo y será suficiente.
La ogra sopló varias veces en la pifilca, las
suficientes hasta que la joven pudiera aprenderse la canción que era muy
sencilla. Y entonces entregó el instrumentó a la enviada por los campesinos.
—¿Y que se supone que haga con esto? —preguntó
la sembradora de papas.
—Esta canción, es la canción de la vida. Las
semillas germinarán con mayor facilidad y las plantas que estén muertas
resucitarán. Es una canción poderosa, y este es un instrumento poderoso, que ha
surgido del perdón. Sin esta pifilca tú jamás podrás ejecutar correctamente la
canción. Ten eso en mente cuando regreses con los tuyos. Ahora es tiempo de que
te vayas, aquí ya no tienes nada que hacer.
Y tras decir esto la ogra prácticamente empujó a la
mujer por fuera de su hogar.
Cuando la
sembradora de papas se volvió a encontrar con los demás agricultores, estos
estaban enfurecidos y convencidos de ir por la ogra a matarla pues pensaban que
también había devorado a su enviada. Comprendió que era mejor no explicar nada
en ese momento sobre el holderon y sobre lo que verdaderamente había sucedido.
Se limitó a decirles que la ogra nada había tenido que ver y que le había
regalado eso para que las papas brotasen con más fuerza. Los hombres no estaban
convencidos pero prefirieron poner a prueba lo que decía la mujer. Y resultó
que la ogra no había mentido y que las papas germinaban con mayor facilidad y
que no morían. Comprendieron el poder mágico de la pifilca y quedaron
maravillados.
Los
sembradores de papas pudieron trabajar más tranquilos, sin desapariciones y
produciendo cada vez más. Nadie moriría así de hambre. Pero un día sucedió lo
inevitable. Una persona encontró los cuerpos de los hombres y mujeres
desaparecidos y como el holderon había prometido no comer más gente no hizo
nada para evitar que se los llevasen. Aquellos que removieron los cuerpos no se
enteraron de que ese árbol era quien los había matado. Fueron a donde la joven
y le reclamaron que los resucitase con el poder mágico de la pifilca que podía
traer de vuelta a la vida a las plantas muertas. Pero por más que lo intentó,
no pudo hacerlo. Concluyeron que la ogra debería saber cómo traerlos de vuelta
a la vida o `por lo menos como hacer que la pifilca se hiciera más poderosa. También
insinuaron que si no quería decírselos la extorsionarían, la torturarían e
incluso la matarían. La joven supo que eso era injusto y sintiéndose presionada
reveló su secreto. La indignación de los campesinos creció aún más. Juraron
destruir al holderon y decidieron hacer más pifilcas pues quizás la unión de
varias de ellas alcanzase para resucitar a los muertos. Así, fueron donde el
holderon y podaron todas sus ramas para hacer más instrumentos musicales,
matándolo. A los hombres esto no les importó. Y cuando terminaron de tallar sus
instrumentos intentaron resucitar a los muertos con la canción que todos habían
aprendido y sus nuevas pifilcas. Pero nada sucedió y no importó cuanto lo
intentasen tampoco las plantas volvieron a la vida ni las semillas germinaron más
rápido. El poder de todas las pifilcas se había extinguido junto con la vida
del holderon.
Los hombres
jamás aprendieron el valor del perdón, ni la importancia de continuar con lo
que se tiene. Pues están condenados a desear lo que alguna vez tuvieron y
quienes alguna vez los acompañaron sin valorar lo que poseen ahora. Lo que el
perdón da, el rencor lo destruye.
Los
sembradores de papas eventualmente continuaron con sus vidas, sus muertos jamás
regresaron y ninguno lamentó la muerte de holderon. Ninguno excepto uno,
aquella muchacha que lo había perdonado, la única agradecida.
Fin.
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