miércoles, 25 de diciembre de 2019

01 - Hongo

            El tabernero era un hombre de pocas palabras, con una barba desprolija, de color castaño claro, casi rojiza. No era muy alto pero sí bastante fornido. Ya había pasado los cincuenta años y era, en el pueblo, un joven entre los ancianos. Era un hombre de aquellos que lo habían visto todo y vivido todo, con extrañas afinidades como coleccionar sombreros o comer galletitas de coco, muy difíciles de conseguir por allí. Pero sobre todo un hombre que lo había visto todo. No obstante nada lo había preparado para lo que iba a ver aquella noche. La puerta de la taberna se abrió de par en par principalmente porque había pasado justo una fuerte corriente de aire. Pero había del otro lado alguien, un extraño caballero vestido de color café. Al principio nadie le prestó atención.

            —¡Perdón! Disculpen no era mi intención. –dijo el extraño caballero con una voz aguda, cerrando la puerta delicadamente.

            Se dirigió hacia la barra y al pasar las personas lo fueron notando y enmudeciendo. Para empezar estaba claro que eso no era humano. Si bien era tan alto como un hombre su piel, o lo que fuera, era de color pardo. No poseía cabello de  ningún tipo, ni barba, ni cejas, ni pestañas. No tenía nariz pero si dos ojos muy redondos y una pequeñísima boca. Su cabeza era de lo más extraña y crecía de forma exagerada de su frente hacia arriba como si llevase un sombrero. Aquellos que vieron sus pies notaron unas poco usuales alpargatas peludas y muy grandes. Se movía de una forma extraña, como si no poseyese huesos y su caminar fuera más una tosca imitación del andar del hombre promedio. Su pantalón claramente no era de él pues era muy holgado y lo sostenía con unos tiradores. Su camisa estaba gastada y de su cinturón colgaba una bolsa, donde posiblemente llevaría su dinero y un cuchillo de campo. De uno de sus hombros colgaba un morral de tela.

            Los músicos habían dejado de tocar y la gente se encontraba en completo silencio cuando el forastero se dirigió al tabernero, que se encontraba ingiriendo apresuradamente una galletita de coco –Disculpe… —Pero enseguida se corrigió— ¡Buenas noches! Que mal educado soy. Estoy buscando cierta información…
            —¿Qué demonios eres tú? –preguntó el tabernero sacudiéndose las moronas de su barba con una mano.
            —¿A qué se refiere? —dijo intrigado el forastero.
            —¿Qué eres? —insistió el tabernero.
            —Ah, eso. Soy un hongo. —dijo con total naturalidad el forastero.
            —¿Un qué? —preguntó nuevamente el tabernero boquiabierto.
            —Un hongo. —respondió nuevamente el forastero, tan tranquilo como antes.
            —Ahh. ¿Y que lo trae por aquí?
            —Estoy buscando a… —pero sería nuevamente interrumpido.
            —¿Usted se refiere a un hongo, hongo? ¿Cómo una planta?
            —No —dijo el forastero levantando el dedo índice de su mano derecha, aunque en realidad solo tenía cuatro dedos en esa mano y es discutible si se tratase del índice o si poseía alguna otra denominación—. Es un error muy común. Los hongos no somos plantas.
            —¿Ah sí?
            —Por supuesto. Existen muchas diferencias. —señaló el hongo.
            —¿Cómo cuáles?
            —Bueno las plantas por lo general necesitan agua y luz solar, en cantidades diferentes según su especie. A nosotros los hongos, los ambientes húmedos nos favorecen pero la luz solar no tanto, muchos de nosotros ni siquiera la necesitamos, como las trufas y…
            —Ahh –el tabernero estaba perplejo—. ¿Gusta? —dijo el hombre ofreciendo una de sus galletas de coco que se encontraban en una bandeja de madera de roble negro, algo que nunca hacía, claro que no era muy común conocer a un hongo que hablase.
            —Oh muchas gracias —dijo el hongo que volteó la bandeja desparramando las galletas sobre la barra para luego tragársela, la bandeja no las galletas —. Un exquisito trozo de madera. Yo le estaba diciendo que me encuentro en una búsqueda.
            —¿Y usted como se llama? –preguntó el tabernero organizado nuevamente las galletitas de coco.
            —Bueno, en realidad no poseo nombre. Nadie me ha dado uno todavía. –explicó amablemente el hongo con su voz aguda mientras seguía siendo interrumpido.
            —¿Qué le parece “cabeza de sombrero? —sugirió el hombre—A mí me gustan los sombreros.
            —¿Usted cree? —dijo el hongo.
            A todo esto el único elfo que se encontraba en la taberna y que además los estaba escuchando interrumpió sonriendo –Virio odourut, que sería cabeza de sombrero en elfo. Quizás así suene más bonito.
            —Viridrut… —dijo pensativo el hongo.
            —Sí, Viridrut suena bien. —intervino el tabernero nuevamente.
            El elfo intentó corregirlos –Virio odourut.
            —Eso Viridrut está bien, es un buen nombre. ¿Qué se le ofrece señor Viridrut?
            El elfo insistió –Virio odou…
            —Viridrut me gusta. –dijo el hongo alegremente y elfo ya no insistió.
            Tras esto uno de los hombres que se encontraba bebiendo y gozaba de una sana y muy bien desarrollada xenofobia combinada una buena sazón de superticismo se levantó de su silla desenfundando su espada y arrojándose sobre Viridrut al grito de —¡Muere hongo del averno! –y lo atravesó valientemente por la espalda con su espada oxidada.

            Viridrut se quedó quieto sin hacer nada, al parecer ni le había dolido. Volteó a mirar al hombre y algo enojado dijo —¡Pero, no me rompas los esporangios!
—¿Los qué? preguntó el  hombre de la espada que en la última votación del pueblo había elegido al más acaudalado pues como ese tenía ya dinero no iba a robar.
—Los esporangios hombre, investigue. contestó ya enfadado el hongo.

A todo esto el elfo desenfundó un cuchillo que llevaba en su cinturón y apoyando el filo del mismo en el cuello del agresor le sugirió –Más te conviene alejarte.

El hombre aceptó el consejo sobre todo al ver que al hongo no le había hecho nada. Se retiró murmurando sandeces respecto a los hongos que regalaban su trabajo y por eso estaba obligado a beber todas las noches desatendiendo sus responsabilidades como padre y algo respecto a su equipo deportivo regional.

—Muchas gracias dijo Viridrut—. Eso ha sido muy gentil.
—De nada. Mi nombre es Izhá. Usted estaba diciendo algo respecto a una búsqueda. –El elfo se presentó mientras se sentaba nuevamente en donde antes se encontraba.
—Sí, estoy buscando a mis hermanos y hermanas. Deseaba saber si han visto a alguno de ellos.
El tabernero se emprolijó la barba con una mano y contestó No, puedo asegurarle que jamás en mi vida había visto algo similar a usted  y por la reacción de asombro de todos los presentes asumo que tampoco ellos.
Izhá también contestó —He de admitir que en mi longeva vida yo tampoco había visto algo similar a su persona.
—Entiendo. —dijo decepcionado el hongo.
—Mi consejo es amigo, que visite a Uruduntis —le recomendó el tabernero—. Si hay alguien en este pueblo que sepa dónde están los suyos es Uruduntis.
Izhá sonrió —No estará usted hablando en serio. No él.
—Por supuesto que estoy hablando en serio —dijo reafirmándose el tabernero—. Estoy hablando muy enserio.
—¿Conoce usted a Uruduntis? —preguntó Viridrurt al elfo.
—Si lo conozco pero realmente no creo que sea buena idea. —dijo el elfo buscando escaparse de todo compromiso.
—Deseo encontrar a mis hermanos y estoy decidido a entregarlo todo por ello, si este tal Uruduntis es mi única opción he de encontrarme con él. Si usted fuera tan amable de decirme dónde encontrarlo le estaría  muy agradecido. —dijo Viridrurt inclinándose ante el elfo.
Izhá refunfuñó algo reacio pero luego contestó —Uruduntis vive en el bosque, es un clérigo ermitaño. Un ermitaño muy social. Si le indicase como llegar se perdería. Además podría ser asaltado por el atracador del bosque y eso es muy peligroso. Me siento obligado a acompañarlo señor Viridrurt. No queda lejos de aquí.
—Es usted muy gentil nuevamente —señaló alegremente el hongo pero luego de meditar un momento agregó —. Un ermitaño muy sociable.
—Es difícil de explicar. –—aclaro Izhá.

            Tal y como había dicho el elfo la vivienda de Uruduntis el ermitaño no se encontraba lejos de aquel pueblo.  A lo lejos vieron como salía humo por la chimenea de la choza y asumieron que se encontraría dentro. La vivienda había sido construida en piedra pero por alguna razón el techo era de tejas anaranjadas, donde crecían diferentes hierbas. Afuera se encontraban varias señales con inscripciones que el hongo no supo leer y un altar a la diosa luna que él tampoco reconoció. Llamaron golpeando a la puerta la cual inmediatamente se abrió, casi como si el ermitaño los estuviera esperando.

            —Bienvenidos forasteros ¿Qué es lo que los trae por aquí? —preguntó el hombre que vestía de violeta y tenía una larga barba de un negro intenso, pues era un hombre bastante joven aun.
            Viridrut sonrió y amablemente contestó –Hola, algunos me llaman Viridrut y él es Izhá, quien me ha acompañado amablemente hasta aquí. He llegado en búsqueda de su consejo y ayuda. Algunos pueblerinos me han recomendado tener una cita con usted.
            —¿Algunos pueblerinos? —preguntó Uruduntis—. ¿Solo algunos?
            —Muchos. —corrigió Viridrut.
            —¿Muchos? ¿Realmente?
            —Sí. —contestó seguro el hongo.
            —¿Cuántos?
            Viridrut lo meditó un segundo y luego contestó –Uno.
            —Mmm… —murmuró Uruduntis.
            —¡Mmm! —repitió con entusiasmo el hongo.
            —¿Mmm? —dijo el elfo encogiéndose de hombros.
            —La competencia es durísima, tendré que invertir más en publicidad. No se queden allí, hombres, pasen… bueno no hombres más bien. —dijo el ermitaño invitándolos a pasar.

            Uruduntis compartía la choza con un gato montés de gran tamaño y de pelaje atigrado y pardo. Tan pronto como vio a Viridrut el gato se asustó y bufó con todos sus pelos erizados mientras encorvaba su lomo.
            —Al parecer no le agrado a su animal de compañía. —dijo algo decepcionado el hongo.
            —No se lo tome como algo personal. Me imagino que usted ha llegado hasta aquí en búsqueda de los suyos. —Uruduntis estaba de espalda a ellos escarbando entre los cajones de un mueble.
            Viridrut estaba sorprendido de que el ermitaño supiera de sus hermanos sin que el siquiera los hubiera mencionado —Veo que no he venido al lugar equivocado usted es realmente un sabio.
            —Por lo menos alguien respeta mi trabajo. —exclamó Uruduntis mirando desafiantemente a Izhá.
            —No empieces con eso nuevamente clérigo. Mira, si alguna vez te he ofendido me disculpo. —contestó inclinándose el elfo.
            —¿Pero es que ustedes se conocen?
            —Por supuesto que conozco a Izhá. Él siempre ha desprestigiado mi trabajo, subestimado mis habilidades y hablado mal a mis espaldas.
            —Jamás he hablado mal a tus espaldas, más bien lo he hecho frente a tu rostro —contestó el elfo—. Pero cualquier disputa que hayamos tenido dejémosla de lado así puedes ayudar a este señor. Y si acaso tuviera algún costo esta consulta, será por mi cuenta.
            —Este es un trabajo que hare gratis. Pues estoy particularmente interesado en este asunto —dijo el clérigo frunciendo el ceño—. Vera usted señor Viridrut, no sé si está familiarizado con mis capacidades.
            —Pues a decir verdad no lo estoy. —contestó el hongo.
            —Soy un clérigo de la luna, y como tal gracias a prácticas rituales tengo acceso a ciertas cuestiones que un humano normal no tendría. Los sacerdotes lunares somos buenos para sanar la mente, entre otras cosas y yo en particular soy capaz de interpretar sueños y leer la mente de aquellos que se encuentran dormidos.
            —Aja. —dijo sarcásticamente el elfo.
            —Todo lo que digo es cierto, el punto es que suelo practicar con mi gato la lectura de mentes. Y él ha sido testigo del nacimiento de tus hermanos —Uruduntis miró fijamente al hongo, intentando generar tensión—. Y de tí.
            —Pues no tengo mucho recuerdo de eso.
            El clérigo se sentó en un sillón y luego se levantó nuevamente y luego se volvió a sentar y mirando al techo comenzó con su relato —Todo comenzó hace dos meses cuando tres grandes magos elfos estaban practicando con su magia…
            —¿Eso fue antes o después de que te echaran por estar espiando? —preguntó el elfo.
            Uruduntis torció su boca —No estaba espiando y fue antes, aunque inmediatamente  después me expulsaron de esa parte del bosque.
            —¿Entonces enviaste a tu gato a espiar? Ese es el problema contigo siempre pretendes estar metiendo la nariz en donde no debes. Toda tu lectura de mentes e interpretación de sueños no es más que una fachada para disimular que simplemente eres un chismoso. Tu vida de “ermitaño” te aburre así que recurres a estas tretas para entretenerte y saber que pasa en el pueblo, mientras que tendrías que estar meditando. Y desde que te metes en los asuntos de los elfos te has ganado una mala fama.
            —Tienes la libertad de pensar lo que quieras —contestó solemnemente el hombre y prosiguió con su relato—. Mi gato observó lo que sucedió. No pude entenderlo al principio pero lo que intentaban hacer los magos era invocar a un elemental. Un ser extradimensional que se hace corpóreo tomando a la materia que lo rodea. Estos seres son controlados por los magos porque de otra forma regresarían al lugar del que han venido. Pero estos magos ambiciosos querían más, querían traerlo a este mundo y aprisionarlo.
            —¿Qué? —preguntó intrigadísimo y algo alarmado Izhá.
            —Lo que has oído —contestó Uruduntis—. Tenían preparada su prisión cuando lo invocaron entre todos. Una tinaja de cerámica con cerrojos mágicos y cadenas de hierro para atraparlo. Quisieron llamarlo al barro para poder encerrarlo, pero algo salió mal. La criatura que invocaron era demasiado poderosa y no pudieron controlarla. Tan pronto entró en la tinaja esta estalló. Uno de los magos salió lastimado, los otros dos se asustaron y abandonaron el experimento. Los dos magos sanos recogieron los fragmentos de la fallida prisión y llevándose a su compañero herido desaparecieron. Pero mi gato se quedó. Por suerte su curiosidad hoy nos puede resultar útil. Arriba de un árbol, yaciendo entre sus ramas, se durmió. Cuando despertó, un ser extraño brotó de la tierra. Creció hasta ser más alto y más ancho que tú —dijo señalando a Viridrut—. Y tras desprenderse de la tierra se marchó al norte. Eran los albores de tu raza, los fungui. Otros dos salieron de la nada al poco tiempo y crecieron rápidamente y también se alejaron pero al este. Es muy probable que no se hayan enterado del primero, aunque han pasado meses. Mi gato regresó después y eso es todo lo que te puedo decir.
            —Gracias por la información. —dijo el fungui, pensativo.
            —De nada —contestó el clérigo—. Quisiera preguntarte algo, tú no eras ninguno de esos tres, creo que te hubiera reconocido, he grabado la memoria de mi gato en un cristal de sueños y la he estudiado con detenimiento. ¿Cómo sabes tú de tus hermanos?
            —Buena pregunta. –Los interrumpió Izhá.
            —Tras mi nacimiento, habiendo hecho los cálculos habrá sido hace cinco semanas y media. Fui capaz de caminar desde el primer momento y deambulé sin rumbo hasta una granja no muy lejos de aquí. Un granjero me adoptó, un buen hombre. Él me dio esta ropa y me contó de haber visto a otros como yo en el bosque, pero que escaparon al verlo. Supongo que por eso no me temía. Y por eso los estoy buscando ahora.
            El elfo continuó con su interrogatorio —¿Y cómo ha aprendido usted a hablar?
            —Para ser justos he notado, y digo esto sin ningún ánimo de ofenderlos, que soy más inteligente que ustedes, en pocos días aprendí el idioma del granjero y aunque pronunciar alguna palabras me cueste más que otras. Creo que mi forma, por algún motivo, ha intentado imitar a las suyas y por eso no estoy completo, Mi voz es diferente, no tengo nariz y es que no tengo pulmones tampoco, tengo ojos y puedo ver, pero creo que no reconozco lo que ustedes llaman colores, no obstante veo bien en la oscuridad. Y creo que no puedo sentir dolor, de hecho si me lastimo y me cortasen una parte en poco tiempo esta vuelve a crecer, todo está bien mientras mis pies estén bien. Por favor no le digan esto a nadie. Además hay otras cosas.
            —¿Cómo cuáles? —preguntó Uruduntis.
            —Creo que tengo poderes mágicos. Soy capaz de hacer dormir a los animales, nunca he probado con gente.
            —Magia roja. —dijo Izhá.
            —¿Y estas seguro que simplemente no eres increíblemente aburrido? —preguntó el clérigo sin ningún respeto.
            —Honestamente no sabría decirle –contestó el hongo—. ¿Pero usted me había dicho que había presenciado mi nacimiento.
            —Sí, es cierto. Quizás exageré un poco.
            —Para variar. –exclamó Izhá— ¿Reconoces a los elfos magos que invocaron a ese elemental?
            Uruduntis estaba ofendido pero igual contestó —Solo a ella. Era Radasté.
            —Creo que iré  investigar que pasó.
            —Creo que yo iré a buscar  mis hermanos en el este. —dijo el hongo.
           —Creo que voy a hacer té. —dijo el clérigo.

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