miércoles, 25 de diciembre de 2019

02 - Megaterio



            Desoyendo los consejos de Izhá, quien le había indicado claramente que lo esperase unos días hasta que regresase de su investigación, Viridrut se aventuró al bosque del este, en búsqueda de sus hermanos. Uruduntis le había ofrecido quedarse en su choza a descansar y Viridrut había esperado pacientemente durante dos días pero una fuerza que no podía explicar lo empujaba a continuar con misión. Sabía que sus hermanos se encontraban cerca, podía sentirlo, como si se comunicasen con él, en su mente. El clérigo, al ver que no podía detenerlo le sugirió ir en compañía de su gato, así si se encontraba en peligro podría enviar al animal a pedir ayuda. Viridrut aceptó.

            Era temprano todavía, apenas había amanecido y el pasto, las flores y las hojas de los arbustos de belladona estaban cubiertas por el roció que humedecía los pies de Viridrut. Al gato no parecía molestarle pero al hongo lo hacía sentir incómodo. Desde su “nacimiento” Viridrut había conocido muy poco del mundo y su falta de experiencias lo hacía ser un poco ingenuo e inocente. Observaba con detenimiento las flores y los insectos, que revoloteaban cerca de él. Supo identificar a unas moscas muy parecidas a las abejas, conocidas como moscabejas, que se alimentaban de polen. Pero también había otros, como mosquitos comunes que lo ignoraban pero acosaban al gato y unos poco simpáticos estafilínidos, escarabajos alargados del tamaño de un pulgar, que se posaban en su cara y se retiraban volando a los pocos segundos molestándolo. Los ojos de Viridrut no le permitían ver en colores pero si con gran detalle. No sabía mucho de insectos, pero decidió atrapar a uno para investigarlo. Con mucho cuidado tomó a uno de los que se detenían en su rostro para observarlo con más detalle. Intentó no lastimarlo y lo dejó caminar por su mano mientras lo miraba, finalmente el insecto se alejó volando. Había algo que lo intrigaba, los mosquitos lo ignoraban, mientras que no al gato, las moscabejas zumbaban cerca él y le caminaban por encima, y por otro lado los estafilínidos sentían curiosidad por el tanto como el sentía por ellos. Viridrut concluyó tras pensarlo un poco que los mosquitos buscaban extraer sangre del gato, y se acercaban por su calor corporal, cosa que el hongo no poseía, las moscabejas claramente se alimentaban de néctar, pero de alguna forma se interesaban en él, se preguntaba por qué, pues sabía que los hongos no producían flores. Pero los escarabajos no se alimentaban ni de flores ni de hongos, si no, lo hubiesen estado mordisqueando. Le intrigaba ¿Qué comían esos escarabajos? ¿Por qué se posaban en él al igual que las moscabejas? Se sintió algo frustrado al no poder contestar esas preguntas pero decidió continuar con su búsqueda sin tantas distracciones.

            El bosque se fue haciendo más tupido, dificultando el paso. Viridrut seguía sintiendo el llamado de sus hermanos. Algo llamó la atención del gato montés, que rugió y erizó su lomo, encorvándose. Algo se acercaba por entre los arbustos. El hongo no tuvo tiempo para reaccionar y se encontró frente a frente con un animal que jamás había conocido. Caminaba en cuatro patas y le llegaba hasta la cintura, sin dudas era más pesado que él y podría hacerle un gran daño pero no tenía las características de un depredador, no tenía dientes filosos o grandes garras pero si una pequeña trompa que usaba para arrancar hojas de los arbustos. Viridrut lo observo maravillado, pero los constantes bufidos del gato terminaron por alarmar al animal que solo estaba alimentándose. El hongo se sintió esta vez sí amenazado pues la bestia podía pasarle por encima sin mayor dificultad, así que utilizó sus poderes mágicos para dormirla. El animal se tambaleó un poco pero luego, calmadamente se recostó y comenzó a dormir. Era mejor no arriesgarse.

            El  encuentro con esa criatura lo había dejado algo perturbado. Quizás adentrarse en el bosque solo en la compañía del gato había sido una mala idea. Él, después de todo, no sería capaz de enfrentar a un animal que lo tomase por sorpresa. Sintió miedo pero aun así decidió continuar, debía encontrar a sus hermanos. Más adentro en el bosque encontró un profundo hueco que sospecho había sido escavado pues no era parte de la forma natural del terreno porque había rocas y raíces algo putrefactas alrededor del mismo. Tras una rápida inspección notó que no había huesos cosa que lo tranquilizó, pues no se trataba de un depredador. Pero la bestia que hubiera escavado tal hueco debía de ser enorme. Era tan profundo y tan alto que podía hasta caminar en él y quedar a resguardo del sol. En la parte más inmediata de la entrada el pasto había crecido por lo que consideró que la madriguera estaría abandonada desde hacía probablemente semanas, quizás incluso más. En el fondo del gran hueco había algo más que no había notado al principio, una extraña seda que lo cubría todo y que cada vez se hacía más tupida a medida que se iba adentrando en la madriguera formado un embudo. Viridrut tocó la seda intrigado aunque notó que el gato se alejaba de allí. Antes de poder darse cuenta una araña tan grade como su mano estaba caminando sobre su brazo. El fungi se quedó quieto aunque realmente no sentía miedo, no encontraba la forma de que ese animal tan pequeño resultara una amenaza. La araña lo picó reiteradas veces inyectando su veneno en cada ataque, pero a Viridrut, que era un hongo no lo afectó en lo más mínimo. Con gentileza se quitó al artrópodo de encima y lo separó del gato porque intuyó, correctamente, que al menos para él sí sería una amenaza, quizás hasta mortal. Y no tardó mucho en comprobarlo, pues a varios pasos en dirección contraria de donde ellos habían llegado encontró los restos del animal que había escavado tal hoyo. Era al menos cuatro veces más grande que el que había encontrado antes, con un pelaje largo, pero sobre todo le llamó la atención las grandes garras con formas de ganchos en sus patas delanteras, con las que posiblemente hubiera escavado en la tierra y también una larga lengua, ahora llena de gusanos. Unas moscardas negras y bastante más desagradables que las moscabejas que se había encontrado antes revoloteaban alrededor del cadáver y tras observar un poco las notó salir desde dentro de la carne misma. El gato olfateó un poco a la difunta bestia, se sacudió y se alejó rápidamente escapándose de la vista del fungi. Viridrut seguía impresionado por las dimensiones del animal, erguido debería de ser más alto que un humano, y al menos debería de pesar el doble. La picadura de la araña había sido suficiente para matarlo y si embargo no había tenido ningún efecto en él. Pero la criatura de ganchudas garras no había sido la única víctima del arácnido. El gato había encontrado también el cadáver de un hombre joven. Vestido con unas botas de cuero viejas, unos pantalones de tela verdes y una camisa demasiado fina y elegante para tal combinación. Yacía boca abajo siendo devorado el también por los gusanos. Viridrut se acercó con un poco de desagrado y lo volteó, pero su cara estaba desfigurada. Decidió dejarlo allí, pasaría más tarde a enterrarlo. Se alejó de ese lugar, la araña empezaba a ponerlo nervioso.
           
                Era primavera y los árboles y los arbustos rebozaban de flores. Del suelo cubierto de pasto del bosque brotaban las flores amarillas del diente de león y otras florecillas azuladas los acompañaban de distintas hierbas. Viridrut solo podía identificar sus formas y aromas pero no su diversa gama cromática. El gato que ya se había encariñado con él se entrecruzaba en su andar pasando entre sus piernas. Paseando por el bosque se distrajo un poco hasta que el zumbido de más moscabejas llamó su atención. Allí donde sea que hubiera llegado había muchísimas más que donde las había distinguido por primera vez. A lo lejos divisó otro cadáver, pero esta vez no se trataría de otro hombre aunque estaba vestido como uno. El fungi entristeció, pues reconoció enseguida que se trataba de uno de sus hermanos quizás por eso sentía tan cerca su llamado. Se trataba de hongo más bajo que él algo regordete, si esa expresión fuera correcta en hongos. Estaba cubierto de moscabejas y gusanos. Viridrut asumió, correctamente, que esos gusanos eran las larvas de las moscabejas. Y que esos insectos en su etapa más juvenil se alimentaban de hongos, por eso los anteriores lo habían estado siguiendo. Su hermano se encontraba destrozado, le faltaban partes, como si hubiera sido atacado por algún depredador, cuando se encontraba desprevenido. Observó sus pies, con su micelio intacto, y decidió tomar su cuchillo de campo y cortarlos con la esperanza de poder rescatar algo de su hermano. Guardó los pies en su morral. No había nada que pudiera hacer por el resto, y estaba preocupado de que aquello que hubiera atacado al otro fungi regresase y tuviera que enfrentarlo.
—¡Apúrate, por favor! —Escuchó Viridrut dentro de su mente, donde fuera que se encontrase. Pero nadie había hablado–. Me estoy agotando —insistió aquella voz misteriosa que no podía escuchar—. El monstruo me tiene en su cubil.
El único monstruo en el que Viridrut podía pensar era en aquel que había encontrado muerto hace unos pocos momentos antes. Estaba intrigado respecto a quien lo estaba llamando y no sabía cómo podía comunicarse con él. Desesperado, pensó en como poder derrotar a tal bestia y lo único que se le ocurrió era la araña, la misma que había matado al otro animal. Corrió para volver hacia la cueva donde la había encontrado y la capturó con ambas manos, pues a él no podía hacerle daño. Espantó al gato para que la araña no lo matase por error y lo mandó para que informase a Uruduntis sobre donde estaba. Luego regresó en la misma dirección en la que había escuchado la voz. Se esforzó para mantener el mismo sigilo que el gato montés ejecutaba sin esfuerzo constantemente. Pero nada en aquella parte del bosque llamaba su atención. Los arboles desparramados de forma pareja no parecían acabar nunca. La grama era irregular repleta de varias hierbas y el terreno a veces se hundía y a veces se erguía. Lo único que pudo encontrar diferente era un zumbido, el de muchos insectos juntos. El fungi buscaba un cubil como el de la otra bestia, buscaba insectos, posiblemente moscabejas, pero estaban escondidos. Entre los árboles, nada podía verse. Hasta que un estafilínido Se posó en su rostro. Decidió seguir al escarabajo hasta donde volase, y lo persiguió entre los arboles hasta que dio con el cubil de la criatura, por suerte no se encontraba allí. Guardó a la araña en su morral para tenerla cerca, por si acaso, pero tener las manos libres. Dentro del cubil se sentía el zumbido de cientos de insectos y tendido en el suelo lo encontró, al hermano que lo estaba llamando. Una rápida inspección lo llevó a concluir que su hermano estaba muriendo pues estaba completamente cubierto por gusanos e insectos que se encontraban devorándolo vivo. Pero los estafilínidos solo lo cubrían a él mientras que ignoraban a Viridrut. Su hermano no poseía boca, aunque si dos grandes ojos. Su aspecto era muy diferente del suyo, estaba desnudo y su piel no era parda, sino que era blanco, rojo y verdoso y como su estuviera cubierta de escamas puntiagudas. Tenía no obstante forma humanoide al igual que él, con dos piernas, dos brazos y una cabeza. Pero era mucho más grande.
—¡Hermano! —dijo Viridrut emocionado pero preocupado a la vez— ¿Qué puedo hacer por ti?
Su hermano le contestó telepáticamente —Necesito… sol. —Y entonces Viridrut comprendió como y quien se había estado comunicando con él.
—Yo te sacaré de aquí. –dijo el hongo y tomó a su hermano para arrastrarlo por fuera de la cueva donde la luz le diera por completo.
Lo único que el otro fungi alcanzó a contestar fue —Ten cuidado con el monstruo.

Ya por fuera de la cueva, Viridrut estaba preocupado por los gusanos y los insectos que cubrían a su hermano. Retiró alguno con sus dedos pero luego notó que regresaban. No sabía cómo espantarlos pero entonces recordó a la araña en su morral, y aunque no sabía si funcionaría la liberó sobre su hermano. El experimento resultó mejor de lo que había pensado y la araña comenzó a atacar a los estafilínidos paralizándolos y envolviéndolos con su telaraña, incluso las larvas de los insectos se vieron victimas del arácnido. Los insectos adultos que podían volar se alejaron al poco tiempo, las larvas fueron otro problema. El fungi estaba lastimado, al parecer el monstruo lo había atacado y, sospechó Viridrut, por eso había quedado inmovilizado dentro de la cueva, los insectos habían llegado solos. No había tiempo para nada y la criatura que había atacado a su hermano podía regresar en cualquier momento. Escuchó el sonido de hojas agitarse. Algo se acercaba entre los arbustos. Un rugido estridente y agudo indicó la presencia de un animal imponente. Viridrut tomó a la araña y salió a su encuentro. Erguida sobre sus dos patas traseras estaba la bestia, sacando su larga lengua y moviéndola para todos lados. Su boca era demasiado pequeña y parecía incapaz de morder un pedazo de carne. Pero sus garras delanteras eran enormes, podían destrozarlo con facilidad y estaba claramente enojado aunque se movía muy despacio. Viridrut reflexionó, ese animal no podía ser un depredador, con sus garras posiblemente había escavado para crear la madriguera y refugiarse, no quería comérselo solo estaba protegiendo su hogar.  Quería salvar a su hermano, sí. Pero ¿Era justo enviar a la araña a envenenarlo? ¿Era justo enviar a la araña y arriesgar la vida de ella? Él era un ser racional pero ni la araña ni la bestia lo eran. Se sintió cruel. Porque Viridrut podría haber adoptado la forma de un humano quien sabe por qué, pero él sí tenía una conciencia. No quería matar a la bestia solo alejarla para poder estar a resguardo. Aunque no era capaz de controlarlo del todo utilizó su poder mágico para dormir a la criatura, así no tenía que matarla. Pero al parecer era inmune a esto. El animal se acercaba lentamente pero en dirección hacia ellos. Viridrut se lamentó, pero preparó a la araña, para arrojársela en un último intento desesperado. Pero algo sucedió, que salvó la vida de todos. Una melodía comenzó a sonar. Era dulce, pero atemorizante. Al fungi se le hubiera helado la sangre, si la tuviera. La bestia se sacudió, aterrada y escapó, lentamente hacia los arboles otra vez. El fungi buscó a quien lo había salvado entonando tal misteriosa canción. Izhá, el elfo, lo saludó desde lejos con una mano, mientras que en la otra sostenía una extraña flauta doble completamente enroscada.

—Gracias por salvarme, ya es la segunda vez. —dijo el fungi mientras se dirigía hacia su hermano caído.
—No lleves la cuenta “Viridrut” —contestó el elfo—. Veo que has encontrado a uno de tus hermanos.
—Sí, pero creo que está gravemente herido. Sin duda ha sido aquella bestia. He intentado dormirlo con mi magia pero esta no ha sido suficiente, por suerte tú traías la tuya.
El elfo sonrió —Esa bestia era un megaterio, son unos “gigantes perezosos”. Son inmunes, aparentemente, a tu magia roja del sueño, después de todo la pereza es lo suyo. Yo no tengo magia alguna, aunque esta flauta y la melodía correcta por suerte fue suficiente para ahuyentar al megaterio.
—Pero la araña no escapó. —dijo intrigado Viridrut.
—Pues no, es sorda. Tampoco has escapado tú. Por cierto, aléjala de mí.
—Algo de temor yo también sentí. —dijo el fungi devolviendo la araña a su morral.
—Sin duda, pero hay cosas más fuertes que la insignificante magia que puedo ejecutar, lo que sientes por tu hermano ha sido más fuerte y has podido vencer a la tonada. No te olvides de eso.
—Parece que sabes mucho de animales y el bosque, debí haber seguido tus consejos. —dijo con su voz aguda el hongo inclinándose en señal de respeto.
—Si lo hubieras hecho tu hermano posiblemente no estaría vivo. Para la próxima vez has de saber que no estás solo. Viaja siempre en compañía de los que as puedas. —señaló el elfo solemnemente.
—Prometo seguir tu consejo. Tú sin embargo viajas solo sin problemas.
—Yo soy Kento. Es diferente.
—¿Qué es eso?
—Te lo explicaré luego, ahora veamos qué podemos hacer por tu hermano.
El otro fungi, que todavía no podía levantarse, se comunicó telepáticamente con su pardo hermano y le preguntó —He escuchado que te ha llamado Viridrut ¿Es ese tu nombre?
—Sí. —contestó—. ¿Tienes tú acaso algún nombre?
—Mi nombre es Licken. Tú puedes escucharme pero no aquel elfo. Dile que gracias.
Viridrut se dirigió a Izhá y le contó sobre su hermano —Él es Licken me ha dicho que te de las gracias. Al parecer puede transmitir su voz hacia mi mente pero no hacia la tuya. No tiene boca, pero es capaz de alimentarse de la luz del sol.
—Él no, pero las algas de su cuerpo sí. Las mismas algas que están comiendo esos gusanos. Debemos sacárselos pronto. Lo mejor será llevarlo con Uruduntis. Allí podre tratarlo. No te preocupes, tu hermano estará bien. –Izhá intentaba tranquilizar al explorador solitario.
—Al menos él podrá salvarse. —dijo el hongo.
—¿A qué te refieres? ¿Quién no se ha salvado?
—Otro de mis hermanos ha muerto, creo que en manos de este megaterio. Pero la araña se ha cobrado la vida de otro de esos animales y un desgraciado hombre, sus cuerpos no están lejos de aquí. —Viridrut señaló el lugar donde había encontrado lo cuerpos.
—Iré a investigar. —Y tras decir esto el elfo desapareció sigilosamente.
Licken intentó comunicarse nuevamente con su hermano —Quien mató a Porus, el otro de los nuestros, no fue esta bestia sino la que encontraste muerta. El hombre, muerto, la controlaba. Envió al monstruo por nosotros, yo era más fuerte que mi hermano. Yo pude sobrevivir. No pude hacer nada por Porus. —se lamentó.
—No es tu culpa. Pero ¿Por qué los atacó el hombre?
—No sé, creo que algo escondía. Estoy cansado…
—Descansa hermano Licken cuando Izhá regrese te llevaremos con un amigo para que sanes.
Licken ya no contestó. Viridrut esperaba impaciente el regreso del elfo. Pero Izhá no se hizo desear y reapareció agitado pero sonriendo, al parecer traía buenas noticias —He estado donde me has dicho. Aquel hombre muerto resultó ser un ladrón y en la cueva del megaterio había escondido un tesoro. Como es que controlaba a esa bestia para que no lo atacase no lo sé, pero la araña entró a la cueva, no la vieron y los mató. Conozco a ese hombre y déjame decirte que lamento más la muerte del megaterio que la de ese criminal —Izhá arrojó una bolsa de tela repleta de monedas—. Has dado con un ladrón y su tesoro, puedes regresarlo al pueblo y reclamar una parte. Al menos problemas de dinero no tendrás.
Viridrut seguía intrigado —¿Cómo sabes tanto?
—Ya te he dicho, soy un Kento —repitió el elfo—. Los Kento somos muchas cosas, podrías entendernos como cazadores de elfos, como agentes de la ley entre nuestras tribus. Trabajamos también para humanos cuando sus hombres no son capaces de resolver sus problemas. Los elfos tenemos fama de ser imparciales. Hacía rato estaban buscando a este hombre.
—Creo que empiezo a entender muchas cosas. —dijo el fungi, algo entusiasmado—. Por eso llevas ese extraño instrumento.
Izhá sonrió aún más —Es que estas obsesionado con mi sirinmulú. Está fabricado con los cuernos de un siervo que habita solo en unas montañas muy al este de aquí. Solo se fabrica con los restos de los animales que se encuentran en el camino de las montañas y jamás matando a uno. Dicen que si no fuera así el instrumento perdería todo su poder. Si quieres puedo enseñarte a tocarlo.
—No tengo pulmones. —explicó el hongo.

Izhá estaba algo decepcionado —Entonces mejor te consigo un tambor.



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