Desoyendo los consejos de Izhá,
quien le había indicado claramente que lo esperase unos días hasta que
regresase de su investigación, Viridrut se aventuró al bosque del este, en
búsqueda de sus hermanos. Uruduntis le había ofrecido quedarse en su choza a
descansar y Viridrut había esperado pacientemente durante dos días pero una
fuerza que no podía explicar lo empujaba a continuar con misión. Sabía que sus
hermanos se encontraban cerca, podía sentirlo, como si se comunicasen con él,
en su mente. El clérigo, al ver que no podía detenerlo le sugirió ir en
compañía de su gato, así si se encontraba en peligro podría enviar al animal a
pedir ayuda. Viridrut aceptó.
Era temprano todavía, apenas había
amanecido y el pasto, las flores y las hojas de los arbustos de belladona estaban
cubiertas por el roció que humedecía los pies de Viridrut. Al gato no parecía
molestarle pero al hongo lo hacía sentir incómodo. Desde su “nacimiento”
Viridrut había conocido muy poco del mundo y su falta de experiencias lo hacía
ser un poco ingenuo e inocente. Observaba con detenimiento las flores y los
insectos, que revoloteaban cerca de él. Supo identificar a unas moscas muy
parecidas a las abejas, conocidas como moscabejas, que se alimentaban de polen.
Pero también había otros, como mosquitos comunes que lo ignoraban pero acosaban
al gato y unos poco simpáticos estafilínidos, escarabajos alargados del tamaño
de un pulgar, que se posaban en su cara y se retiraban volando a los pocos
segundos molestándolo. Los ojos de Viridrut no le permitían ver en colores pero
si con gran detalle. No sabía mucho de insectos, pero decidió atrapar a uno
para investigarlo. Con mucho cuidado tomó a uno de los que se detenían en su
rostro para observarlo con más detalle. Intentó no lastimarlo y lo dejó caminar
por su mano mientras lo miraba, finalmente el insecto se alejó volando. Había
algo que lo intrigaba, los mosquitos lo ignoraban, mientras que no al gato, las
moscabejas zumbaban cerca él y le caminaban por encima, y por otro lado los
estafilínidos sentían curiosidad por el tanto como el sentía por ellos.
Viridrut concluyó tras pensarlo un poco que los mosquitos buscaban extraer
sangre del gato, y se acercaban por su calor corporal, cosa que el hongo no
poseía, las moscabejas claramente se alimentaban de néctar, pero de alguna
forma se interesaban en él, se preguntaba por qué, pues sabía que los hongos no
producían flores. Pero los escarabajos no se alimentaban ni de flores ni de
hongos, si no, lo hubiesen estado mordisqueando. Le intrigaba ¿Qué comían esos
escarabajos? ¿Por qué se posaban en él al igual que las moscabejas? Se sintió
algo frustrado al no poder contestar esas preguntas pero decidió continuar con
su búsqueda sin tantas distracciones.
El bosque se fue haciendo más tupido,
dificultando el paso. Viridrut seguía sintiendo el llamado de sus hermanos. Algo
llamó la atención del gato montés, que rugió y erizó su lomo, encorvándose.
Algo se acercaba por entre los arbustos. El hongo no tuvo tiempo para
reaccionar y se encontró frente a frente con un animal que jamás había
conocido. Caminaba en cuatro patas y le llegaba hasta la cintura, sin dudas era
más pesado que él y podría hacerle un gran daño pero no tenía las
características de un depredador, no tenía dientes filosos o grandes garras
pero si una pequeña trompa que usaba para arrancar hojas de los arbustos. Viridrut
lo observo maravillado, pero los constantes bufidos del gato terminaron por
alarmar al animal que solo estaba alimentándose. El hongo se sintió esta vez sí
amenazado pues la bestia podía pasarle por encima sin mayor dificultad, así que
utilizó sus poderes mágicos para dormirla. El animal se tambaleó un poco pero
luego, calmadamente se recostó y comenzó a dormir. Era mejor no arriesgarse.
El
encuentro con esa criatura lo había dejado algo perturbado. Quizás
adentrarse en el bosque solo en la compañía del gato había sido una mala idea.
Él, después de todo, no sería capaz de enfrentar a un animal que lo tomase por
sorpresa. Sintió miedo pero aun así decidió continuar, debía encontrar a sus
hermanos. Más adentro en el bosque encontró un profundo hueco que sospecho había
sido escavado pues no era parte de la forma natural del terreno porque había
rocas y raíces algo putrefactas alrededor del mismo. Tras una rápida inspección
notó que no había huesos cosa que lo tranquilizó, pues no se trataba de un
depredador. Pero la bestia que hubiera escavado tal hueco debía de ser enorme.
Era tan profundo y tan alto que podía hasta caminar en él y quedar a resguardo
del sol. En la parte más inmediata de la entrada el pasto había crecido por lo
que consideró que la madriguera estaría abandonada desde hacía probablemente
semanas, quizás incluso más. En el fondo del gran hueco había algo más que no
había notado al principio, una extraña seda que lo cubría todo y que cada vez
se hacía más tupida a medida que se iba adentrando en la madriguera formado un
embudo. Viridrut tocó la seda intrigado aunque notó que el gato se alejaba de
allí. Antes de poder darse cuenta una araña tan grade como su mano estaba
caminando sobre su brazo. El fungi se quedó quieto aunque realmente no sentía
miedo, no encontraba la forma de que ese animal tan pequeño resultara una
amenaza. La araña lo picó reiteradas veces inyectando su veneno en cada ataque,
pero a Viridrut, que era un hongo no lo afectó en lo más mínimo. Con gentileza
se quitó al artrópodo de encima y lo separó del gato porque intuyó,
correctamente, que al menos para él sí sería una amenaza, quizás hasta mortal.
Y no tardó mucho en comprobarlo, pues a varios pasos en dirección contraria de
donde ellos habían llegado encontró los restos del animal que había escavado
tal hoyo. Era al menos cuatro veces más grande que el que había encontrado
antes, con un pelaje largo, pero sobre todo le llamó la atención las grandes
garras con formas de ganchos en sus patas delanteras, con las que posiblemente
hubiera escavado en la tierra y también una larga lengua, ahora llena de
gusanos. Unas moscardas negras y bastante más desagradables que las moscabejas
que se había encontrado antes revoloteaban alrededor del cadáver y tras
observar un poco las notó salir desde dentro de la carne misma. El gato olfateó
un poco a la difunta bestia, se sacudió y se alejó rápidamente escapándose de
la vista del fungi. Viridrut seguía impresionado por las dimensiones del
animal, erguido debería de ser más alto que un humano, y al menos debería de
pesar el doble. La picadura de la araña había sido suficiente para matarlo y si
embargo no había tenido ningún efecto en él. Pero la criatura de ganchudas
garras no había sido la única víctima del arácnido. El gato había encontrado
también el cadáver de un hombre joven. Vestido con unas botas de cuero viejas,
unos pantalones de tela verdes y una camisa demasiado fina y elegante para tal combinación.
Yacía boca abajo siendo devorado el también por los gusanos. Viridrut se acercó
con un poco de desagrado y lo volteó, pero su cara estaba desfigurada. Decidió
dejarlo allí, pasaría más tarde a enterrarlo. Se alejó de ese lugar, la araña
empezaba a ponerlo nervioso.
Era
primavera y los árboles y los arbustos rebozaban de flores. Del suelo cubierto
de pasto del bosque brotaban las flores amarillas del diente de león y otras
florecillas azuladas los acompañaban de distintas hierbas. Viridrut solo podía
identificar sus formas y aromas pero no su diversa gama cromática. El gato que
ya se había encariñado con él se entrecruzaba en su andar pasando entre sus
piernas. Paseando por el bosque se distrajo un poco hasta que el zumbido de más
moscabejas llamó su atención. Allí donde sea que hubiera llegado había
muchísimas más que donde las había distinguido por primera vez. A lo lejos
divisó otro cadáver, pero esta vez no se trataría de otro hombre aunque estaba
vestido como uno. El fungi entristeció, pues reconoció enseguida que se trataba
de uno de sus hermanos quizás por eso sentía tan cerca su llamado. Se trataba
de hongo más bajo que él algo regordete, si esa expresión fuera correcta en
hongos. Estaba cubierto de moscabejas y gusanos. Viridrut asumió,
correctamente, que esos gusanos eran las larvas de las moscabejas. Y que esos
insectos en su etapa más juvenil se alimentaban de hongos, por eso los
anteriores lo habían estado siguiendo. Su hermano se encontraba destrozado, le
faltaban partes, como si hubiera sido atacado por algún depredador, cuando se
encontraba desprevenido. Observó sus pies, con su micelio intacto, y decidió
tomar su cuchillo de campo y cortarlos con la esperanza de poder rescatar algo
de su hermano. Guardó los pies en su morral. No había nada que pudiera hacer
por el resto, y estaba preocupado de que aquello que hubiera atacado al otro fungi
regresase y tuviera que enfrentarlo.
—¡Apúrate,
por favor! —Escuchó Viridrut dentro de su mente, donde fuera que se encontrase.
Pero nadie había hablado–. Me estoy agotando —insistió aquella voz misteriosa
que no podía escuchar—. El monstruo me tiene en su cubil.
El
único monstruo en el que Viridrut podía pensar era en aquel que había
encontrado muerto hace unos pocos momentos antes. Estaba intrigado respecto a
quien lo estaba llamando y no sabía cómo podía comunicarse con él. Desesperado,
pensó en como poder derrotar a tal bestia y lo único que se le ocurrió era la
araña, la misma que había matado al otro animal. Corrió para volver hacia la
cueva donde la había encontrado y la capturó con ambas manos, pues a él no
podía hacerle daño. Espantó al gato para que la araña no lo matase por error y
lo mandó para que informase a Uruduntis sobre donde estaba. Luego regresó en la
misma dirección en la que había escuchado la voz. Se esforzó para mantener el
mismo sigilo que el gato montés ejecutaba sin esfuerzo constantemente. Pero
nada en aquella parte del bosque llamaba su atención. Los arboles desparramados
de forma pareja no parecían acabar nunca. La grama era irregular repleta de
varias hierbas y el terreno a veces se hundía y a veces se erguía. Lo único que
pudo encontrar diferente era un zumbido, el de muchos insectos juntos. El fungi
buscaba un cubil como el de la otra bestia, buscaba insectos, posiblemente
moscabejas, pero estaban escondidos. Entre los árboles, nada podía verse. Hasta
que un estafilínido Se posó en su rostro. Decidió seguir al escarabajo hasta
donde volase, y lo persiguió entre los arboles hasta que dio con el cubil de la
criatura, por suerte no se encontraba allí. Guardó a la araña en su morral para
tenerla cerca, por si acaso, pero tener las manos libres. Dentro del cubil se
sentía el zumbido de cientos de insectos y tendido en el suelo lo encontró, al
hermano que lo estaba llamando. Una rápida inspección lo llevó a concluir que
su hermano estaba muriendo pues estaba completamente cubierto por gusanos e
insectos que se encontraban devorándolo vivo. Pero los estafilínidos solo lo
cubrían a él mientras que ignoraban a Viridrut. Su hermano no poseía boca,
aunque si dos grandes ojos. Su aspecto era muy diferente del suyo, estaba
desnudo y su piel no era parda, sino que era blanco, rojo y verdoso y como su
estuviera cubierta de escamas puntiagudas. Tenía no obstante forma humanoide al
igual que él, con dos piernas, dos brazos y una cabeza. Pero era mucho más
grande.
—¡Hermano! —dijo Viridrut emocionado
pero preocupado a la vez— ¿Qué puedo hacer por ti?
Su hermano le contestó telepáticamente —Necesito…
sol. —Y entonces Viridrut comprendió como y quien se había estado comunicando
con él.
—Yo te sacaré de aquí. –dijo el hongo y
tomó a su hermano para arrastrarlo por fuera de la cueva donde la luz le diera
por completo.
Lo único que el otro fungi alcanzó a contestar
fue —Ten cuidado con el monstruo.
Ya por fuera de la cueva, Viridrut
estaba preocupado por los gusanos y los insectos que cubrían a su hermano.
Retiró alguno con sus dedos pero luego notó que regresaban. No sabía cómo
espantarlos pero entonces recordó a la araña en su morral, y aunque no sabía si
funcionaría la liberó sobre su hermano. El experimento resultó mejor de lo que
había pensado y la araña comenzó a atacar a los estafilínidos paralizándolos y
envolviéndolos con su telaraña, incluso las larvas de los insectos se vieron
victimas del arácnido. Los insectos adultos que podían volar se alejaron al
poco tiempo, las larvas fueron otro problema. El fungi estaba lastimado, al
parecer el monstruo lo había atacado y, sospechó Viridrut, por eso había
quedado inmovilizado dentro de la cueva, los insectos habían llegado solos. No
había tiempo para nada y la criatura que había atacado a su hermano podía
regresar en cualquier momento. Escuchó el sonido de hojas agitarse. Algo se
acercaba entre los arbustos. Un rugido estridente y agudo indicó la presencia
de un animal imponente. Viridrut tomó a la araña y salió a su encuentro.
Erguida sobre sus dos patas traseras estaba la bestia, sacando su larga lengua
y moviéndola para todos lados. Su boca era demasiado pequeña y parecía incapaz
de morder un pedazo de carne. Pero sus garras delanteras eran enormes, podían
destrozarlo con facilidad y estaba claramente enojado aunque se movía muy
despacio. Viridrut reflexionó, ese animal no podía ser un depredador, con sus
garras posiblemente había escavado para crear la madriguera y refugiarse, no
quería comérselo solo estaba protegiendo su hogar. Quería salvar a su hermano, sí. Pero ¿Era
justo enviar a la araña a envenenarlo? ¿Era justo enviar a la araña y arriesgar
la vida de ella? Él era un ser racional pero ni la araña ni la bestia lo eran.
Se sintió cruel. Porque Viridrut podría haber adoptado la forma de un humano
quien sabe por qué, pero él sí tenía una conciencia. No quería matar a la
bestia solo alejarla para poder estar a resguardo. Aunque no era capaz de
controlarlo del todo utilizó su poder mágico para dormir a la criatura, así no tenía
que matarla. Pero al parecer era inmune a esto. El animal se acercaba
lentamente pero en dirección hacia ellos. Viridrut se lamentó, pero preparó a
la araña, para arrojársela en un último intento desesperado. Pero algo sucedió,
que salvó la vida de todos. Una melodía comenzó a sonar. Era dulce, pero
atemorizante. Al fungi se le hubiera helado la sangre, si la tuviera. La bestia
se sacudió, aterrada y escapó, lentamente hacia los arboles otra vez. El fungi
buscó a quien lo había salvado entonando tal misteriosa canción. Izhá, el elfo,
lo saludó desde lejos con una mano, mientras que en la otra sostenía una
extraña flauta doble completamente enroscada.
—Gracias por salvarme, ya es la segunda
vez. —dijo el fungi mientras se dirigía hacia su hermano caído.
—No lleves la cuenta “Viridrut” —contestó
el elfo—. Veo que has encontrado a uno de tus hermanos.
—Sí, pero creo que está gravemente
herido. Sin duda ha sido aquella bestia. He intentado dormirlo con mi magia
pero esta no ha sido suficiente, por suerte tú traías la tuya.
El elfo sonrió —Esa bestia era un
megaterio, son unos “gigantes perezosos”. Son inmunes, aparentemente, a tu
magia roja del sueño, después de todo la pereza es lo suyo. Yo no tengo magia
alguna, aunque esta flauta y la melodía correcta por suerte fue suficiente para
ahuyentar al megaterio.
—Pero la araña no escapó. —dijo
intrigado Viridrut.
—Pues no, es sorda. Tampoco has escapado
tú. Por cierto, aléjala de mí.
—Algo de temor yo también sentí. —dijo
el fungi devolviendo la araña a su morral.
—Sin duda, pero hay cosas más fuertes
que la insignificante magia que puedo ejecutar, lo que sientes por tu hermano
ha sido más fuerte y has podido vencer a la tonada. No te olvides de eso.
—Parece que sabes mucho de animales y el
bosque, debí haber seguido tus consejos. —dijo con su voz aguda el hongo
inclinándose en señal de respeto.
—Si lo hubieras hecho tu hermano posiblemente
no estaría vivo. Para la próxima vez has de saber que no estás solo. Viaja
siempre en compañía de los que as puedas. —señaló el elfo solemnemente.
—Prometo seguir tu consejo. Tú sin embargo
viajas solo sin problemas.
—Yo soy Kento. Es diferente.
—¿Qué es eso?
—Te lo explicaré luego, ahora veamos qué
podemos hacer por tu hermano.
El otro fungi, que todavía no podía
levantarse, se comunicó telepáticamente con su pardo hermano y le preguntó —He
escuchado que te ha llamado Viridrut ¿Es ese tu nombre?
—Sí. —contestó—. ¿Tienes tú acaso algún
nombre?
—Mi nombre es Licken. Tú puedes
escucharme pero no aquel elfo. Dile que gracias.
Viridrut se dirigió a Izhá y le contó
sobre su hermano —Él es Licken me ha dicho que te de las gracias. Al parecer
puede transmitir su voz hacia mi mente pero no hacia la tuya. No tiene boca,
pero es capaz de alimentarse de la luz del sol.
—Él no, pero las algas de su cuerpo sí.
Las mismas algas que están comiendo esos gusanos. Debemos sacárselos pronto. Lo
mejor será llevarlo con Uruduntis. Allí podre tratarlo. No te preocupes, tu
hermano estará bien. –Izhá intentaba tranquilizar al explorador solitario.
—Al menos él podrá salvarse. —dijo el
hongo.
—¿A qué te refieres? ¿Quién no se ha
salvado?
—Otro de mis hermanos ha muerto, creo
que en manos de este megaterio. Pero la araña se ha cobrado la vida de otro de
esos animales y un desgraciado hombre, sus cuerpos no están lejos de aquí. —Viridrut
señaló el lugar donde había encontrado lo cuerpos.
—Iré a investigar. —Y tras decir esto el
elfo desapareció sigilosamente.
Licken intentó comunicarse nuevamente
con su hermano —Quien mató a Porus, el otro de los nuestros, no fue esta bestia
sino la que encontraste muerta. El hombre, muerto, la controlaba. Envió al
monstruo por nosotros, yo era más fuerte que mi hermano. Yo pude sobrevivir. No
pude hacer nada por Porus. —se lamentó.
—No es tu culpa. Pero ¿Por qué los atacó
el hombre?
—No sé, creo que algo escondía. Estoy
cansado…
—Descansa hermano Licken cuando Izhá
regrese te llevaremos con un amigo para que sanes.
Licken ya no contestó. Viridrut esperaba
impaciente el regreso del elfo. Pero Izhá no se hizo desear y reapareció
agitado pero sonriendo, al parecer traía buenas noticias —He estado donde me
has dicho. Aquel hombre muerto resultó ser un ladrón y en la cueva del
megaterio había escondido un tesoro. Como es que controlaba a esa bestia para
que no lo atacase no lo sé, pero la araña entró a la cueva, no la vieron y los
mató. Conozco a ese hombre y déjame decirte que lamento más la muerte del
megaterio que la de ese criminal —Izhá arrojó una bolsa de tela repleta de
monedas—. Has dado con un ladrón y su tesoro, puedes regresarlo al pueblo y
reclamar una parte. Al menos problemas de dinero no tendrás.
Viridrut seguía intrigado —¿Cómo sabes
tanto?
—Ya te he dicho, soy un Kento —repitió
el elfo—. Los Kento somos muchas cosas, podrías entendernos como cazadores de
elfos, como agentes de la ley entre nuestras tribus. Trabajamos también para
humanos cuando sus hombres no son capaces de resolver sus problemas. Los elfos
tenemos fama de ser imparciales. Hacía rato estaban buscando a este hombre.
—Creo que empiezo a entender muchas
cosas. —dijo el fungi, algo entusiasmado—. Por eso llevas ese extraño instrumento.
Izhá sonrió aún más —Es que estas
obsesionado con mi sirinmulú. Está fabricado con los cuernos de un siervo que
habita solo en unas montañas muy al este de aquí. Solo se fabrica con los restos
de los animales que se encuentran en el camino de las montañas y jamás matando
a uno. Dicen que si no fuera así el instrumento perdería todo su poder. Si
quieres puedo enseñarte a tocarlo.
—No tengo pulmones. —explicó el hongo.
Izhá estaba algo decepcionado —Entonces
mejor te consigo un tambor.
Referencias
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