El tabernero era un hombre de pocas
palabras, con una barba desprolija, de color castaño claro, casi rojiza. No era
muy alto pero sí bastante fornido. Ya había pasado los cincuenta años y era, en
el pueblo, un joven entre los ancianos. Era un hombre de aquellos que lo habían
visto todo y vivido todo, con extrañas afinidades como coleccionar sombreros o
comer galletitas de coco, muy difíciles de conseguir por allí. Pero sobre todo
un hombre que lo había visto todo. No obstante nada lo había preparado para lo
que iba a ver aquella noche. La puerta de la taberna se abrió de par en par
principalmente porque había pasado justo una fuerte corriente de aire. Pero
había del otro lado alguien, un extraño caballero vestido de color café. Al
principio nadie le prestó atención.
—¡Perdón! Disculpen no era mi
intención. –dijo el extraño caballero con una voz aguda, cerrando la puerta
delicadamente.
Se dirigió hacia la barra y al pasar
las personas lo fueron notando y enmudeciendo. Para empezar estaba claro que
eso no era humano. Si bien era tan alto como un hombre su piel, o lo que fuera,
era de color pardo. No poseía cabello de
ningún tipo, ni barba, ni cejas, ni pestañas. No tenía nariz pero si dos
ojos muy redondos y una pequeñísima boca. Su cabeza era de lo más extraña y
crecía de forma exagerada de su frente hacia arriba como si llevase un
sombrero. Aquellos que vieron sus pies notaron unas poco usuales alpargatas
peludas y muy grandes. Se movía de una forma extraña, como si no poseyese huesos
y su caminar fuera más una tosca imitación del andar del hombre promedio. Su
pantalón claramente no era de él pues era muy holgado y lo sostenía con unos
tiradores. Su camisa estaba gastada y de su cinturón colgaba una bolsa, donde
posiblemente llevaría su dinero y un cuchillo de campo. De uno de sus hombros
colgaba un morral de tela.
Los músicos habían dejado de tocar y
la gente se encontraba en completo silencio cuando el forastero se dirigió al
tabernero, que se encontraba ingiriendo apresuradamente una galletita de coco
–Disculpe… —Pero enseguida se corrigió— ¡Buenas noches! Que mal educado soy.
Estoy buscando cierta información…
—¿Qué demonios eres tú? –preguntó el
tabernero sacudiéndose las moronas de su barba con una mano.
—¿A qué se refiere? —dijo intrigado
el forastero.
—¿Qué eres? —insistió el tabernero.
—Ah, eso. Soy un hongo. —dijo con
total naturalidad el forastero.
—¿Un qué? —preguntó nuevamente el
tabernero boquiabierto.
—Un hongo. —respondió nuevamente el
forastero, tan tranquilo como antes.
—Ahh. ¿Y que lo trae por aquí?
—Estoy buscando a… —pero sería
nuevamente interrumpido.
—¿Usted se refiere a un hongo,
hongo? ¿Cómo una planta?
—No —dijo el forastero levantando el
dedo índice de su mano derecha, aunque en realidad solo tenía cuatro dedos en
esa mano y es discutible si se tratase del índice o si poseía alguna otra
denominación—. Es un error muy común. Los hongos no somos plantas.
—¿Ah sí?
—Por supuesto. Existen muchas
diferencias. —señaló el hongo.
—¿Cómo cuáles?
—Bueno las plantas por lo general
necesitan agua y luz solar, en cantidades diferentes según su especie. A
nosotros los hongos, los ambientes húmedos nos favorecen pero la luz solar no
tanto, muchos de nosotros ni siquiera la necesitamos, como las trufas y…
—Ahh –el tabernero estaba perplejo—.
¿Gusta? —dijo el hombre ofreciendo una de sus galletas de coco que se
encontraban en una bandeja de madera de roble negro, algo que nunca hacía,
claro que no era muy común conocer a un hongo que hablase.
—Oh muchas gracias —dijo el hongo
que volteó la bandeja desparramando las galletas sobre la barra para luego
tragársela, la bandeja no las galletas —. Un exquisito trozo de madera. Yo le
estaba diciendo que me encuentro en una búsqueda.
—¿Y usted como se llama? –preguntó
el tabernero organizado nuevamente las galletitas de coco.
—Bueno, en realidad no poseo nombre.
Nadie me ha dado uno todavía. –explicó amablemente el hongo con su voz aguda
mientras seguía siendo interrumpido.
—¿Qué le parece “cabeza de sombrero?
—sugirió el hombre—A mí me gustan los sombreros.
—¿Usted cree? —dijo el hongo.
A todo esto el único elfo que se
encontraba en la taberna y que además los estaba escuchando interrumpió
sonriendo –Virio odourut, que sería cabeza de sombrero en elfo. Quizás así
suene más bonito.
—Viridrut… —dijo pensativo el hongo.
—Sí, Viridrut suena bien. —intervino
el tabernero nuevamente.
El elfo intentó corregirlos –Virio
odourut.
—Eso Viridrut está bien, es un buen
nombre. ¿Qué se le ofrece señor Viridrut?
El elfo insistió –Virio odou…
—Viridrut me gusta. –dijo el hongo
alegremente y elfo ya no insistió.
Tras esto uno de los hombres que se
encontraba bebiendo y gozaba de una sana y muy bien desarrollada xenofobia
combinada una buena sazón de superticismo se levantó de su silla desenfundando
su espada y arrojándose sobre Viridrut al grito de —¡Muere hongo del averno! –y
lo atravesó valientemente por la espalda con su espada oxidada.
Viridrut se quedó quieto sin hacer
nada, al parecer ni le había dolido. Volteó a mirar al hombre y algo enojado
dijo —¡Pero, no me rompas los esporangios!
—¿Los qué? —preguntó
el hombre de la espada que en la última
votación del pueblo había elegido al más acaudalado pues como ese tenía ya
dinero no iba a robar.
—Los esporangios hombre, investigue. —contestó
ya enfadado el hongo.
A todo esto el elfo desenfundó un
cuchillo que llevaba en su cinturón y apoyando el filo del mismo en el cuello del
agresor le sugirió –Más te conviene alejarte.
El hombre aceptó el consejo sobre todo
al ver que al hongo no le había hecho nada. Se retiró murmurando sandeces
respecto a los hongos que regalaban su trabajo y por eso estaba obligado a
beber todas las noches desatendiendo sus responsabilidades como padre y algo
respecto a su equipo deportivo regional.
—Muchas gracias —dijo
Viridrut—. Eso ha sido muy gentil.
—De nada. Mi nombre es Izhá. Usted
estaba diciendo algo respecto a una búsqueda. –El elfo se presentó mientras se
sentaba nuevamente en donde antes se encontraba.
—Sí, estoy buscando a mis hermanos y hermanas.
Deseaba saber si han visto a alguno de ellos.
El tabernero se emprolijó la barba con
una mano y contestó —No, puedo asegurarle que jamás en
mi vida había visto algo similar a usted
y por la reacción de asombro de todos los presentes asumo que tampoco
ellos.
Izhá también contestó —He de admitir que
en mi longeva vida yo tampoco había visto algo similar a su persona.
—Entiendo. —dijo decepcionado el hongo.
—Mi consejo es amigo, que visite a
Uruduntis —le recomendó el tabernero—. Si hay alguien en este pueblo que sepa dónde
están los suyos es Uruduntis.
Izhá sonrió —No estará usted hablando en
serio. No él.
—Por supuesto que estoy hablando en
serio —dijo reafirmándose el tabernero—. Estoy hablando muy enserio.
—¿Conoce usted a Uruduntis? —preguntó
Viridrurt al elfo.
—Si lo conozco pero realmente no creo
que sea buena idea. —dijo el elfo buscando escaparse de todo compromiso.
—Deseo encontrar a mis hermanos y estoy
decidido a entregarlo todo por ello, si este tal Uruduntis es mi única opción
he de encontrarme con él. Si usted fuera tan amable de decirme dónde
encontrarlo le estaría muy agradecido. —dijo
Viridrurt inclinándose ante el elfo.
Izhá refunfuñó algo reacio pero luego contestó
—Uruduntis vive en el bosque, es un clérigo ermitaño. Un ermitaño muy social.
Si le indicase como llegar se perdería. Además podría ser asaltado por el
atracador del bosque y eso es muy peligroso. Me siento obligado a acompañarlo
señor Viridrurt. No queda lejos de aquí.
—Es usted muy gentil nuevamente —señaló
alegremente el hongo pero luego de meditar un momento agregó —. Un ermitaño muy
sociable.
—Es difícil de explicar. –—aclaro Izhá.
Tal y como había dicho el elfo la
vivienda de Uruduntis el ermitaño no se encontraba lejos de aquel pueblo. A lo lejos vieron como salía humo por la
chimenea de la choza y asumieron que se encontraría dentro. La vivienda había
sido construida en piedra pero por alguna razón el techo era de tejas anaranjadas,
donde crecían diferentes hierbas. Afuera se encontraban varias señales con
inscripciones que el hongo no supo leer y un altar a la diosa luna que él
tampoco reconoció. Llamaron golpeando a la puerta la cual inmediatamente se
abrió, casi como si el ermitaño los estuviera esperando.
—Bienvenidos forasteros ¿Qué es lo
que los trae por aquí? —preguntó el hombre que vestía de violeta y tenía una
larga barba de un negro intenso, pues era un hombre bastante joven aun.
Viridrut sonrió y amablemente
contestó –Hola, algunos me llaman Viridrut y él es Izhá, quien me ha acompañado
amablemente hasta aquí. He llegado en búsqueda de su consejo y ayuda. Algunos
pueblerinos me han recomendado tener una cita con usted.
—¿Algunos pueblerinos? —preguntó
Uruduntis—. ¿Solo algunos?
—Muchos. —corrigió Viridrut.
—¿Muchos? ¿Realmente?
—Sí. —contestó seguro el hongo.
—¿Cuántos?
Viridrut lo meditó un segundo y
luego contestó –Uno.
—Mmm… —murmuró Uruduntis.
—¡Mmm! —repitió con entusiasmo el
hongo.
—¿Mmm? —dijo el elfo encogiéndose de
hombros.
—La competencia es durísima, tendré
que invertir más en publicidad. No se queden allí, hombres, pasen… bueno no
hombres más bien. —dijo el ermitaño invitándolos a pasar.
Uruduntis compartía la choza con un
gato montés de gran tamaño y de pelaje atigrado y pardo. Tan pronto como vio a
Viridrut el gato se asustó y bufó con todos sus pelos erizados mientras
encorvaba su lomo.
—Al parecer no le agrado a su animal
de compañía. —dijo algo decepcionado el hongo.
—No se lo tome como algo personal. Me imagino que usted ha llegado hasta aquí en búsqueda de los suyos. —Uruduntis estaba de espalda a ellos escarbando entre los cajones de un mueble.
—No se lo tome como algo personal. Me imagino que usted ha llegado hasta aquí en búsqueda de los suyos. —Uruduntis estaba de espalda a ellos escarbando entre los cajones de un mueble.
Viridrut estaba sorprendido de que
el ermitaño supiera de sus hermanos sin que el siquiera los hubiera mencionado —Veo
que no he venido al lugar equivocado usted es realmente un sabio.
—Por lo menos alguien respeta mi
trabajo. —exclamó Uruduntis mirando desafiantemente a Izhá.
—No empieces con eso nuevamente
clérigo. Mira, si alguna vez te he ofendido me disculpo. —contestó inclinándose
el elfo.
—¿Pero es que ustedes se conocen?
—Por supuesto que conozco a Izhá. Él
siempre ha desprestigiado mi trabajo, subestimado mis habilidades y hablado mal
a mis espaldas.
—Jamás he hablado mal a tus
espaldas, más bien lo he hecho frente a tu rostro —contestó el elfo—. Pero
cualquier disputa que hayamos tenido dejémosla de lado así puedes ayudar a este
señor. Y si acaso tuviera algún costo esta consulta, será por mi cuenta.
—Este es un trabajo que hare gratis.
Pues estoy particularmente interesado en este asunto —dijo el clérigo
frunciendo el ceño—. Vera usted señor Viridrut, no sé si está familiarizado con
mis capacidades.
—Pues a decir verdad no lo estoy. —contestó
el hongo.
—Soy un clérigo de la luna, y como
tal gracias a prácticas rituales tengo acceso a ciertas cuestiones que un
humano normal no tendría. Los sacerdotes lunares somos buenos para sanar la
mente, entre otras cosas y yo en particular soy capaz de interpretar sueños y
leer la mente de aquellos que se encuentran dormidos.
—Aja. —dijo sarcásticamente el elfo.
—Todo lo que digo es cierto, el
punto es que suelo practicar con mi gato la lectura de mentes. Y él ha sido
testigo del nacimiento de tus hermanos —Uruduntis miró fijamente al hongo,
intentando generar tensión—. Y de tí.
—Pues no tengo mucho recuerdo de
eso.
El clérigo se sentó en un sillón y
luego se levantó nuevamente y luego se volvió a sentar y mirando al techo
comenzó con su relato —Todo comenzó hace dos meses cuando tres grandes magos
elfos estaban practicando con su magia…
—¿Eso fue antes o después de que te echaran
por estar espiando? —preguntó el elfo.
Uruduntis torció su boca —No estaba espiando y fue antes, aunque inmediatamente después me expulsaron de esa parte del bosque.
Uruduntis torció su boca —No estaba espiando y fue antes, aunque inmediatamente después me expulsaron de esa parte del bosque.
—¿Entonces enviaste a tu gato a
espiar? Ese es el problema contigo siempre pretendes estar metiendo la nariz en
donde no debes. Toda tu lectura de mentes e interpretación de sueños no es más
que una fachada para disimular que simplemente eres un chismoso. Tu vida de
“ermitaño” te aburre así que recurres a estas tretas para entretenerte y saber
que pasa en el pueblo, mientras que tendrías que estar meditando. Y desde que
te metes en los asuntos de los elfos te has ganado una mala fama.
—Tienes la libertad de pensar lo que
quieras —contestó solemnemente el hombre y prosiguió con su relato—. Mi gato
observó lo que sucedió. No pude entenderlo al principio pero lo que intentaban
hacer los magos era invocar a un elemental. Un ser extradimensional que se hace
corpóreo tomando a la materia que lo rodea. Estos seres son controlados por los
magos porque de otra forma regresarían al lugar del que han venido. Pero estos
magos ambiciosos querían más, querían traerlo a este mundo y aprisionarlo.
—¿Qué? —preguntó intrigadísimo y
algo alarmado Izhá.
—Lo que has oído —contestó Uruduntis—.
Tenían preparada su prisión cuando lo invocaron entre todos. Una tinaja de
cerámica con cerrojos mágicos y cadenas de hierro para atraparlo. Quisieron
llamarlo al barro para poder encerrarlo, pero algo salió mal. La criatura que
invocaron era demasiado poderosa y no pudieron controlarla. Tan pronto entró en
la tinaja esta estalló. Uno de los magos salió lastimado, los otros dos se
asustaron y abandonaron el experimento. Los dos magos sanos recogieron los
fragmentos de la fallida prisión y llevándose a su compañero herido desaparecieron.
Pero mi gato se quedó. Por suerte su curiosidad hoy nos puede resultar útil.
Arriba de un árbol, yaciendo entre sus ramas, se durmió. Cuando despertó, un
ser extraño brotó de la tierra. Creció hasta ser más alto y más ancho que tú —dijo
señalando a Viridrut—. Y tras desprenderse de la tierra se marchó al norte. Eran
los albores de tu raza, los fungui. Otros dos salieron de la nada al poco
tiempo y crecieron rápidamente y también se alejaron pero al este. Es muy
probable que no se hayan enterado del primero, aunque han pasado meses. Mi gato
regresó después y eso es todo lo que te puedo decir.
—Gracias por la información. —dijo
el fungui, pensativo.
—De nada —contestó el clérigo—.
Quisiera preguntarte algo, tú no eras ninguno de esos tres, creo que te hubiera
reconocido, he grabado la memoria de mi gato en un cristal de sueños y la he
estudiado con detenimiento. ¿Cómo sabes tú de tus hermanos?
—Buena pregunta. –Los interrumpió Izhá.
—Tras mi nacimiento, habiendo hecho
los cálculos habrá sido hace cinco semanas y media. Fui capaz de caminar desde
el primer momento y deambulé sin rumbo hasta una granja no muy lejos de aquí.
Un granjero me adoptó, un buen hombre. Él me dio esta ropa y me contó de haber
visto a otros como yo en el bosque, pero que escaparon al verlo. Supongo que
por eso no me temía. Y por eso los estoy buscando ahora.
El elfo continuó con su
interrogatorio —¿Y cómo ha aprendido usted a hablar?
—Para ser justos he notado, y digo
esto sin ningún ánimo de ofenderlos, que soy más inteligente que ustedes, en
pocos días aprendí el idioma del granjero y aunque pronunciar alguna palabras
me cueste más que otras. Creo que mi forma, por algún motivo, ha intentado imitar
a las suyas y por eso no estoy completo, Mi voz es diferente, no tengo nariz y
es que no tengo pulmones tampoco, tengo ojos y puedo ver, pero creo que no
reconozco lo que ustedes llaman colores, no obstante veo bien en la oscuridad.
Y creo que no puedo sentir dolor, de hecho si me lastimo y me cortasen una
parte en poco tiempo esta vuelve a crecer, todo está bien mientras mis pies
estén bien. Por favor no le digan esto a nadie. Además hay otras cosas.
—¿Cómo cuáles? —preguntó Uruduntis.
—Creo que tengo poderes mágicos. Soy
capaz de hacer dormir a los animales, nunca he probado con gente.
—Magia roja. —dijo Izhá.
—¿Y estas seguro que simplemente no
eres increíblemente aburrido? —preguntó el clérigo sin ningún respeto.
—Honestamente no sabría decirle –contestó
el hongo—. ¿Pero usted me había dicho que había presenciado mi nacimiento.
—Sí, es cierto. Quizás exageré un
poco.
—Para variar. –exclamó Izhá—
¿Reconoces a los elfos magos que invocaron a ese elemental?
Uruduntis estaba ofendido pero igual
contestó —Solo a ella. Era Radasté.
—Creo que iré investigar que pasó.
—Creo que yo iré a buscar mis hermanos en el este. —dijo el hongo.
—Creo que voy a hacer té. —dijo el clérigo.
—Creo que voy a hacer té. —dijo el clérigo.
Tiene buen comienzo, es interesante y logra hacer que el lector quiera saber más sobre estos personajes. Seguiré leyendo.
ResponderEliminarGracias.
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ResponderEliminarSE PONE INTERESANTE
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