Cuando llegaron a la playa era
cerca del mediodía. Hacía mucho calor allí y habían dejado al bosque detrás. Ya
no había moreras u otros árboles que les brindasen una sombra refrescante. En
su lugar se encontraban con esporádicas palmas de cocos que estaban esparcidas
por toda la costa. A lo lejos, casi sobre el horizonte, se veían las islas de
Saldra. Galerina sabía bien a donde debía dirigirse aunque ninguno de ellos
había navegado alguna vez. Y respecto a cómo llegar no tenían tampoco ningún
plan. La arena de la playa era casi blanca, aunque los fungís, no podían
distinguir muy bien eso. También estaba repleta de conchas de caracoles que
Penny conocía muy bien pues algunos caracoles se utilizaban como medicamentos y ella los había estado
estudiando en libros en la casa de Uruduntis. Algunos con bonitas formas y
manchas no servían nada más que para hacer colgantes, otros con conchas cónicas
eran peligrosos y venenosos en vida. A veces las mareas arrastraban sedimentos
dejados en el fondo del mar y criaturas que vivían adheridos a ellos llegaban a
la superficie.
Licken levantó la concha de un
caracol de casi diez pulgadas con manchas en formas de escamas que estaba
partido al medio, pero no lo hizo por observar la concha sino por la criatura
que se había unido a ella —Esto debe ser una xenoesfera, de esto les hablaba el
otro día. —dijo sosteniendo a la posible criatura “unicelular” que se trataba
de una extraña esfera que vivía quieta en el fondo del mar y que se había
observado se dividía para reproducirse.
Alejados del bosque se sintieron
fascinados por todo lo nuevo que tenían para observar y que solo conocían por
lo que habían leído en libros. Pero pronto se dieron cuenta de que ese cambio
de escenario no les favorecía del todo. Si bien no eran exactamente capaces de
sentir dolor, al menos no físico, el calor de la arena afectaba al micelio de
sus pies y terminaba por atontarlos. Ellos eran seres que literalmente pensaban
con sus pies después de todo. No se les había ocurrido hasta ese momento cubrir
sus pies, posiblemente la parte más importante de su cuerpo. De hecho estar
descalzos les resultaba cómodo en la relativa humedad constante del bosque.
Pero allí era otra historia. Decidieron que era mejor alejarse un poco de la
costa, al menos hasta que anocheciese y no hiciera tanto calor. La sal del agua
posiblemente no les hiciera bien tampoco. Debían de encontrar una forma para
construir una balsa o encontrar algún tipo de bote para viajar la isla donde se
encontraba el laboratorio del mago elfo. Sorus y Sorpus descubrieron
investigando los cocos, que se encontraban por todos lados, que podían extraer
de ellos fibra de coco. Jugando con ella se dieron cuenta que podían hilarla y
tras esto comenzaron a fabricar una improvisada tela con la que esperaban poder
hacer zapatos adecuados para sus pies. Viridrut se sumó a ayudarlos pues los
hongos podían comunicarse mentalmente y cooperaban entre ellos. La tarea de
realizar el calzado fue compartida entre los tres y en pocas horas tenían botas
para los seis. Galerina había repartido las cuatro gemas que los protegían de
la magia entre los cuatro hongos incapaces de generar magia, así que solo ella
y Viridrut no las tenían pues asumieron, entorpecerían sus propias capacidades
mágicas. Y además le había entregado el polvo del sueño que había fabricado a
todos excepto a Viridrut que podía generar el mismo efecto naturalmente. Cada
uno llevaba dos bolsitas de tela improvisadas en fibra de coco con polvo del
sueño. Volvieron a la playa, mejor equipados pero convinieron caminar cerca de
la vegetación más tupida y no estar tan expuestos al sol. Antes de intentar
construir una embarcación verían si podían comprar una o al menos alquilarla.
Pero en su recorrido no se cruzaron con ningún pescador. Anocheció, así que
acamparon con la esperanza de que al día siguiente encontrarían alguna
solución. Licken, Viridrut y Galerina se alternarían para hacer guardia.
No fueron capaces de dormir bien. En
sus sueños se sintieron invadidos, como si los observasen a distancia. Estaban
incómodos. Al alba, Galerina que era la última en la guardia los despertó.
Indicándoles que no hicieran ruido. No estaban solos. Una docena de hombres
habían llegado a caballo hasta la playa, se encontraban acampando y preparando
un desayuno en una pequeña fogata. Estaban equipados con armas y armaduras pero
no eran todas iguales por lo que asumieron que no eran del ejército.
Galerina les habló en voz baja —Voy
a investigar.
—¿Qué? —preguntó Sorus.
—Que están haciendo aquí estos
hombres y de paso si saben dónde podemos conseguir algún bote.
—Es muy peligroso —dijo Penny—, no
tienes idea de cómo puedan reaccionar.
Pero la otra honga estaba confiada
de sus habilidades —Pues no me presentaré con este aspecto. Ellos me verán muy
diferente —Y tras decir esto gracias a su magia de ilusión fue tomando la forma
de una mujer con cinco dedos en sus manos y una larga cabellera de color
oscuro. Su ropaje se convirtió en un fino vestido y hasta su voz cambio, además
de oler a coco—. ¿Cómo me veo? —preguntó.
—¡Tus habilidades son
impresionantes! —exclamó Viridrut con algo de envidia.
—Pues he tenido a una bruja ogra por
maestra, así que no hay que extrañarse. Estoy segura de que tus capacidades
también pueden mejorar con la guía adecuada –contestó ella—. Dame el dinero que
cargas, por si puedo sobornarlos con él. —Y Viridrut accedió.
—Te deseamos suerte. —dijo Sorpus.
—Estaremos cerca para ayudarte. —dijo
Licken comunicándose con su mente.
Galerina se dirigió al encuentro de
los hombres aunque primero se alejó del lugar en el que se encontraban sus
hermanos para no aparecer ante la vista de los humanos por allí. De esa forma
ellos permanecerían ocultos. Le encantaba actuar y poseía varios personajes. La
apariencia de esta mujer era una de sus favoritas. Se presentó ante los hombres
sonriendo pero manteniendo una distancia prudencial —¡Buenos días, nobles
caballeros!
Los hombres se inquietaron pues la
mitad estaba armando unas carpas para su campamento y no la habían notado.
—¿Quién eres tú? —preguntó uno de
ellos sin nada de cortesía.
—Mi nombre es Gala. No soy de aquí,
me encontraba de paseo con unos amigos y me extravié. ¿Quizás puedan ayudarme a
encontrarlos? Estaban buscando un bote para poder salir a navegar, ¿Conocen a
alguno cerca? Seguramente ellos estén allí.
Los hombres no contestaron al
principio y se fueron acercando a ella. Se sintió un poco intimidada pero
confiaba en el polvo del sueño que llevaba oculto entre sus ropajes y en el
veneno que caía de su cabeza —¿Un bote? ¿Para ir adonde? —preguntó finalmente
uno, estando ya mucho más cerca.
—Para ir a esas islas. —dijo
señalando a las islas de Saldra. Al hacerlo vio cómo su mano volvía a tener
cuatro dedos de hongo. Su magia se desvanecía. Observó rápidamente a los
hombres y notó que poseían espadas con piedras anti magia incrustadas en ellas.
La ilusión se había perdido. Los hombres ya la habían notado. Rápidamente tomó
una de las bolsas con el polvo del sueño y se los arrojó en la cara. No
alcanzaron a reaccionar mientras intentaban tomar las espadas y antes de poder
desenfundarlas cayeron rendidos al suelo del sueño, inconscientes.
De entre los otros diez hombres uno
se destacaba, por cómo estaba vestido y por su apariencia, que no era la misma
que la del resto. Portaba una armadura completa aunque su yelmo estaba en el
piso. Su piel era trigueña a diferencia de la de los otros que era más blanca.
Galerina solo podía notar que la de él era más oscura y sus ojos en cambio eran
más claros. Pues los tenía verdes mientras que los del resto eran negros. Su cabello
era negro y crespo y llevaba un llamativo bigote. El hombre hizo señas con sus
manos y los otros nueve tomaron arcos y flechas cuyas puntas encendieron con
fuego de la fogata. Era como si tuvieran todo preparado. Uno de los hombres se quedó
con él y el resto fueron a explorar las proximidades. No tardaron en encontrar
a los otros fungís. —Calma —dijo el hombre sonriendo y con serenidad
dirigiéndose a Galerina—. No deseo hacerte daño. Se quiénes son. —luego ordenó
a sus hombres que bajaran sus armas y estos lo hicieron.
Viridrut que se acercaba rodeado por
sus hermanos dijo enojado —Yo también se quiénes son ustedes. Compañeros de armas
del hombre que nos aprisionó sin derecho en el pueblo. Reconozco sus espadas.
—Sí y no. —contestó el hombre acercándose
a Viridrut con amabilidad.
—¿A qué se refiere? —preguntó el
hongo.
—Ya tendremos tiempo de hablar de
eso, por ahora permítame presentarme. Soy el líder, podría decirse, de estos
hombres. No soy de estas tierras como notarán en mi rostro, los hombres aquí me
llaman Morún, por el árbol de la mora. —y extendió su mano para que Viridrut la
estrechara.
Pero el hongo seguía sin entender el
gesto así que se limitó a contestar —¿Qué? —mientras miraba la mano del hombre
sin comprender.
Morún seguía sonriendo y explicó —Entre
los de mi raza tocarse amistosamente es señal de confianza.
—Bueno. —dijo Viridrut y apoyó su
mano izquierda sobre la cara del hombre, que soltó a reír.
—Supongo que está bien —dijo riendo.
Luego continuó —. El hombre que conociste en el pueblo se llama Bladon y como
dices pertenece a la misma organización que yo. O mejor dicho pertenecía, ha
sido expulsado.
—Usted me disculpará si no le creo nada.
—contestó Viridrut que junto a los otros ya se había reunido con Galerina.
—Comprendo su desconfianza. Pero los
hombres no somos todos iguales y aprendemos de nuestros errores. Pertenezco a
una antigua orden llamada los acuñadores. Pueden ver en mi rostro que yo no soy
de aquí. Nací en Sarell, una lejana ciudad en un reino vecino. Allí viví la
mitad de mi vida como esclavo. Hasta que un hombre de esta orden me liberó. Los
actos que cometió Bladon no me representan y aunque comprendo su desconfianza
debido a su naturaleza mágica, lo que él hizo estuvo mal. Quisiera poder
enmendar las cosas con ustedes.
—Estamos bien gracias. —contesto
Viridrut todavía enojado.
—Les ofrezco nuestra protección, sé que
hay unos vándalos buscándolos. —dijo Morún.
—De hecho no estábamos escapando precisamente
de ellos, sino de uno de tus hermanos. —aclaró Galerina con seriedad.
Morún se agachó a recoger dos caracoles
cónicos de la playa grandes como la palma de su mano y de los mismos colores.
Sosteniendo uno en cada mano explicó —Uno de estos caracoles es un caracol de
Saldra, su veneno, diluido, se usa como anestésico local y es muy buscado por
médicos y curadores para poder realizar operaciones que de otra forma podrían
llevar a los pacientes a morir de dolor, el otro es un caracol Narí su veneno
es absolutamente mortal para los humanos. Como verán, uno nos mata y el otro
nos puede salvar la vida, no obstante son muy similares entre sí, tienen los
mismos colores y casi el mismo tamaño. Pueden ser parecidos pero no son lo
mismo. Los criminales que los están persiguiendo eventualmente llegarán aquí, y
cuando lo hagan ustedes no tendrán oportunidad. Sé que es difícil, a veces,
distinguir quienes desean nuestro bien de quienes solo quieren utilizarnos.
Pero a veces nuestra vida depende de conocer la diferencia. Hay que saber
elegir bien.
Penny dio un paso al frente y con su
delicada voz se pronunció —Disculpe…
—Dime, niña. —contestó Morún.
—No soy una niña —aclaró sin preocuparse
la fungui albina y apoyando su mano en el caracol que el hombre sostenía con su
mano derecha le dijo—. Nosotros no podemos ver los colores, solo vemos como
ustedes dirían en blanco y negro. Por esto solo concentrándome en el patrón de
las manchas del caracol para mí es muy fácil reconocer que ese es el caracol
Narí, mortal entre los de tu raza, posiblemente inofensivo para nosotros.
Morún les sonrió. Viridrut entonces
acotó —Como vera señor hombre, para nosotros es muy fácil darnos cuenta cual es
la decisión correcta. Ustedes dicen elegir uno para sanar, pero cuando
necesitan lastimar, elegirán al otro.
—Cierto, quizás para los de mi raza sea más
difícil. Pero no todo es blanco y negro. Puedo no ser tan sabio como ustedes y
a veces confundirme, pero he vivido más que ustedes y sé que los grises
existen.
Viridrut miró a Licken el cual le
comunicó algo telepáticamente que el hombre no podía escuchar. Viridrut
entonces le contestó a Morún —Dice Licken que es comprensible que tú como
hombre te confundas y me recomienda que te escuchemos. A ti, no obstante, te
recomienda que evites elegir al de la derecha. No sea cosa que lo confundas con
tu salvación y termines siendo consumido por eso.
Morún seguía sonriendo —Les agradezco
que al menos hayan accedido a escucharme. Te aseguro que tú y los tuyos no se
arrepentirán. —dijo hablándole a Viridrut.
Galerina intervino algo enojada —¿Por
qué dices tú y los tuyos?
—Bueno, no sé. Asumí que él era su
líder.
—Típico de machongo —se quejó Galerina—.
No hemos establecido ningún líder.
Morún se inclinó ante ella —Mis más
sinceras disculpas.
Se acomodaron cerca de la fogata pero
decidieron que era mejor apagarla pues ya hacia suficiente calor y a los hongos
no les hacía del todo bien. Morún se había sentado junto a ellos y se sirvió un
desayuno que los hongos rechazaron amablemente. Ellos consumían otras cosas y
Licken directamente no tenía boca.
Galerina retomó la conversación todavía
algo ofendida —¿Entonces cómo es que dieron con nosotros tan fácilmente?
—No ha sido tan fácil, dama. En realidad
estábamos tras su rastro hace rato. Un amigo en común nos envió a encontrarlos.
Un Kento llamado Izhá. –Les explicó el hombre.
—¿Sabes algo de Izhá? —preguntó
Viridrut.
—Sí, hasta hace una semana estaba
rastreando a quienes los están buscando en una ciudad algo alejada de aquí. Allí
nos comunicó que te había enviado a ti, Galerina, para que encontrases a
Viridrut y sus compañeros y al mago Anzhará. Cuando llegamos al pueblo sin
nombre y nos encontramos con la revuelta Bladon nos explicó lo sucedido. Lo
expulsé de la orden y me dirigí hacia aquí. Veníamos a caballo, para nosotros
fue mucho más rápido.
—¿Y qué sabes de esos hombres? De
quienes nos están buscando. —preguntó Galerina.
—Se hacen llamar la sociedad de los
sombracortos. Hay criminales de distintos tipos, son una organización secreta
que incluye ladrones, asesinos, contrabandistas, políticos, estafadores y
homeópatas. Son todos humanos y se protegen entre ellos.
—¿Y que nos puedes decir sobre tu
organización? —preguntó Viridrut.
—En primer lugar no es mi organización.
Yo solo formo parte. La orden de los acuñadores es una organización discreta,
no todo el mundo sabe de nosotros o quienes somos pero muchos saben que
existimos. Respondemos al rey de Denjiia, o sea este reino, desde hace
generaciones y nos reconocerán fácilmente por nuestras espadas con monedas de
oro y nuestras gemas que repelen la magia —se detuvo por unos instantes y
después agrego—. También somos inmensamente ricos. Ustedes seguramente no lo habrán
notado pero mi armadura está cubierta en oro.
—¿Y eso para qué sirve? —preguntó
Sorpus.
—Bueno… no sé. Supongo que para
aparentar. Pues que propiedades mágicas no tiene. Cuanto mucho no se oxida. —respondió
el hombre.
—¿Y cuál es su función? —preguntó
Viridrut— ¿Cuál es el problema con la magia?
—Aunque algunas cuestiones no se nos está
permitido discutir cabe agregar que no tenemos un problema con la magia.
—¿Y la bruja exiliada en el bosque? —preguntó
Sorus.
—Nosotros no somos quienes la
segregamos. Esos han sido los del pueblo.
—Que conveniente. —agregó Galerina
sarcásticamente.
—Los únicos humanos capaces de ejecutar
magia naturalmente son las brujas.
—¿Y son siempre mujeres? —preguntó Sorus
nuevamente.
—Sí. —contestó el hombre.
—Que conveniente. —insistió Galerina.
El hombre la ignoró y continuó —No voy a
explicar en este momento porque no queremos brujas en nuestro territorio, pero
no puede haber. Y nuestra orden se encarga principalmente de hacer cumplir eso.
Entre los plebeyos la orden del rey de que no haya brujas en nuestro territorio
es tomada de una forma muy literal. La gente tiene miedo y eso termina
resultando en actos incivilizados como la quema de brujas o su ahorcamiento.
Muchas veces inocentes mujeres que en realidad ni siquiera son brujas. Ese
miedo se extiende hacia casi cualquier cosa relacionada con la magia, los
únicos tolerados son los elfos. Los cuales muchas veces abusan de esto. Por eso
generalmente nos relacionamos mejor con Kentos, elfos que no usan ningún tipo
de magia natural. Aunque siempre tienen sus trucos.
—¿Y cuál magia es anti natural?
—preguntó Penny—. Yo solo conocía la de los colores, que ni siquiera podemos
ver.
—No se trataría de una magia “anti
natural”. Sino una que no es generada solo por la intención del mago. Me
explicaré así, nuestras gemas mágicas no permiten repeler la magia, funcionan
como una protección, como un escudo mágico. Los magos no necesitan estas gemas
para generar ese escudo mágico. De hecho si portasen una gema de estas
anularían sus capacidades mágicas. Pero gracias a estas gemas yo puedo ejecutar
ese hechizo, aunque en realidad no lo hago yo, lo hace la gema… naturalmente.
—O como la canción que toco Izhá. —dijo
Viridrut.
—O como el polvo mágico con el que
dormiste a mis hombres, Galerina. —aclaró Morún—. Por cierto ¿Cuándo
despertarán?
—Dentro de un día. —dijo la honga
sonriendo con malicia.
—¿Y por qué esos hombres se durmieron si
tenían gemas? —preguntó Sorpus.
—Esa es una buena pregunta —dijo Morún
sonriendo nuevamente—. La gema genera un aura, invisible al menos para mis
ojos, que repele la magia. Pero si atraviesas ese aura físicamente la cosa
cambia. Las armas mágicas, las canciones mágicas, las pociones mágicas, no
pueden ser detenidas con este tipo de escudo mágico. Pero por supuesto hay
otras maneras de evadirlas. Las armas si no te tocan no te hacen nada, las
pociones si no las bebes tampoco, si no respiras el polvo del sueño no te
duermes.
—Y si eres sordo las canciones no te
afectan. —dijo Viridrut pensando en la araña que no se había asustado con la
canción de Izhá.
—Exacto —dijo Morún y luego agregó —. Siempre que afecte la mente y esta no la escuche.
—¿Y por qué persiguen a las brujas? —preguntó
Sorus.
—Ya he dicho que no puedo decirlo.
–insistió el hombre.
—Pero ¿Por qué? —preguntó Sorpus.
—Que no puedo decirlo.
—¿Pero por qué no puedes decirlo? —preguntó
Sorus.
—Órdenes del rey.
—¿Y por qué al rey le importa? —insistió
Sorpus.
El hombre quería ser amable pero empezaba
a estresarse. Sorpus continuó —¿Y porque dejan que los hombres maten a las
brujas?
—Por qué no somos suficientes para
evitar todos los crímenes. Una vez que capturamos a una bruja la enviamos a
tierras lejanas para que puedan hacer una mejor vida.
—Obligar al exilio a alguien no es algo
necesariamente bueno. —reflexionó Galerina.
—La alternativa es peor.
—¿Cuál? —preguntó Sorpus.
Morún suspiró —Porque estas son las
tierras de un demonio que las domina. Las brujas pierden el control y después
salen y nos matan a todos. Empezando por los reyes, ya ha pasado. ¿Dejarán
ahora de preguntarme porque?
—No creo. —dijo Viridrut.
—Ya que lo que desean es un bote —continuó
Morún— he enviado a mis hombres por uno. Les enseñaremos como usarlo pero no
iremos con ustedes, esas no son nuestras tierras.
Viridrut reflexionó un poco y le
contestó —El hombre en el pueblo lo que deseaba era entregarnos a los elfos. En
definitiva tú harás lo mismo.
—Me quedaré aquí con mis hombres, pues
los sombracortos llegarán buscándolos a ustedes, y cuando lleguen los estaremos
esperando. No dejaremos que los lastimen.
Galerina que era bastante menos
mediadora que Viridrut contestó —Ustedes pueden hacer lo que quieran, solo no
digan que lo hacen por nosotros, pues no les hemos pedido más favor que nos
digan donde conseguir un bote. Estamos dispuestos hasta a pagar por ese bote.
—No hará falta, como ya he dicho, el
dinero nos sobra.
—¿A qué te refieres con que esas islas
no son tus tierras? —preguntó Viridrut.
—Esta playa en la que estamos es uno de
los lindes del territorio de Denjiia. Hasta aquí llega mi jurisprudencia. Más allá
gobiernan los elfos de Saldra. Ustedes irán a ver a uno de sus príncipes.
—Pero la mundo es de todos —dijo
Viridrut sin comprender nada—. ¿Para qué poner fronteras? Los cocos transportan
las semillas de las palmas que se dan en estas costas a las islas de Saldra. La
naturaleza no sabe de límites.
—Pero nosotros somos seres inteligentes nuestros
ancestros se han ganado los derechos de estas tierras, pero solo de estas. Las
plantas y los animales son libres de ir a donde quieran.
—¿Y los fungís? —preguntó Penny.
—Técnicamente tú eres un animal —aclaró
Viridrut—. ¿Entonces nosotros tendremos que encontrar nuestras propias tierras?
Morún estaba afligido de haber
incomodado a los hongos —Yo era un esclavo en mis tierras, pero soy libre aquí.
Estoy seguro que ha de haber un lugar para ustedes.
El caballero de la orden de los
acuñadores les consiguió un bote y les explicó cómo usar los remos, no estaban
lejos. Les ofreció espadas que rechazaron pero que de todas formas él dejó en
el bote. Y les midió los pies para mandar a fabricar botas. Cuando todos
estuvieron en la embarcación se despidieron de él y de sus hombres. En todo
momento que los fungís dirigieron su mirada a la costa se encontraron con los
hombres. Si cumplirían su promesa de quedarse allí para protegerlos después de
todo.
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