Galerina siempre tuvo claro donde
ir, la isla con el faro. Desembarcaron pero nadie había ido a recibirlos.
Galerina y Viridrut se sentían observados. Amarraron el bote como se les había
explicado, a una palma. Todavía era de día. Luego se adentraron en la isla. Al
principio no lucia muy diferente que en las costas de Denjiia . La misma
vegetación, las mismas aves, los mismos insectos. Caminaron en dirección al
faro, buscando algún camino, pero no encontraron ninguno. Por lo poco que habían
aprendido, sobre todo de libros, esperaban por lógica pura encontrar algún tipo
de guardia, de soldados, de siervos o de al menos alguna criatura inteligente
asistiendo al príncipe de Saldra, pero tampoco encontraron ninguno. Los elfos
claramente no funcionaban igual que los hombres. El faro estaba ubicado en la
parte más alta de la isla por lo que podía verse desde todos lados. Las palmas
de cocos habían quedado detrás cerca de la playa. Por donde deambulaban había
una vegetación baja de graba, dientes de león, amapolas y otros arbustos y
flores. Más adelante hasta donde llegaban a ver antes del faro había un bosque.
Descubrieron cuando llegaron hasta él que los árboles se encontraban muy cerca
unos de otros y que entre algunos de ellos se formaban pasillos. Asumieron que
esa era la forma en la que los elfos construían caminos. Decidieron entonces
seguir por uno de ellos. El terreno era bastante parejo, como si no se tratase
de un bosque sino de un inmenso jardín cuidadosamente organizado a modo de que
pareciera natural pero construido a la vez. Había arboles bajos como moreras
pero en su gran mayoría eran muy altos y con un follaje muy tupido y abajo
cerca del suelo estaba plagado de belladonas. Por los arboles ya no podían
distinguir el faro y tomar referencia. Deambularon casi por media hora
siguiendo el sendero que muchas ocasiones se bifurcaba. Pero tras andar un poco
regresaron al mismo lugar de donde habían partido. Volvieron a entrar y esta
vez tomaron decisiones diferentes y salieron por otra parte del bosque pero
cerca de donde habían comenzado. Volvieron a intentarlo un par de veces más, siempre con el mismo resultado.
—No entiendo —dijo Sorpus—. No
importa lo que hagamos, para donde doblemos o cual camino escojamos siempre
terminamos aquí.
Viridrut reflexionó un poco y luego
concluyó —Es un laberinto.
Penny, que miraba a todos desde
abajo preguntó —Si pudiéramos subir a uno de esos árboles ¿Seriamos capaces de
saber por dónde pasar?
Pero Galerina no estaba de acuerdo —Si
subiéramos a uno de eso arboles solo veríamos el follaje, tendríamos que estar
subiendo constantemente.
—Pues tienes una idea mejor. —dijo
Sorus desafiante.
—De hecho sí —contestó la honga—. Ustedes
se olvidan que me puedo comunicar fácilmente con los artrópodos. Si pudiera
ponerme a controlar la mente de algunos, detectaría fácilmente el camino a
seguir. La mente de estas criaturas es poco compleja y su memoria no es buena,
por no decir casi inexistente, pero puedo enviarlas a explorar.
—En esa morera hay polillas. —señaló
Sorpus.
—No me sirven, casi no vuelan y
prácticamente no se separan de las moreras en toda su corta vida. —aclaró
Galerina.
—¡Mira! Allí tienes como un millón
de termitas. —señaló entonces Sorus.
—Gracias pero no van a servir tampoco
de mucho pues son ciegas y avanzan muy despacio. Haría falta algo que pudiera
volar mejor.
—Que las termitas no, que las
polillas no... —dijo Sorpus quejándose y posiblemente porque ya no conocía más
insectos.
—¿Pero realmente son ciegas? —preguntó
Viridrut desconfiado—Yo he visto que tienen ojos. —aportando una acotación
innecesaria que no le cayó del todo bien a Galerina.
—No, no ven. Solo distinguen cuanto
mucho la luz, si hay o no, si esta más blanco o más negro, porque al igual que
nosotros ni colores ven, pues se pasan la vida bajo tierra y allí están mejor. Además
son sordas, puedes buscarle las orejas si desconfías hongo porfiado. —contestó
Galerina que ya había divisado a unas moscabejas que le servirían para su
propósito.
Viridrut no contestó pero se agachó
a ver a las termitas, por si le encontraba orejas.
Ayudada con los grandes ojos de las
moscabejas Galerina descubrió como superar el laberinto para encontrar un mejor
camino al faro. Ella, que sí tenía una buena memoria, tomó la delantera guiando
al grupo. Pronto salieron del bosque lleno de senderos que se bifurcaban, sin
mirar detrás, pero asumieron que seguirían estando allí. Llegaron hasta un
arroyo que hacía de linde entre el bosquecillo y los jardines de adelante. El
agua era completamente cristalina y podían verse los pececillos de colores y
aletas grandes, tan llamativos como hermosos. Penny supo al instante que se
trataba de unos animales completamente venenosos. No hacía falta aconsejar que
no los tocasen o comiesen, pues los hongos no los tenían en su dieta. Atravesaron
el arroyo por un puente de madera y llegaron a los jardines repletos de flores
altas de color azul y unos poco frecuentes agaves, plantas con pencas alargadas
de color verde azulado y que en las puntas llevaban tres púas. Las flores
entorpecían el paso y empujaban a quienes anduvieran por allí a acercarse a los
agaves.
Penny que era la que más sabia del
asunto aconsejó a sus hermanos —Esos son agaves garra de halcón o agaves
asesinos, gavet Erelel en Gullien. Son originarios de Gull de las tierras de
Morún y son venenosos en esas púas, al igual que los peces del arroyo, asumo
que a nosotros no nos hará nada su veneno. Pero me doy cuenta de que todo aquí
esta como protección contra intrusos.
—Eso explica un poco porque no hay
guardias y nadie protege al príncipe de Saldra. —concluyó Viridrut.
—¿Pero… es prudente continuar?
—preguntó Sorpus.
—Nada de todo esto nos afecta. —dijo
Galerina.
—Cierto, pero no sabemos que más
podrá llegar delante. —contestó reflexivo Viridrut.
—Tendremos que avanzar siendo
cuidadosos. Todo eso que aprendieron en la casa de aquel clérigo de la luna
seguro resultará muy útil. —insistió Galerina.
—Confió más en tu magia. —dijo
Viridrut elogiando a Galerina.
—Mi magia de poco servirá contra la
de un mago elfo. —aclaró la honga.
—Nuestros escasos conocimientos del
mundo poco hacen contra los de un elfo que ha vivido miles de años. —insistió
Viridrut—. Pero bajo tu guía seguro lo encontraremos sanos y salvos.
—Gracias. —contestó Galerina.
Fuera de los jardines de agaves se
encontraron con un sendero rectilíneo delimitado por arboles nuevamente. El
camino era interrumpido por un árbol solitario, aislado del resto. Sus ramas
eran huecas y secas y cuando el viento soplaba el árbol silbaba. La melodía era
hipnótica y daban ganas de acercarse.
Pero esta vez fue Galerina la que
los detuvo —Eso es un murmonb, un árbol silbador. Una vez que se acerquen si
son muy desgraciados quedaran pegados a su sabia la cual disolverá su cuerpo en
cuestión de segundos. No creo que el veneno de los agaves o de los peces nos
haga algo, pero eso sí nos destruiría. Cosas que aprendí con mi maestra.
Rodearon al árbol evitándolo todo lo
que fueron capaces. Había hojas caídas a pesar de ser primavera en el suelo.
Sorus piso algo filoso. No le dolió el corte pero retiro las hojas con su otro
pie y encontró piezas metálicas como su fueran hojas de cuchillos-Entonces les
advirtió a sus hermanos —Cuidado, hay más trampas en el suelo, debajo de las
hojas.
Licken sin preguntar nada levantó a
Penny y la colocó sobre sus hombros. El final parecía estar cerca. Al otro lado
del sendero se encontraban algunas construcciones.
Llegaron a hasta unas rejas que
hacían de límite entre los construido y lo natural, que en realidad también
estaba construido. Las rejas se unían a un muro de piedra lo cual era bastante
poco común en los elfos. No había manija o forma alguna de abrir esas puertas,
ni empujando ni tirando. Y eran muy altas para poder escalarlas con facilidad.
Ni siquiera la pequeña Penny podía pasar por entre ellas. Sorpus y Sorus comenzaron
a golpear las rejas con unas rocas que encontraron para llamar la atención de
quien estuviera dentro.
—Hola, ¿hay alguien aquí? —preguntó
Viridrut con su voz aguda.
Hasta Galerina se cansó y comenzó a
gritar —¿Hemos llegado, hay alguien?
Pero Licken los silencio a todos con
sus pensamientos –Alto, escuchen. —les dijo.
Una voz lejana se filtraba por sus
mentes, como si estuviera tratando de establecer contacto con ellos —Hola —dijo
la voz dentro de sus pensamientos—. ¿Quiénes son ustedes? ¿Cómo han llegado
hasta aquí?
Galerina contestó —Somos fungís,
estamos buscando al mago Anzhará el carmesí, príncipe de Saldra.
—Llegamos caminando. —contestó
Sorpus.
—Mmm… ¿Caminando? ¿Fungís? —dijo la
voz— ¿Qué es un fungí?
—Somos hongos sapientes. —contestó
Viridrut.
Las rejas metálicas se movieron,
pero no hacia atrás o hacia arriba sino que el entramado de las rejas se fue
desarmando hasta que pudieron pasar. Del otro lado los jardines continuaban,
enfrente se encontraba un sencillo palacio a su derecha había otro árbol con un
tronco delgado pero con grandes ramas y gemas de ámbar incrustadas en su
corteza. A la izquierda del palacio había un extraño montículo de tierra
cubierto por césped y hierbas invasivas como el diente de león. El montículo
estaba poco arreglado mientras que la vegetación de alrededor estaba muy bien
cuidada. Viridrut dio unos pasos hacia él, intrigado, pero conservó su
distancia.
Una voz le advirtió —No te acerques
demasiado a la udra —Era Anzhará el carmesí, estaba vestido con una túnica
roja, y llevaba un báculo en su mano izquierda y una daga apretada a su cintura
con una faja de color dorado. Su piel era muy blanca y su cabello era negro
oscuro. Parecía muy joven, pero todos los elfos lo hacían. Era más bajo que Morún
pero más alto que Izhá—. No tengo ni idea de si se alimentaría de un Fungí, o
como sea que ustedes se llamen.
—Había escuchado sobre el holderon, que
es ese árbol con ojos de ámbar, pero jamás había escuchado de una udra. –dijo
Galerina.
El elfo explicó —Una udra es una
criatura que rara vez se mueve, pero aun así posee cuatro patas, con las cuales
se levanta del suelo para cazar a sus víctimas las cuales mata aplastándolas,
para luego consumirlas. Ese montículo de tierra en realidad está vivo. Están
emparentados con los orcos. Y hablando de eso, mi nombre es Anzhará creo que
eso ya lo saben. ¿Pero quienes son ustedes?
—Esperábamos que usted supiera decirnos.
—dijo Sorpus.
El elfo lo miró extrañado —¿A qué se
refieren?
—Fuimos creados por su magia —explicó Viridrut— Meses atrás.
—¿Qué? —preguntó el elfo—. Yo no cree a
nadie, eso es imposible.
—Pues aquí estamos. —dijo Galerina
seria.
—Hace unos meses tú, una elfa llamada
Radasté y otro elfo intentaron atrapar a un elemental. Pero fallaron y el otro
elfo salió lastimado. Después nada más se supo de ustedes tres. Pero ese mismo día,
algunos de nosotros brotamos de la tierra, hongos pero con conciencia y
capacidad de desplazarnos. Nosotros seis nos hemos reunido, pero de seguro hay más
—Viridrut narró la historia lo mejor que pudo—. Un elfo llamado Izhá nos envió
aquí. Pues los hombres nos persiguen.
—En algunas cosas están confundidos,
pero me intriga como saben cosas de antes de que hubieran aparecido. No estoy
acostumbrado a recibir visitas pero pasen. —dijo el mago elfo invitándolos a su
palacio.
La sala de entrada tenía largas y
delgadas columnas doradas en vez de paredes, la luz del sol entraba por todas
partes pero ya se estaba haciendo de noche. Mientras se presentaban y contaban
algunas cosas, como el encuentro con Morún en la playa y respecto a los
sombracortos, o sobre el clérigo Uruduntis y su gato, el elfo los escuchaba
atentamente sin interrumpirlos. Subieron por una escalera desde la sala de
entrada hasta el laboratorio de Anzhará. Había muchas mesas con platos y
morteros, con diferentes hierbas y flores recogidas y también varios hongos. Había
libros y escritos en papel y papiro por todas partes. Lo que más llamaba la
atención era un arpa de color blanca que estaba en la mitad de la habitación.
Era grande y debía tocarse de pie. El príncipe de Saldra improvisó unas sillas
y los invitó a sentarse.
—Estoy dispuesto a contestar sus dudas —dijo
el elfo—. Aunque no puedo asegurar que tenga una respuesta a cada una de sus
preguntas.
—¿Por qué nos creó? —preguntó Sorus sin
pensar.
—Ya he dicho que no los cree —dijo
Anzhará sonriendo—. Sin embargo creo que algo tengo que ver con su creación, así
no haya sido intencionalmente.
—¿Y qué puedes decirnos sobre esa noche?
—preguntó Viridrut.
El elfo se acomodó solemnemente en una
silla que tenía un respaldo alto y comenzó a explicarles —No es del todo cierto
que quisiéramos capturar a un elemental. Mis intenciones, y debo admitir soy el
principal responsable, eran conseguir metaplasma que es una sustancia que
segregan los elementales. Solo que lo hacen en poquísimas cantidades. Los
elementales como sabrán —ninguno de ellos realmente sabía nada al respecto— son
criaturas que no pertenecen a nuestro mismo plano existencial. Por decirlo de
una forma, no son de aquí. Los espectros, muertos que se aparecen aquí, tampoco
lo son, ellos segregan ectoplasma. Cuando un elemental es invocado, el mago que
lo invoca, es capaz de darle órdenes, no obstante la conciencia propia del ser
no es alterada. El control que se ejerce es parcial, pues en realidad es muy
complejo. Para ser muy correctos nosotros lo que pretendíamos era conseguir que
esa criatura se manifestase y de alguna forma filtrarlo por la vasija que vio
aquel a quien llaman Uruduntis. Pero conseguir que un elemental se quede quieto
para hacer tal cosa es casi imposible.
—¿Y cuál era su plan? —pregunto
Galerina.
—Como saben no estaba solo, la elfa que
me acompañaba se llama Radasté. El elfo se llama Makiias. Él es un gran artesano
mágico. Fue quien fabricó la vasija y las cadenas para bloquear al elemental.
No obstante no es un mago en sí mismo. Pero es el mejor en lo que hace. Yo
tengo a Lírudin —dijo señalando a su baculo—. Que fue diseñado para amplificar
mis capacidades de invocación, y que fue lo que me permitió traer a tal
poderosa criatura. Radasté tiene a Talisú. —dijo señalando al instrumento que
estaba en el medio de la habitación—. Un arpa mágica capaz de dormir a quien
escuche su canción. Así, yo traería al elemental, Makiias controlaría la vasija
y Radasté lo dormiría para poder extraer su metaplasma. Pero algo salió muy
mal. Verán, una cosa que no es bueno hacer es tocar a un elemental. Para ser
capaces de hacerse presentes físicamente ellos toman la materia que los rodea.
Es justamente esta sustancia, el metaplasma, la que los une, podríamos decir.
Si tocas por demasiado tiempo a un elemental este empezará a absorberte a ti. Y
eso fue lo que le pasó a Makiias. Nuestro deseo era que el elemental se
dirigiera a la vasija pero en vez de eso se dirigió hacia las cadenas. Más
específicamente a una de las argollas que las sostenían. Habíamos tapado
nuestros oídos para no caer en el encantamiento del arpa nosotros mismos. No
fui capaz de advertirle lo que estaba sucediendo. Y el elemental lo invadió. Makiias
quedó gravemente herido. Y todo se desvaneció. Nos alejamos de allí. Pero jamás
supimos de ustedes, fungís. Nuestra preocupación estas últimas semanas ha sido
la recuperación de Makiias.
—¿Él todavía está vivo? —preguntó
Viridrut.
—Por supuesto —contestó Anzhará—. Pero
se encuentra en un sueño profundo del que no puede despertar. Radasté ha ido en
busca de alguna magia que consiga hacer que sane para que podamos despertarle,
pero me temo que su condición es crítica.
—¿Él está aquí? —preguntó Galerina.
—Sí, se encuentra descansando en una
habitación más arriba.
—¿En el faro? —preguntó Sorpus.
—¿De qué faro hablas? —preguntó
extrañado el elfo.
—De esa torre que se ve por todos
lados. —contestó Sorpus.
—Eso no es un faro, es un
laboratorio astronómico. Mi magia, la roja. está muy relacionada con la luna y
los astros nocturnos en general. La luna amplifica mis poderes además de mi
báculo. —el elfo se levantó y los guió hasta una mesa donde se encontraban la
vasija y las cadenas y cerrojos que se habían utilizado esa noche en la que los
fungís habían caminado por primera vez.
Mientras se paraba sobre la punta de
sus pies y se sujetaba a la mesa Penny preguntó —¿Esa es la vasija? Le falta
una de las argollas de las cadenas.
—Sí. Se perdió esa noche. Y yo creo
que es el motivo de su origen,.
—¿De que forma? –pregunto Viridrut.
El holderon, la Udra y el murmonb que
vieron antes de llegar aquí, así como los agaves asesinos, necesitan
alimentarse de carne. Pero he descubierto que los hongos son iguales de
efectivos. De alguna forma ustedes están más emparentados con los animales que
con las plantas. Soy vegetariano y de hecho desprecio cualquier tipo de
violencia hacia los animales, por eso no consideré que fuera justo tener que
sacrificar seres capaces de sentir dolor para que estas otras criaturas
viviesen. Quise que mis plantas carnívoras y mi udra fueran vegetarianas, pero
eso es imposible. No obstante si abonó su terreno con hongos estos pueden
extraer de allí lo que necesitan. Tengo un enorme jardín de hongos, que ustedes
todavía no han visto. El metal con el que se hicieron esas cadenas es
proveniente de esta isla y aquí mismo fue fabricada. Asumo que las cadenas
estaban cubiertas de esporas de hongos y que se combinaron con el metaplasma
del elemental. No tengo idea alguna porque eso dio por resultado a ustedes,
pero sepan que me interesa descubrirlo. También me intrigan sus capacidades
mágicas. La telepatía solo la pueden alcanzar algunos pocos magos. Sin embargo
ustedes la dominan a la perfección, al menos entre los de su propia especie. He
notado que llevan cristales anti magia. Lo más normal hubiera sido cuando me
comuniqué con ustedes telepáticamente antes, que al menos aquellos que llevan
las gemas no me escuchasen, sin embargo todos lo hicieron. Eso significa que la
telepatía es algo natural de ustedes, en mi caso solo se trata de magia. Los
elfos de otra forma no pueden hacerlo. Creo que además de investigar un poco,
la única forma de averiguar todo lo que pasó realmente esa noche es preguntarle
a más testigos. Estoy pensando en Makiias, él puede aportar seguramente cosas
que yo no.
—¿Y cómo pretende preguntarle algo a
Makiias si se encuentra dormido? —dijo Viridrut.
El elfo contestó con total
naturalidad —Pues en sus sueños, claro.
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