miércoles, 25 de diciembre de 2019

09 - El jardín de hongos


            —Según he entendido —dijo el mago—. Ustedes pueden naturalmente comunicarse en sus sueños. Entre ustedes, los de su misma especie, si se encuentran cerca.
            —Así es. —contestó Viridrut.
            Todos habían ido a ver al elfo artesano llamado Makiias que se encontraba inconsciente en una habitación privilegiada dentro del palacio del príncipe de Saldra. Makiias era de cabellos castaños y al igual que Anzhará era muy pálido. Aunque para los funguis esto era algo imperceptible. No podían ver que tan alto era pero su piel estaba lastimada. El contacto con el elemental le había dejado marcas que posiblemente jamás se irían.
            El elfo encendió unas  lámparas de aceite más, dentro de la habitación pues la noche había llegado. No hiso falta encender muchas pues tanto el elfo como los funguis podían ver muy bien en la oscuridad.
            —La magia que ustedes poseen y controlan casi sin esfuerzo me intriga —explicó el elfo—. Según me has dicho Viridrut, tú eres capaz de dormir a los animales y a los hombres.
            —Los hombres son animales. —dijo Viridrut.
            —Sí, sí, ciertamente —se apresuró a aclarar el mago—. Mi magia me permite ingresar mentalmente en los sueños de las personas. No es algo tan difícil, pero una vez dentro la mente de la gente es compleja y cambiante. Soy capaz incluso de generar un enlace entre una persona dormida, mi persona y alguien más. Me gustaría, Viridrut, que me acompañaras en un viaje por los sueños de Makiias. Yo guiaré el ambiente pero tú tendrás que interactuar con él. Eso por supuesto, si tú deseas hacerlo y si es acaso posible.
            —Estoy dispuesto a arriesgarme —dijo Viridrut—. ¿Pero eso no lastimará a Makiias?
            —No, es algo bastante inofensivo. Incluso por lo que me explicaste aquel clérigo lunar lo hace con su gato. El problema es que por una extraña razón no alcanzo a poder grabar las memorias de Makiias en un cristal de sueños.
            —Nunca lo he intentado. —dijo Viridrut algo temeroso.
            —Yo te guiaré. Es hora de que aprendas más sobre tus poderes mágicos Viridrut. Tú y Galerina sin duda se convertirán en grandes magos, algún día con la guía necesaria. —Anzhará sonreía, buscando tranquilizar al fungui.
            —¿Y nosotros podemos ayudar en algo? —preguntó Penny.
            —Puedo enlazarlos a todos, pero eso requeriría de mucho esfuerzo para mí y en esta primera experiencia deseo ir solo con Viridrut. Les pediré que sean pacientes pues esto puede demorar tiempo. Si es que podemos realizar esto el cristal de sueños que llevo en la mano cambiará de color —refiriéndose a una pequeña esfera transparente—. Entonces Viridrut y yo despertaremos de nuestro trance.
            —Yo estoy listo. —Viridrut finalmente había tomado coraje.
            —Muy bien. Entonces te pediré que te coloques a sus pies y apoyes una de tus manos sobre él. No sé si para alguien de tus poderes es necesario un contacto físico, pero por lo menos para mí si es necesario. Así que por ahora repitamos la experiencia que ya conozco y después iremos explorando cuan grandes son tus poderes. Voy a pedirte que cierres los ojos y sentirás que te vas durmiendo. En realidad no será así pero la sensación es la misma. Cuando sientas que ya te dormiste yo te buscaré. No pierdas la calma ni te asustes. Nada de lo que pase allí realmente te afectará. Tú puedes controlar la proyección de tu imagen en su mente, pero él controla todo lo demás —En realidad mucho de lo que el elfo explicaba Viridrut ya lo conocía muy bien debido a las continuas experiencias con los otros fungís—. Cuando consigamos entrar en los sueños de Makiias yo intentaré, con mi magia, propiciar un buen escenario. Como dije no puedo exactamente controlar la mente de nadie pero puedo sugestionarlo. Tú tendrás que hacer el resto.
            —Entendido. —contestó Viridrut que se posicionó a los pies del elfo como el mago le había pedido y apoyó su mano derecha sobre uno de sus pies.
           
            Cerró los ojos y tan rápido como hiso esto comenzó a sentir sueño. Al principio todo estaba negro. Se sintió tranquilo. Lentamente el suelo se fue sintiendo en sus pies que otra vez estaban descalzos. El césped estaba húmedo y algo frió. Era de noche y las estrellas fueron apareciendo. Estaba en el bosque. No reconocía el lugar pero le era completamente familiar.
Escuchó la voz de Anzhará llamándolo —¿Te encuentras bien Viridrut?
—Sí.
—Entonces ven conmigo. —dijo el mago.
—¿Dónde?
—Al bosque. Este es un sueño pero inspirado en un recuerdo. Las cosas no serán igual, pero estamos buscando cierta información.
—¿Cuál? —preguntó el hongo.
—No lo sé todavía. —contestó el mago.

Caminaron hacia el horizonte, los arboles a su alrededor se movían. Temblaban, desaparecían, se achicaban y se volvían a agrandar. Las estrellas estaban fijas pero Viridrut no podía distinguir ninguna. Buscó a la luna pero no la encontró, pero sentía que en algún lugar se hallaba. Se escuchaba un ruido de fondo, insectos quizás. Anzhará aparecía cuando él miraba hacia donde sentía debía de estar pero luego desaparecía. Siguieron por el bosque hasta que llegaron a un descampado. Allí se encontraban los tres elfos.
—¿Ese eres tú? —preguntó Viridrut señalando a un elfo con túnica.
—Sí. Recuerda que este es un sueño de Makiias. Si él me recuerda yo estaré aquí dos veces. En este momento podríamos estar en muchos lugares al mismo tiempo dentro de la cabeza de mi amigo. Estoy haciendo mi mejor esfuerzo por concentrarme en que solo este momento suceda. Lo estás haciendo bien.
Viridrut se acercó hasta donde estaba Radasté, jamás la había visto y sentía curiosidad. Se aproximó sigilosamente por su espalda. Vio a Talisú, el arpa delante de ella. Tocó su hombro. Radasté se volteó asustada.
—¿Quién eres tú? —preguntó ella. Radasté era brillante, vestía de blanco y se veía muy luminosa. Era tan alta como Anzhará —¿Quién eres tú? —repitió mas asustada.
De pronto Viridrut se encontró lejos nuevamente —¿Qué paso? —preguntó.
—Es una repetición, no te preocupes, Makiias no te estaba esperando.
—Pero estaba hablando con Radasté. —replico Viridrut.
—No, estabas hablando con Makiias. Aquí no está Radasté. Cuando en un sueño, quien sueña se encuentra con un obstáculo, con algo que su mente genera pero no estaba esperando, su parte consiente al menos, muchas veces se vuelve atrás en la historia. Es como si el tiempo retrocediese y se puede volver a experimentar. Solo que esta vez estará preparado.
—Entiendo.
—Necesito que comencemos a concentrarnos en los detalles. Lo cual es lo más difícil de todo. Muchas cosas no funcionan en los sueños pero tenemos que hacer que lo hagan. Que los recuerdos emerjan.
Viridrut llegó nuevamente hasta donde estaban los tres elfos, esta vez ignoró a Radasté y fue directamente por Makiias. Intentó concentrarse en los detalles. Makiias estaba frente a Radasté sosteniendo la tinaja de barro, él llevaba unos anteojos de vidrio grueso que protegían sus ojos. Muy a lo lejos detrás de la elfa había un árbol, los elfos tienen una vista mucho más afinada que la de los hombres. Sin duda Makiias podía ver lo que pasaba en ese árbol. Allí estaba el gato montés de Uruduntis. Viridrut podía verlo también, pues era el sueño del elfo. Viridrut sonrió. Makiias lo vio.
Pero esta vez preguntó el elfo mucho más tranquilo —¿Quién eres tú?
—Soy Viridrut. —contestó el hongo.
—Hola Viridrut. —respondió Makiias— ¿Qué haces aquí? Esto puede llegar a ser peligroso.
El elemental comenzaba a manifestarse el viento comenzaba a soplar cada vez más fuerte. Anzhará levantaba su báculo. El aire se volvía cada vez más pesado, la presión aumentaba. El elemental era muy grande. Se dirigió hacia Makiias. El hongo reaccionó tratando de ayudarlo —¡Cuidado!
—¿Qué? —preguntó Makiias—. No te escucho, mis oídos están tapados. Viridrut vio como Radasté comenzaba a tocar su arpa, pero el sonido no se escuchaba. Makiias jamás había escuchado esa canción. El elemental ya estaba encima de Makiias y Viridrut.
Viridrut se encontró fuera de la escena otra vez —¿De nuevo?
—Sí. No te preocupes, lo estás haciendo bien —dijo Anzhará tranquilizándolo—. El elemental no puede lastimarte, pero sí lastimó a Makiias. Él sufrió y es posible que tú también lo hagas, intenta tomar distancia. No perturbes el recuerdo, si quieres estar más presente intenta adoptar una forma familiar. Algo que Makiias no rechace, no conoce tu imagen y aunque lo hiciera esta perturba el recuerdo. Adopta alguna forma diferente.
—¿Cómo hago eso?
—Concéntrate en algo que Makiias haya visto, cambia tu imagen, piensa que eres alguien diferente. Nuestras mentes están fusionadas, puedes tomar control de cosas pequeñas, es menos invasivo.
Viridrut reflexionó por unos segundos y después decidió que forma quería tomar. Se convertiría en el gato de Uruduntis. Cerró sus ojos y se concentró. Se vio sobre el árbol. Pensó en el gato, en que se había quedado dormido, posiblemente porque había escuchado la canción del arpa de Radasté. Pero él no se dormiría. Ahora tenía cuatro patas y mucho pelo. Además era muy ágil. Bajó saltando del árbol Radasté estaba de espaldas a él y no podía verse su arpa. Pero él sabía que estaba ahí. Se acercó rápidamente, Anzhará levantó su báculo, el elemental aparecía nuevamente. Makiias sostenía la tinaja de barro con una mano y las cadenas con la otra. Makiias lo vio. Pero fue Anzhará, el de la mente de Makiias el que le contestó —¡Hola Viridrut!
—Lo estás haciendo muy bien, Makiias estaba bloqueado para mí, pero tú lo estás haciendo muy bien. Ahora voy a empezar a migrar la información al cristal de sueños, la cadena se romperá y la argolla se perderá. Necesito saber dónde cayó para poder reconstruirla y así entender que salió mal. Quizás con eso tengamos una respuesta a su creación y al daño recibido por Makiias —Anzhará sonaba entusiasmado—. Observa la cadena con detalle.
Viridrut convertido en gato montés caminó por la escena que acontecía en silencio. El elemental crecía cada vez más y se dirigía hacia Makiias. Se preguntó si el elemental tenia orejas y podía escuchar, o si no tenia y por eso no quedó atrapado. El elemental era de aire y hojas secas, hierbas volando a su alrededor o dentro de él. Se posicionó sobre la tinaja, pero luego se subió a la cadena. El mundo se apagó y se prendió. La luna apareció, las estrellas se fueron, los árboles se movían cada vez más. Viridrut sintió terror, el que sentía Makiias y también su dolor. Su mano ardía y su cuerpo también. El fungí miraba al suelo y a la cadena. Entonces todo explotó. Y Viridrut alcanzó a ver dónde caía la argolla perdida.
Parecía que ya había pasado mucho tiempo, pero en los sueños el tiempo pasaba más rápido que en la vida real. Vino a su mente la reflexión de Licken ¿Qué era real? Viridrut se distrajo. Se perdió en sus pensamientos. De pronto era un gato otra vez y todavía no había sucedido nada. El elemental todavía no aparecía. Por algún motivo todavía no despertaba. Fue hasta donde Radasté, no había visto nunca a una elfa. Estaba concentrada con su arpa, esperando el momento exacto para tocar. Anzhará levantaba su báculo, ya se conocía la rutina, ya no sentía tanto miedo. El elemental le era familiar. La criatura emergió de la nada. Imponente. Era grande, más que un humano. Tenía brazos pero no piernas, su cabeza era extraña, aparecía y desaparecía. Se concentró en ella ¿tendría orejas? Lo vio de cerca, su cara parecía la de un reptil, no tenía orejas. Pero presintió que igual podía escuchar. El elemental ya se posaba sobre la tinaja. Y de pronto, le habló.
—Libérame. —dijo con una voz fuerte.
Los pelos del lomo del Viridrut se erizaron. Si hubiera sido su sueño, seguro habría retrocedido. Pero no podía hacerlo, estaba atrapado allí —¿A quién le hablas?
—Libérame. —dijo enojado elemental.
Pero Anzhará, el verdadero, intervino —Viridrut, escúchame a mí.
—Pero el elemental me está hablando.
—No es el elemental, ¿No entiendes? Es Makiias, siempre es él. Se puede manifestar como cualquiera de nosotros. Está sufriendo aquí, y quiere irse, quiere que esto termine. Ignóralo. No hay nada más que podamos hacer por él ahora.
—Libérame. —suplicó la voz desvaneciéndose.
Viridrut despertaba. Mientras lo hacía vio pequeños momentos de la vida de Makiias, vio a Anzhará y a Radasté juntos, pues eran pareja, paseando por el palacio. Los vio sobre una embarcación. Se encontró solo en una habitación pequeña, contemplando la luna. Después despertó.

La primera voz que escuchó fue la de Penny —El cristal ha cambiado de color. —dijo entusiasmada la pequeña honga.
—Nuevamente debo decirlo Viridrut, lo has hecho muy bien. Estoy impresionado por sus capacidades. —Anzhará se levantaba lentamente de su silla.
—¿Ha salido todo bien? —preguntó Galerina
—Más que bien. Ya sabemos dónde está la parte que falta de la cadena. —dijo el mago.
—¿Y eso es importante? —insistió Galerina.
—¡Por supuesto que es importante! –exclamó Anzhará— Es una pieza perdida de todo este rompecabezas. Si solo Radasté estuviera aquí. –se lamentó.
—¿Pudo controlar la mente de ese elfo, señor Anzhará? —preguntó Sorpus.
—No, por supuesto que no. —explicó el elfo un poco frustrado—. Nadie puede controlar la mente de otra persona. La magia tiene sus límites. Ningún mago puede hacer una marioneta de otra persona. Puedo cuanto mucho influenciarlo, y solo porque está dormido. Galerina puede explicarles bien eso. Una cosa es entrar en la mente de otra criatura y otra cosa es controlarlo. Lo que he hecho es registrar el momento de la rotura de la cadena en la mente de Makiias para saber dónde buscar.
—¿Cómo ha hecho eso? —preguntó Viridrut.
—Así como Galerina proyecta sus pensamientos en pequeños artrópodos, yo puedo hacerlo a ese objeto, además estando dormido. De hecho no fueron mis pensamientos los que transmití, sino los tuyos Viridrut. Recuerda que estábamos enlazados. —Anzhará sostenía la esfera con su mano derecha y la miraba con detenimiento.
—Para ser honesto, no necesito la esfera, tengo buena memoria. —contestó Viridrut.
Anzhará lo miró de arriba abajo y agregó —Es notable que son impresionantemente inteligentes. Que criaturas fascinantes. Siempre he sentido una particular afición hacia los hongos. ¿Crees que has aprendido algo hoy?
—Creo que sí, pero aún me falta mucho por aprender. Creo que tendré que practicar. —dijo el fungí pardo.
—Sin duda alguna la práctica hará toda la diferencia, pero ahora que has visto como se hace estoy seguro que encontrarás la forma. Después solo queda perfeccionarlo. La magia roja es muy diversa.
—¿Qué otras cosas puede hacer? —preguntó Sorus.
—Mi magia no es el entretenimiento de un circo, joven —dijo algo enojado el mago. Pero se dio cuenta que había preocupado al fungí así que decidió hacer algo al respecto—. De todas formas te daré un ejemplo, mira con detenimiento a la silla en la que estaba sentado.
Los fungís miraron la silla y esta se movió, sus patas se articularon y comenzó a caminar por todo el laboratorio.
—¿Le ha dado vida? —dijo Sorpus.
Anzhará soltó una carcajada —¿Pero es que no entienden? No puedo darle vida a algo. Esto que hago se llama animación, es un tipo de magia roja. He convertido a la silla en un títere que muevo a mi voluntad, pero no tiene conciencia propia, a diferencia del elemental. Eso hace al segundo mucho más poderoso. La ilusión ya la conocen así que hoy no la haré.
—¿Y puedes hacer que Makiias se mueva? —preguntó Sorus.
—No —dijo seriamente el elfo—. Eso es imposible. Ni siquiera un mago negro puede, no al menos hasta que Makiias haya muerto, entonces podrá reanimar el cuerpo. Yo no puedo hacerlo. Pero ningún mago puede controlar por completo la mente de una persona. Puedes infundir alegría o miedo, puedes hasta dormirlo. Pero si esa persona se resiste, su propia fuerza natural repelerá la magia, al menos si esta no es lo suficientemente poderosa. No puedo controlar la materia viva y consiente. Podría hacer que las ramas de un árbol se movieran, sí. Pero no podría hacer que un perro se moviera hasta mí, solo por desearlo. La magia no puede controlar el cuerpo de otras personas. Pero si se tratase de un caballero con armadura, quizás un mago azul podría mover su armadura o su ropa, cuanto mucho, pero nunca su cuerpo. Así como yo no puedo controlar por completo la mente de alguien. Esos son los limites.
—¿Y hay muchos magos azules? —preguntó Sorpus.
—Oh si, son los más comunes. Mueven cosas, levitan, esas cosas aburridas. Un tipo de magia muy limitada. Nunca tan hermosa como la roja.
—¿Y porque eligen la magia azul? —preguntó Sorus.
Anzhará suspiró —No sé realmente. No sé si esas cosas se eligen. Hay gente que simplemente tiene más aptitudes para ella y ya. Aunque creo que tiene que ver con el poder. La expresión más pura de la magia azul es la destrucción de todo. La disgregación es uno de sus puntos máximos. Literalmente pueden destruir `por completo algo y todo lo que lo rodea, reducirlo a nada más que polvo. Quizás no podrían hacer explotar el cuerpo de un guerrero pero si todo a su alrededor, al final el resultado sería el mismo, la muerte. El que un cuerpo o una mente no puedan ser alcanzados por este tipo de magia no significa que indirectamente no sean vulnerables. No se puede prender fuego a una persona, pero si a su ropa, o a cualquier otra cosa y arrojársela. Viridrut y yo podemos dormir a alguien. Una vez que se haya dormido estará a nuestra merced. Por eso los hombres, como los que acampan en la playa del otro lado del mar nos temen. Somos poderosos y ellos lo saben. No confió en esos hombres.
—Yo tampoco. —dijo Viridrut.
—¿Y cuál es la máxima expresión de la única magia que podemos controlar, aparentemente, nosotros los fungís? —preguntó Galerina.
Anzhará se detuvo a pensar —Creo que la invocación sería la más compleja, aunque depende, supongo. La animación de algo con muchas articulaciones o de una gran cantidad de cosas al mismo tiempo es difícil de realizar. El control mental absoluto como dije es imposible. La ilusión puede ser perfecta pero aun así no es tan compleja. Pero controlar un elemental, uno enorme, es casi imposible. Para poder hacerlo suelen hacer falta elementos externos que potencien nuestras capacidades. Como por ejemplo Lírudin, mi báculo. Y por supuesto, en nuestro caso está la luna.
—¿A qué se refiere? —preguntó Galerina. —Mi maestra nunca me habló de esto.
—Bueno pues tu maestra era una ogra. Sus poderes mágicos son limitados y más similares a los de Makiias, aunque ella seguramente podía ejecutar magia natural y verdaderamente, seguro no hacía distinción de colores. Los ogros son buenos haciendo objetos, pociones, polvos y otras cosas mágicas. Artesanías puras, extremadamente complejas, que seguramente yo no podría hacer. Pero su magia no se compara a la mía. O a la de los elfos en general. Dependiendo del color que seas o más bien la magia que vayas a utilizar hay formas de potenciar nuestra aura mágica, en el caso de la magia roja, la presencia de la luna, sobre todo cuando se ve completa, hace que nuestros poderes aumenten. Un efecto que se puede emular con diferentes objetos. Por supuesto ser capaz de realizar un hechizo muy superior al que estamos acostumbrados nos cansa más y agota rápidamente. Pero yo diría, si tuviera que elegir, cuál sería el más complejo de los hechizos de la magia roja, y el más poderoso, seria la invocación de algún elemental enorme —luego guardó silencio—. Es curioso que nunca me había puesto a pensar en ello.
—¿Y qué haremos ahora? —preguntó Penny.
—La verdad es que estoy anonadado –dijo el mago carmesí—. En ningún momento esperé que en nuestra primera sesión se obtuvieran tan buenos resultados. Lo que yo quiero ahora es recuperar esa argolla. Tendré que llamar a alguno de mis súbditos, pues no puedo irme de aquí o  dejar solo a Makiias.
—Nosotros podemos ir por ella. —dijo Galerina.
—No –dijo Anzhará, firme—. Es muy peligroso, por lo que ustedes mismos me han contado, hay hombres persiguiéndolos. El propósito de su llegada aquí ha sido protección. Preferiría que se quedasen conmigo.
—Morún, nos ofreció su ayuda –insistió Galerina—. Si él y sus hombres nos escoltan estaremos a salvo.
—No puedes confiar en un hombre —dijo el mago con autoridad—. No tengo ni idea de que estén tramando.
—Anzhará tiene razón Galerina. —intervino Viridrut.
—Pues no sé qué piensan los demás —contestó la honga—. Pero yo quiero conocer, o más bien volver a visitar el lugar de donde surgimos por primera vez. No tenemos tierras algunas, pero ese lugar es en parte nuestro.
—Entiendo —dijo Anzhará—. Déjame entonces que te proponga algo, enviaré por guardias, mis mejores elfos y ellos los acompañaran. Pueden ir con los hombres o no, esa es su decisión.
—¡Pero urge que salgamos pronto! —exclamó Galerina—. La vida de Makiias está en juego.
—Su situación ha permanecido así por semanas, meses. Mis elfos llegarán un apenas unos días. Pueden estar aquí mientras tanto. Les enseñaré más magia. Ustedes pueden aprender de mí y yo de ustedes.
—¿Nos llevará a ver a su jardín de hongos? —preguntó Penny.
—Por supuesto que sí, ahora mismo si lo desean. Pero dime Galerina ¿Aceptas mi propuesta?, ¿Esperarás un tiempo?
            La fungí asintió con la cabeza y todo quedó decidido.

            Satisfecho con todo lo sucedido Anzhará los guió hasta su jardín de hongos. La habitación era enorme y estaba repleta de especies todas muy diferentes. En algunas partes había mucha luz y en otras casi nada. Había canteros con tierra dentro de los cuales crecían hongos como las trufas, que se unían a las raíces de los árboles, y había ramas putrefactas de las que crecían setas. Había algunos árboles repletos de líquenes. Y en alguna de las mesas frutas llenas de moho. Anzhará tenía decenas de libros de hongos, pero no estaban escritos en el idioma común, así que deberían de aprender a leer en elfo. Para Galerina seria su tercer lenguaje. Entre las mesas y en los rincones se encontraban simpáticas estatuas que representaban a enanos jardineros, sosteniendo palas y rastrillos. Todos ellos muy coloridos. Con barbas blancas, negras y rojas, y sobre todos bonetes muy puntiagudos. Algunos estaban de pie y otros agachados, a uno en especial el pantalón le quedaba corto y se le veía la mitad del culo.
            —¿Qué son esas figuras? —preguntó Sorus.
            —Son mis enanos jardineros —dijo el mago riéndose, aunque estaba bastante orgulloso de ellos—. En realidad los cultivos de hongos son más propios de los enanos que viven bajo tierra que de nosotros los elfos. Pero cuando me enteré de que ellos hacían esto yo quise tener mi propio jardín de hongos. Incluso visité sus cuevas para informarme al respecto, hace ya muchísimos años. Pero después de tal aventura, no fui capaz de imaginarme un jardín de hongos sin enanos, así que mandé a que me construyeran decenas de ellos. ¿No son hermosos? —preguntó encantado.
            Galerina los detestó desde el primer momento, sobre todo al que estaba agachado, pero se limitó a contestar —Preciosos.
            Una cosa que claramente no compartían los elfos con los fungí era el buen gusto.

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