—Según he entendido —dijo el mago—. Ustedes
pueden naturalmente comunicarse en sus sueños. Entre ustedes, los de su misma
especie, si se encuentran cerca.
—Así es. —contestó Viridrut.
Todos habían ido a ver al elfo
artesano llamado Makiias que se encontraba inconsciente en una habitación
privilegiada dentro del palacio del príncipe de Saldra. Makiias era de cabellos
castaños y al igual que Anzhará era muy pálido. Aunque para los funguis esto
era algo imperceptible. No podían ver que tan alto era pero su piel estaba
lastimada. El contacto con el elemental le había dejado marcas que posiblemente
jamás se irían.
El elfo encendió unas lámparas de aceite más, dentro de la
habitación pues la noche había llegado. No hiso falta encender muchas pues
tanto el elfo como los funguis podían ver muy bien en la oscuridad.
—La magia que ustedes poseen y
controlan casi sin esfuerzo me intriga —explicó el elfo—. Según me has dicho
Viridrut, tú eres capaz de dormir a los animales y a los hombres.
—Los hombres son animales. —dijo
Viridrut.
—Sí, sí, ciertamente —se apresuró a
aclarar el mago—. Mi magia me permite ingresar mentalmente en los sueños de las
personas. No es algo tan difícil, pero una vez dentro la mente de la gente es
compleja y cambiante. Soy capaz incluso de generar un enlace entre una persona
dormida, mi persona y alguien más. Me gustaría, Viridrut, que me acompañaras en
un viaje por los sueños de Makiias. Yo guiaré el ambiente pero tú tendrás que
interactuar con él. Eso por supuesto, si tú deseas hacerlo y si es acaso
posible.
—Estoy dispuesto a arriesgarme —dijo
Viridrut—. ¿Pero eso no lastimará a Makiias?
—No, es algo bastante inofensivo.
Incluso por lo que me explicaste aquel clérigo lunar lo hace con su gato. El
problema es que por una extraña razón no alcanzo a poder grabar las memorias de
Makiias en un cristal de sueños.
—Nunca lo he intentado. —dijo
Viridrut algo temeroso.
—Yo te guiaré. Es hora de que
aprendas más sobre tus poderes mágicos Viridrut. Tú y Galerina sin duda se
convertirán en grandes magos, algún día con la guía necesaria. —Anzhará
sonreía, buscando tranquilizar al fungui.
—¿Y nosotros podemos ayudar en algo?
—preguntó Penny.
—Puedo enlazarlos a todos, pero eso
requeriría de mucho esfuerzo para mí y en esta primera experiencia deseo ir
solo con Viridrut. Les pediré que sean pacientes pues esto puede demorar
tiempo. Si es que podemos realizar esto el cristal de sueños que llevo en la
mano cambiará de color —refiriéndose a una pequeña esfera transparente—. Entonces
Viridrut y yo despertaremos de nuestro trance.
—Yo estoy listo. —Viridrut
finalmente había tomado coraje.
—Muy bien. Entonces te pediré que te
coloques a sus pies y apoyes una de tus manos sobre él. No sé si para alguien
de tus poderes es necesario un contacto físico, pero por lo menos para mí si es
necesario. Así que por ahora repitamos la experiencia que ya conozco y después
iremos explorando cuan grandes son tus poderes. Voy a pedirte que cierres los
ojos y sentirás que te vas durmiendo. En realidad no será así pero la sensación
es la misma. Cuando sientas que ya te dormiste yo te buscaré. No pierdas la
calma ni te asustes. Nada de lo que pase allí realmente te afectará. Tú puedes
controlar la proyección de tu imagen en su mente, pero él controla todo lo
demás —En realidad mucho de lo que el elfo explicaba Viridrut ya lo conocía muy
bien debido a las continuas experiencias con los otros fungís—. Cuando
consigamos entrar en los sueños de Makiias yo intentaré, con mi magia,
propiciar un buen escenario. Como dije no puedo exactamente controlar la mente
de nadie pero puedo sugestionarlo. Tú tendrás que hacer el resto.
—Entendido. —contestó Viridrut que
se posicionó a los pies del elfo como el mago le había pedido y apoyó su mano
derecha sobre uno de sus pies.
Cerró los ojos y tan rápido como
hiso esto comenzó a sentir sueño. Al principio todo estaba negro. Se sintió
tranquilo. Lentamente el suelo se fue sintiendo en sus pies que otra vez
estaban descalzos. El césped estaba húmedo y algo frió. Era de noche y las
estrellas fueron apareciendo. Estaba en el bosque. No reconocía el lugar pero
le era completamente familiar.
Escuchó la voz de Anzhará llamándolo —¿Te
encuentras bien Viridrut?
—Sí.
—Entonces ven conmigo. —dijo el mago.
—¿Dónde?
—Al bosque. Este es un sueño pero
inspirado en un recuerdo. Las cosas no serán igual, pero estamos buscando
cierta información.
—¿Cuál? —preguntó el hongo.
—No lo sé todavía. —contestó el mago.
Caminaron hacia el horizonte, los
arboles a su alrededor se movían. Temblaban, desaparecían, se achicaban y se
volvían a agrandar. Las estrellas estaban fijas pero Viridrut no podía distinguir
ninguna. Buscó a la luna pero no la encontró, pero sentía que en algún lugar se
hallaba. Se escuchaba un ruido de fondo, insectos quizás. Anzhará aparecía
cuando él miraba hacia donde sentía debía de estar pero luego desaparecía.
Siguieron por el bosque hasta que llegaron a un descampado. Allí se encontraban
los tres elfos.
—¿Ese eres tú? —preguntó Viridrut
señalando a un elfo con túnica.
—Sí. Recuerda que este es un sueño de
Makiias. Si él me recuerda yo estaré aquí dos veces. En este momento podríamos
estar en muchos lugares al mismo tiempo dentro de la cabeza de mi amigo. Estoy
haciendo mi mejor esfuerzo por concentrarme en que solo este momento suceda. Lo
estás haciendo bien.
Viridrut se acercó hasta donde estaba
Radasté, jamás la había visto y sentía curiosidad. Se aproximó sigilosamente
por su espalda. Vio a Talisú, el arpa delante de ella. Tocó su hombro. Radasté
se volteó asustada.
—¿Quién eres tú? —preguntó ella. Radasté
era brillante, vestía de blanco y se veía muy luminosa. Era tan alta como
Anzhará —¿Quién eres tú? —repitió mas asustada.
De pronto Viridrut se encontró lejos
nuevamente —¿Qué paso? —preguntó.
—Es una repetición, no te preocupes,
Makiias no te estaba esperando.
—Pero estaba hablando con Radasté. —replico
Viridrut.
—No, estabas hablando con Makiias. Aquí
no está Radasté. Cuando en un sueño, quien sueña se encuentra con un obstáculo,
con algo que su mente genera pero no estaba esperando, su parte consiente al
menos, muchas veces se vuelve atrás en la historia. Es como si el tiempo
retrocediese y se puede volver a experimentar. Solo que esta vez estará
preparado.
—Entiendo.
—Necesito que comencemos a concentrarnos
en los detalles. Lo cual es lo más difícil de todo. Muchas cosas no funcionan
en los sueños pero tenemos que hacer que lo hagan. Que los recuerdos emerjan.
Viridrut llegó nuevamente hasta donde
estaban los tres elfos, esta vez ignoró a Radasté y fue directamente por
Makiias. Intentó concentrarse en los detalles. Makiias estaba frente a Radasté
sosteniendo la tinaja de barro, él llevaba unos anteojos de vidrio grueso que
protegían sus ojos. Muy a lo lejos detrás de la elfa había un árbol, los elfos
tienen una vista mucho más afinada que la de los hombres. Sin duda Makiias
podía ver lo que pasaba en ese árbol. Allí estaba el gato montés de Uruduntis.
Viridrut podía verlo también, pues era el sueño del elfo. Viridrut sonrió.
Makiias lo vio.
Pero esta vez preguntó el elfo mucho más
tranquilo —¿Quién eres tú?
—Soy Viridrut. —contestó el hongo.
—Hola Viridrut. —respondió Makiias— ¿Qué
haces aquí? Esto puede llegar a ser peligroso.
El elemental comenzaba a manifestarse el
viento comenzaba a soplar cada vez más fuerte. Anzhará levantaba su báculo. El
aire se volvía cada vez más pesado, la presión aumentaba. El elemental era muy
grande. Se dirigió hacia Makiias. El hongo reaccionó tratando de ayudarlo —¡Cuidado!
—¿Qué? —preguntó Makiias—. No te
escucho, mis oídos están tapados. Viridrut vio como Radasté comenzaba a tocar
su arpa, pero el sonido no se escuchaba. Makiias jamás había escuchado esa
canción. El elemental ya estaba encima de Makiias y Viridrut.
Viridrut se encontró fuera de la escena
otra vez —¿De nuevo?
—Sí. No te preocupes, lo estás haciendo
bien —dijo Anzhará tranquilizándolo—. El elemental no puede lastimarte, pero sí
lastimó a Makiias. Él sufrió y es posible que tú también lo hagas, intenta
tomar distancia. No perturbes el recuerdo, si quieres estar más presente
intenta adoptar una forma familiar. Algo que Makiias no rechace, no conoce tu
imagen y aunque lo hiciera esta perturba el recuerdo. Adopta alguna forma
diferente.
—¿Cómo hago eso?
—Concéntrate en algo que Makiias haya
visto, cambia tu imagen, piensa que eres alguien diferente. Nuestras mentes
están fusionadas, puedes tomar control de cosas pequeñas, es menos invasivo.
Viridrut reflexionó por unos segundos y
después decidió que forma quería tomar. Se convertiría en el gato de Uruduntis.
Cerró sus ojos y se concentró. Se vio sobre el árbol. Pensó en el gato, en que
se había quedado dormido, posiblemente porque había escuchado la canción del
arpa de Radasté. Pero él no se dormiría. Ahora tenía cuatro patas y mucho pelo.
Además era muy ágil. Bajó saltando del árbol Radasté estaba de espaldas a él y
no podía verse su arpa. Pero él sabía que estaba ahí. Se acercó rápidamente,
Anzhará levantó su báculo, el elemental aparecía nuevamente. Makiias sostenía
la tinaja de barro con una mano y las cadenas con la otra. Makiias lo vio. Pero
fue Anzhará, el de la mente de Makiias el que le contestó —¡Hola Viridrut!
—Lo estás haciendo muy bien, Makiias
estaba bloqueado para mí, pero tú lo estás haciendo muy bien. Ahora voy a empezar
a migrar la información al cristal de sueños, la cadena se romperá y la argolla
se perderá. Necesito saber dónde cayó para poder reconstruirla y así entender
que salió mal. Quizás con eso tengamos una respuesta a su creación y al daño
recibido por Makiias —Anzhará sonaba entusiasmado—. Observa la cadena con
detalle.
Viridrut convertido en gato montés
caminó por la escena que acontecía en silencio. El elemental crecía cada vez más
y se dirigía hacia Makiias. Se preguntó si el elemental tenia orejas y podía
escuchar, o si no tenia y por eso no quedó atrapado. El elemental era de aire y
hojas secas, hierbas volando a su alrededor o dentro de él. Se posicionó sobre
la tinaja, pero luego se subió a la cadena. El mundo se apagó y se prendió. La
luna apareció, las estrellas se fueron, los árboles se movían cada vez más.
Viridrut sintió terror, el que sentía Makiias y también su dolor. Su mano ardía
y su cuerpo también. El fungí miraba al suelo y a la cadena. Entonces todo
explotó. Y Viridrut alcanzó a ver dónde caía la argolla perdida.
Parecía que ya había pasado mucho
tiempo, pero en los sueños el tiempo pasaba más rápido que en la vida real.
Vino a su mente la reflexión de Licken ¿Qué era real? Viridrut se distrajo. Se
perdió en sus pensamientos. De pronto era un gato otra vez y todavía no había
sucedido nada. El elemental todavía no aparecía. Por algún motivo todavía no
despertaba. Fue hasta donde Radasté, no había visto nunca a una elfa. Estaba
concentrada con su arpa, esperando el momento exacto para tocar. Anzhará
levantaba su báculo, ya se conocía la rutina, ya no sentía tanto miedo. El
elemental le era familiar. La criatura emergió de la nada. Imponente. Era
grande, más que un humano. Tenía brazos pero no piernas, su cabeza era extraña,
aparecía y desaparecía. Se concentró en ella ¿tendría orejas? Lo vio de cerca,
su cara parecía la de un reptil, no tenía orejas. Pero presintió que igual
podía escuchar. El elemental ya se posaba sobre la tinaja. Y de pronto, le
habló.
—Libérame. —dijo con una voz fuerte.
Los pelos del lomo del Viridrut se
erizaron. Si hubiera sido su sueño, seguro habría retrocedido. Pero no podía
hacerlo, estaba atrapado allí —¿A quién le hablas?
—Libérame. —dijo enojado elemental.
Pero Anzhará, el verdadero, intervino —Viridrut,
escúchame a mí.
—Pero el elemental me está hablando.
—No es el elemental, ¿No entiendes? Es
Makiias, siempre es él. Se puede manifestar como cualquiera de nosotros. Está
sufriendo aquí, y quiere irse, quiere que esto termine. Ignóralo. No hay nada más
que podamos hacer por él ahora.
—Libérame. —suplicó la voz
desvaneciéndose.
Viridrut despertaba. Mientras lo hacía
vio pequeños momentos de la vida de Makiias, vio a Anzhará y a Radasté juntos,
pues eran pareja, paseando por el palacio. Los vio sobre una embarcación. Se
encontró solo en una habitación pequeña, contemplando la luna. Después
despertó.
La primera voz que escuchó fue la de
Penny —El cristal ha cambiado de color. —dijo entusiasmada la pequeña honga.
—Nuevamente debo decirlo Viridrut, lo
has hecho muy bien. Estoy impresionado por sus capacidades. —Anzhará se
levantaba lentamente de su silla.
—¿Ha salido todo bien? —preguntó Galerina
—Más que bien. Ya sabemos dónde está la
parte que falta de la cadena. —dijo el mago.
—¿Y eso es importante? —insistió
Galerina.
—¡Por supuesto que es importante! –exclamó
Anzhará— Es una pieza perdida de todo este rompecabezas. Si solo Radasté estuviera
aquí. –se lamentó.
—¿Pudo controlar la mente de ese elfo,
señor Anzhará? —preguntó Sorpus.
—No, por supuesto que no. —explicó el
elfo un poco frustrado—. Nadie puede controlar la mente de otra persona. La
magia tiene sus límites. Ningún mago puede hacer una marioneta de otra persona.
Puedo cuanto mucho influenciarlo, y solo porque está dormido. Galerina puede
explicarles bien eso. Una cosa es entrar en la mente de otra criatura y otra
cosa es controlarlo. Lo que he hecho es registrar el momento de la rotura de la
cadena en la mente de Makiias para saber dónde buscar.
—¿Cómo ha hecho eso? —preguntó Viridrut.
—Así como Galerina proyecta sus
pensamientos en pequeños artrópodos, yo puedo hacerlo a ese objeto, además
estando dormido. De hecho no fueron mis pensamientos los que transmití, sino
los tuyos Viridrut. Recuerda que estábamos enlazados. —Anzhará sostenía la
esfera con su mano derecha y la miraba con detenimiento.
—Para ser honesto, no necesito la
esfera, tengo buena memoria. —contestó Viridrut.
Anzhará lo miró de arriba abajo y agregó
—Es notable que son impresionantemente inteligentes. Que criaturas fascinantes.
Siempre he sentido una particular afición hacia los hongos. ¿Crees que has
aprendido algo hoy?
—Creo que sí, pero aún me falta mucho
por aprender. Creo que tendré que practicar. —dijo el fungí pardo.
—Sin duda alguna la práctica hará toda
la diferencia, pero ahora que has visto como se hace estoy seguro que
encontrarás la forma. Después solo queda perfeccionarlo. La magia roja es muy
diversa.
—¿Qué otras cosas puede hacer? —preguntó
Sorus.
—Mi magia no es el entretenimiento de un
circo, joven —dijo algo enojado el mago. Pero se dio cuenta que había
preocupado al fungí así que decidió hacer algo al respecto—. De todas formas
te daré un ejemplo, mira con detenimiento a la silla en la que estaba sentado.
Los fungís miraron la silla y esta se movió,
sus patas se articularon y comenzó a caminar por todo el laboratorio.
—¿Le ha dado vida? —dijo Sorpus.
Anzhará soltó una carcajada —¿Pero es
que no entienden? No puedo darle vida a algo. Esto que hago se llama animación,
es un tipo de magia roja. He convertido a la silla en un títere que muevo a mi
voluntad, pero no tiene conciencia propia, a diferencia del elemental. Eso hace
al segundo mucho más poderoso. La ilusión ya la conocen así que hoy no la haré.
—¿Y puedes hacer que Makiias se mueva? —preguntó
Sorus.
—No —dijo seriamente el elfo—. Eso es
imposible. Ni siquiera un mago negro puede, no al menos hasta que Makiias haya
muerto, entonces podrá reanimar el cuerpo. Yo no puedo hacerlo. Pero ningún
mago puede controlar por completo la mente de una persona. Puedes infundir
alegría o miedo, puedes hasta dormirlo. Pero si esa persona se resiste, su
propia fuerza natural repelerá la magia, al menos si esta no es lo
suficientemente poderosa. No puedo controlar la materia viva y consiente. Podría
hacer que las ramas de un árbol se movieran, sí. Pero no podría hacer que un
perro se moviera hasta mí, solo por desearlo. La magia no puede controlar el
cuerpo de otras personas. Pero si se tratase de un caballero con armadura,
quizás un mago azul podría mover su armadura o su ropa, cuanto mucho, pero
nunca su cuerpo. Así como yo no puedo controlar por completo la mente de
alguien. Esos son los limites.
—¿Y hay muchos magos azules? —preguntó
Sorpus.
—Oh si, son los más comunes. Mueven
cosas, levitan, esas cosas aburridas. Un tipo de magia muy limitada. Nunca tan
hermosa como la roja.
—¿Y porque eligen la magia azul? —preguntó
Sorus.
Anzhará suspiró —No sé realmente. No sé
si esas cosas se eligen. Hay gente que simplemente tiene más aptitudes para
ella y ya. Aunque creo que tiene que ver con el poder. La expresión más pura de
la magia azul es la destrucción de todo. La disgregación es uno de sus puntos
máximos. Literalmente pueden destruir `por completo algo y todo lo que lo
rodea, reducirlo a nada más que polvo. Quizás no podrían hacer explotar el
cuerpo de un guerrero pero si todo a su alrededor, al final el resultado sería
el mismo, la muerte. El que un cuerpo o una mente no puedan ser alcanzados por
este tipo de magia no significa que indirectamente no sean vulnerables. No se
puede prender fuego a una persona, pero si a su ropa, o a cualquier otra cosa y
arrojársela. Viridrut y yo podemos dormir a alguien. Una vez que se haya
dormido estará a nuestra merced. Por eso los hombres, como los que acampan en
la playa del otro lado del mar nos temen. Somos poderosos y ellos lo saben. No confió
en esos hombres.
—Yo tampoco. —dijo Viridrut.
—¿Y cuál es la máxima expresión de la
única magia que podemos controlar, aparentemente, nosotros los fungís? —preguntó
Galerina.
Anzhará se detuvo a pensar —Creo que la
invocación sería la más compleja, aunque depende, supongo. La animación de algo
con muchas articulaciones o de una gran cantidad de cosas al mismo tiempo es
difícil de realizar. El control mental absoluto como dije es imposible. La
ilusión puede ser perfecta pero aun así no es tan compleja. Pero controlar un
elemental, uno enorme, es casi imposible. Para poder hacerlo suelen hacer falta
elementos externos que potencien nuestras capacidades. Como por ejemplo
Lírudin, mi báculo. Y por supuesto, en nuestro caso está la luna.
—¿A qué se refiere? —preguntó Galerina. —Mi
maestra nunca me habló de esto.
—Bueno pues tu maestra era una ogra. Sus
poderes mágicos son limitados y más similares a los de Makiias, aunque ella
seguramente podía ejecutar magia natural y verdaderamente, seguro no hacía
distinción de colores. Los ogros son buenos haciendo objetos, pociones, polvos
y otras cosas mágicas. Artesanías puras, extremadamente complejas, que
seguramente yo no podría hacer. Pero su magia no se compara a la mía. O a la de
los elfos en general. Dependiendo del color que seas o más bien la magia que
vayas a utilizar hay formas de potenciar nuestra aura mágica, en el caso de la
magia roja, la presencia de la luna, sobre todo cuando se ve completa, hace que
nuestros poderes aumenten. Un efecto que se puede emular con diferentes
objetos. Por supuesto ser capaz de realizar un hechizo muy superior al que
estamos acostumbrados nos cansa más y agota rápidamente. Pero yo diría, si
tuviera que elegir, cuál sería el más complejo de los hechizos de la magia
roja, y el más poderoso, seria la invocación de algún elemental enorme —luego
guardó silencio—. Es curioso que nunca me había puesto a pensar en ello.
—¿Y qué haremos ahora? —preguntó Penny.
—La verdad es que estoy anonadado –dijo
el mago carmesí—. En ningún momento esperé que en nuestra primera sesión se
obtuvieran tan buenos resultados. Lo que yo quiero ahora es recuperar esa
argolla. Tendré que llamar a alguno de mis súbditos, pues no puedo irme de aquí
o dejar solo a Makiias.
—Nosotros podemos ir por ella. —dijo
Galerina.
—No –dijo Anzhará, firme—. Es muy
peligroso, por lo que ustedes mismos me han contado, hay hombres
persiguiéndolos. El propósito de su llegada aquí ha sido protección. Preferiría
que se quedasen conmigo.
—Morún, nos ofreció su ayuda –insistió
Galerina—. Si él y sus hombres nos escoltan estaremos a salvo.
—No puedes confiar en un hombre —dijo el
mago con autoridad—. No tengo ni idea de que estén tramando.
—Anzhará tiene razón Galerina. —intervino
Viridrut.
—Pues no sé qué piensan los demás —contestó
la honga—. Pero yo quiero conocer, o más bien volver a visitar el lugar de
donde surgimos por primera vez. No tenemos tierras algunas, pero ese lugar es
en parte nuestro.
—Entiendo —dijo Anzhará—. Déjame entonces
que te proponga algo, enviaré por guardias, mis mejores elfos y ellos los
acompañaran. Pueden ir con los hombres o no, esa es su decisión.
—¡Pero urge que salgamos pronto! —exclamó
Galerina—. La vida de Makiias está en juego.
—Su situación ha permanecido así por semanas,
meses. Mis elfos llegarán un apenas unos días. Pueden estar aquí mientras tanto.
Les enseñaré más magia. Ustedes pueden aprender de mí y yo de ustedes.
—¿Nos llevará a ver a su jardín de
hongos? —preguntó Penny.
—Por supuesto que sí, ahora mismo si lo
desean. Pero dime Galerina ¿Aceptas mi propuesta?, ¿Esperarás un tiempo?
La fungí asintió con la cabeza y
todo quedó decidido.
Satisfecho con todo lo sucedido
Anzhará los guió hasta su jardín de hongos. La habitación era enorme y estaba
repleta de especies todas muy diferentes. En algunas partes había mucha luz y
en otras casi nada. Había canteros con tierra dentro de los cuales crecían
hongos como las trufas, que se unían a las raíces de los árboles, y había ramas
putrefactas de las que crecían setas. Había algunos árboles repletos de
líquenes. Y en alguna de las mesas frutas llenas de moho. Anzhará tenía decenas
de libros de hongos, pero no estaban escritos en el idioma común, así que
deberían de aprender a leer en elfo. Para Galerina seria su tercer lenguaje.
Entre las mesas y en los rincones se encontraban simpáticas estatuas que
representaban a enanos jardineros, sosteniendo palas y rastrillos. Todos ellos
muy coloridos. Con barbas blancas, negras y rojas, y sobre todos bonetes muy
puntiagudos. Algunos estaban de pie y otros agachados, a uno en especial el
pantalón le quedaba corto y se le veía la mitad del culo.
—¿Qué son esas figuras? —preguntó
Sorus.
—Son mis enanos jardineros —dijo el
mago riéndose, aunque estaba bastante orgulloso de ellos—. En realidad los
cultivos de hongos son más propios de los enanos que viven bajo tierra que de
nosotros los elfos. Pero cuando me enteré de que ellos hacían esto yo quise
tener mi propio jardín de hongos. Incluso visité sus cuevas para informarme al
respecto, hace ya muchísimos años. Pero después de tal aventura, no fui capaz
de imaginarme un jardín de hongos sin enanos, así que mandé a que me
construyeran decenas de ellos. ¿No son hermosos? —preguntó encantado.
Galerina los detestó desde el primer
momento, sobre todo al que estaba agachado, pero se limitó a contestar —Preciosos.
Una cosa que claramente no
compartían los elfos con los fungí era el buen gusto.
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