miércoles, 25 de diciembre de 2019

10 - La guardiana


            En la semana que pasaron en el palacio del príncipe de Saldra tanto Viridrut como Galerina perfeccionaron su magia. Penny leyó muchos libros sobre sanación, los que pudo encontrar en el idioma común que la elfa Radasté conservaba más que nada por curiosidad pues en realidad ella curaba con magia. Licken leyó lo que pudo sobre filosofía entre otros temas, al igual que Penny, siempre que estuvieran en el idioma común. Sorpus y Sorus se entretuvieron más visitando los jardines y conociendo más respecto a esa misteriosa “udra”. Practicaban entre ellos con sus garrotes y habían descubierto que eran grandes acróbatas. Siempre recordaban las espadas que los hombres de Morún habían dejado en el bote. Aunque a Galerina y a Viridrut no les gustaba la idea de que las usasen, ellos en secreto anhelaban empuñarlas. Se sintieron seguros allí. Viridrut con la ayuda de Anzhará y con mucha práctica había conseguido sus primeros avances en la proyección de pensamientos dentro de los sueños y fuera de ellos. Ahora ya podía hacer que otras personas no fungís escuchasen lo que quería decir. Y había aprendido un truco nuevo la ilusión mental. A diferencia de la ilusión que manejaba Galerina que se trataba de engañar a los sentidos, la ilusión mental, que Galerina no sabía usar todavía, le permitía convencer a alguien de estar experimentando algo que en realidad no sucedía. Podía transportarlo directamente a otro lugar, ficticio, con sus pensamientos.

            Habían estado esperando la llegada de los guardias reales de Saldra. Anzhará conociendo el número de los hombres de Morún buscó que fuera uno relativamente similar para no estar en desventaja. Diez elfos desembarcaron al mando de un elfo muy alto llamado Zantra de cabellos blancos y cuerpo delgado. Anzhará les explicó que ninguno de esos elfos manejaba la magia, no al menos como lo hacia él. No obstante estaban equipados con objetos mágicos, pero ninguno era un mago verdadero. Pues estos en realidad eran muy escasos. Aunque Zantra utilizaba una especie de cimitarra como arma principal, que colgaba de un cinturón rojizo, cinco de sus elfos llevaban arcos y cuatro lanzas. En la costa se despidieron del príncipe de Saldra, los hongos muy amistosamente, mientras que los elfos se inclinaban y demostraban de diferentes formas respeto de manera exagerada. No querían dejar el bote en el que habían llegado pero era necesario pues los elfos habían traído su propia embarcación, muchos más grande, cómoda y adecuada, además de veloz. Sorpus y Sorus fueron por las espadas de Morún desafiando los deseos de Galerina y Viridrut. Imitando a Zantra colgaron las espadas de sus cinturas y como no eran tan largas como la cimitarra del elfo se ajustaban bien a sus cuerpos.

            En menos de una hora ya habían llegado a las costas de Denjiia. Los elfos buscaron dar con el campamento de Morún. Cuando desembarcaron fueron bien recibidos por los hombres. Morún de la orden de los acuñadores saludó amablemente a los elfos.
            —Saludos visitantes de Saldra. ¿Qué los trae por esas tierras? —dijo el hombre.
            Zantra que era más alto que Morún lo miró desde arriba, todo lo que vestía estaba impoluto y perfectamente arreglado. Se inclinó haciendo una reverencia que posiblemente le importase muy poco y no fuera más que algo protocolar —Saludos hombre de Denjiia. Pedimos permiso para escoltar a estos Fungís por tus tierras.
            —No soy nadie para otorgar o denegar un salvoconducto, así que no me opondré. Siempre y cuando me permitan acompañar mis amigos los hongos a donde sea que vayan. —dijo Morún.
            —Estábamos por pedirte que nos hicieras ese favor. —dijo Viridrut.
            —Regresaremos al bosque —explicó Galerina de la manera más seria que pudo—, al lugar del cual surgimos por primera vez.
            —Por supuesto —Morún hizo una reverencia—. Lo que sea por ustedes. Van a necesitar caballos. Si lo desean podemos conseguirles unos aunque demorarán un poco de tiempo en llegar. Claro que siempre podemos llevarlos.
            Pero los elfos de Saldra estaban más que preparados y mientras Morún ofrecía sus servicios ya se encontraban bajando a varios caballos blancos relativamente pequeños. Zantra contestó —Muchas gracias, pero tenemos nuestros propios caballos, los cuales nos servirán muy bien.
            —Mmm… ¿Así que todos sus caballos son blancos? —insinuó Morún con cierta ironía.
            —Mmm… Así que una armadura de oro. —contestó Zantra.
           
Sin mucho más que decir decidieron terminar la conversación allí y se prepararon para partir hacia el lugar de donde los fungí habían surgido por primera vez. Morún convocó en privado a los hongos y ofrecerles algunos obsequios. Les tenía  preparado varios juegos de botas para que sus pies estuvieran protegidos. Los habían fabricado en tela y piezas metálicas muy delgadas pero que servían de protección. Algo similar a llegar un yelmo, pero en los pies. Si algo tenían los acuñadores era dinero, y eso aceleraba las cosas. Después de enviar a un hombre con un caballo y con suficiente dinero se encontró rápidamente con un artesano que en dos días ayudado por varios aprendices les fabricó los seis pares. De haberles dado más tiempo también habrían mandado a hacer ropa. Los fungís aceptaron los regalos pero desconfiaban de la supuesta amistad con los hombres. Y tenían buenos motivos. Viridrut, extrañaba un poco la sabia guía de Izhá.

Con la intención de viajar un poco más rápido, redujeron al grupo un poco. Solos cinco hombres y cinco elfos acompañarían a los seis hongos. Los cuales habían sido subidos a una carreta, pues aunque la mayoría podía ser transportados en un caballo Licken era demasiado grande pero no necesariamente tan pesado. El viaje de día y medio a pie de hongo era de apenas unas horas a caballo. Llegaron al atardecer. El verano estaba a pocos días y el calor era intenso, las noches sin embargo eran tibias y placenteras. Los mosquitos zumbaban cada vez más cerca de los hombres y de los elfos cuanto más se aproximaba la noche. Viridrut reconoció el lugar sin muchos problemas y recordaba claramente caminar por esa parte del bosque en el sueño de Makiias. Pero había algo diferente. El lugar ya no se encontraba solo, decenas de criaturas del tamaño de la cabeza de un hombre flotaban entre la graba, algunas a apenas unas pulgadas del suelo y otras por encima de la altura de los árboles. Eran luminosas y emitían un extraño sonido similar al de zumbidos muy rápidos y agitados que luego se calmaban abrúptamente con un pequeño chasquido y continuaban lentamente hasta volver a acelerarse. Eran brumidas y con forma de gota. Una película transparente y aplanada recubría su perímetro verticalmente y poseían dos flagelos ambos muy delgados. Uno era más alargado y lo utilizaban para rebotar en el piso aunque permanecían en el aire por mucho tiempo, como si fueran extremadamente livianas. El segundo flagelo más bien velludo, lo utilizaba para modificar su posición en el aire y para alimentarse ya que capturaban con él desafortunados insectos voladores. Sobre todo mosquitos y polillas que llegaban atraídos por su luz.

Los hombres de Morún desenfundaron sus espadas y los elfos de Zantra tensaron sus arcos, pero Viridrut los detuvo. No consideraba posible que un montón de seres que se alimentaban de insectos pudieran representar una amenaza. Se detuvieron cuanto tiempo fue posible a observarlos.
Viridrut preguntó dirigiéndose a sus hermanos —¿Son esos fungís?
Licken contestó telepáticamente —He intentado comunicarme con estas criaturas pero es imposible. Sin embargo puedo sentirlos. Y puedo sentir a más presencias, que todavía no nos han sido reveladas.
—Yo también puedo sentirlas. —dijo Galerina.

Decidieron continuar. Viridrut se ubicó tomando como referencia el árbol donde se había dormido el gato y buscó donde debía de encontrarse la argolla, pero no estaba allí. Exhortó a los hombres y elfos a que lo ayudasen a buscarla, pero no aparecía. Del suelo brotaron hifas delgadas como un dedo de color negro que crecieron a rápida velocidad hasta la altura de la cintura. Todos las notaron y cuando terminaron de crecer un punto rojo apareció en el extremo superior de todas las hifas. El punto creció y se convirtió en una pequeña esfera. Dos de los hombres de Morún las apartaron con sus manos, imprudentemente. Casi inmediatamente comenzaron a convulsionar y cayeron al suelo. Los elfos, que no habían tocado los puntos rojos también cayeron de rodillas tomándose con sus manos la cabeza. Zantra intentó resistirse lo más que pudo pero ni siquiera fue capaz de desenfundar su cimitarra.
—¿Qué sucede? —preguntó Penny asustada.
Morún, que casi siempre permanecía tranquilo y sonriente, estaba alerta y muy serio —Los elfos han caído por magia. Alguien está proyectando algún encantamiento en sus cerebros. Mis dos hombres cayeron envenenados por esas cosas. Hay alguien más aquí, un mago, extremadamente poderoso. Para esta altura habrá entendido que nosotros portamos gemas que nos protegen de la magia, por eso nos tentó con esas cosas rojas. La magia proyectada en nosotros no nos afecta, pero la indirecta sí.

Tras terminar de decir esto todos pudieron observar como de entre los arboles más atrás aparecían seis sombras de la altura de un hombre. Los seres antropomorfos caminaban con sus brazos colgando. Estaban hechos de barro, tierra y graba. Uno de ellos se adelantó y atacó a los hombres. Arrojaba manotazos intentando sujetar a alguno de los guerreros de la orden de los acuñadores. Pero los hombres se defendían bien y tenían claro que no era buena idea que los tocasen. Mientras forcejeaba con uno él otro atravesó al ser antropomorfo de barbotina con su arma. La espada poseía una gema anti magia. Al ser tocado por la hoja el ser empezó a disgregarse. Perdía cohesión y simplemente dejó de existir soltando un estremecedor rugido antes de desvanecerse. Pero la batalla no había terminado.
—Esos son elementales de tierra —dijo Morún gritando—. Que no los toquen, ataquen con sus espadas.
Sorpus y Sorus desenfundaron sus espadas aunque sabían que no eran tan buenos como Morún con ellas y se limitaron a proteger a sus otros hermanos. También lo hizo Licken, aunque la espada lo hacía sentir profundamente incómodo.
Los elementales arrancaron ramas de los árboles y equipados con ellas se arrojaron a la lucha contra los hombres. Morún derribó al primero con facilidad, pero los otros cuatro pronto desarmaron a sus hermanos de armas y los derribaron. Sorpus y Sorus decidieron atacar y con dos golpes de gracia acabaron con dos de ellos. Licken seguía protegiendo a Galerina, Viridrut y Penny, como podía.
Morún supo que los dos elementales tenían más oportunidad de triunfar que Sorpus y Sorus así que gritó con cuanta autoridad pudo e intentando inspirar confianza, aunque en realidad estaba asustado —¡Atrás, déjenme esos dos!
Los fungís retrocedieron pero no soltaron sus armas. Las criaturas transdimensionales lo rodearon. Tan pronto como uno de los elementales levantó su improvisada arma, Morún se arrojó sobre él. Sabía que no podría herirlo, pero al menos se quitaría al que tenía detrás. Se movió en círculos tratando de no quedarse quieto y de alguna forma había conseguido él, rodearlos a ellos. No acostumbraba usar escudos, muy propio de la esgrima de Denjiia, pero en ese momento le hacía falta uno. Las criaturas eran lentas en comparación a él, pero mucho más letales. Sorpus y Sorus decidieron que era mejor ignorar el consejo de Morún y fueron por la criatura que había quedado detrás al principio, consiguiendo distraerla. Ellos eran ágiles, y giraban y hacían volteretas por el aire y el piso. Mientras la criatura se concentraba en ellos, Morún atravesó a la otra con su espada, destruyéndolo. Caminó con seguridad hacia el otro, que no llegó a reaccionar. Los elementales se habían desvanecido. Morún volvió a sonreír, confiado. Pero no le duró mucho. De entre los árboles, surgieron mas sombras eran al menos veinte.

—¡Es imposible! —exclamó—. Un mago apenas puede controlar a uno de estos. El nivel de mana y de poder que hace falta para ejecutar tal encantamiento es enorme. Tiene que haber decenas de magos escondidos, es imposible que no los hayamos visto hasta ahora —y repitió—. Es imposible.

Los elementales se detuvieron rodeándolos en un círculo. Y en el centro se formó un leve remolino que levantaba las hierbas del suelo y las hacia girar. Algo más venía con ellas. De entre la tierra brotaban pequeñas esferas, como granos de arena. Que se iban uniendo unas a las otras formando esferas cada vez más grandes. Finalmente todas se unieron entre si y el leve vestigio de un ser se fue conformando. Dos brazos, dos piernas, una pequeña cabeza sin ojos pero si con boca. Sin duda era un Fungí, más parecida a Penny que a los demás. Completamente velluda. Al principio parecía desnuda pero en pocos segundos una túnica verde se materializo sobre ella. Pero no era ropa sino más bien una extensión de la criatura. Desde el suelo broto algo más, algo metálico. La argolla de la cadena. Que se fundió con la figura, permaneció como si tratase de un colgante y mecía de su cuello.
La criatura con voz femenina preguntó —¿Quiénes son ustedes?
Nuevamente Galerina contestaba —Somos Fungís. ¿Quién eres tú?
—¿Quién es él? —preguntó la poderosa maga.
El hombre que todavía sostenía su espada en posición de guardia contestó —Yo soy Morún de la orden de los acuñadores, servidor del rey de Denjiia. Gobernante de esas tierras.
—Yo no sirvo a ningún rey. —contestó la criatura.
—¿Qué le has hecho a mis hombres? —preguntó Morún.
—Ninguno ha resultado gravemente herido. Todavía. Muchos hombres han llegado aquí antes. Ninguno con buenas intenciones.
Morún contestó con total sarcasmo —¿Si? Yo pensaba invitarla a salir. Pero estoy empezando a reconsiderarlo.
—¿Quién eres tú? —preguntó nuevamente Galerina.
La fungí ciega habló con su voz espectral —Yo soy Rouxy, la guardiana. Protectora de Albor y del aro sagrado.
—¿Aro sagrado? —preguntó Sorus.
—Suena muy mal. —dijo Sorpus.
—Sí, ya se —contestó Rouxy—. Pero estuve un rato largo pensando y no se me ocurrió nada más.
—Si necesita publicistas yo le pagó unos, pero deje a mis hombres en libertad. —acotó Morún.
—A todo esto —agregó Viridrut—. ¿Qué o quién es Albor?
—Albor fue el primero —dijo Rouxy—. El primer Fungí. Él caminó hacia el norte y se adentró en el bosque. Tenía miedo al principio y escapó de los hombres. Pero su micelio se extendió por todas partes en tanto tiempo. Aprendió el idioma de los hombres, el de los elfos, el de los ogros. Él sabe lo que sucede en el bosque y bajo la tierra. Ha estado creciendo desde el principio y ha abandonado su forma humanoide. Me comunico con él bajo la tierra. Me ha encomendado la misión de proteger…
—Eso es la argolla de una cadena. —explicó Viridrut.
—Esto —aclaró Rouxy—. Un poder sobrenatural está conectado a este…
—Dige mágico. —dijo Sorus.
—Circulo especial con poderes. —dijo Sorpus.-
—Redondel afectado por seres transdimensionales. —propuso Penny.
—Cosa. —dijo Galerina con poco interés.
—Sí, es verdad, está difícil. –—expresó reflexivo Viridrut mientras se rascaba la cabeza.
Rouxy retomó su explicación —El aro sagrado…
—Por alguna razón ya empieza a sonar mejor. —acotó Sorus.
—El aro sagrado aumenta mis capacidades mágicas y también las propiedades de Albor. Es lo que nos ha dado vida en un principio.
—¿Y que son esas criaturas que flotan? —preguntó Morún.
—Yo las llamo lulas. Son fungís, pero mucho más sencillos que nosotros. Ellas también han mutado y crecido desde su forma original. Así como nosotros nos convertimos en criaturas consientes ellas se asemejan más a animales, pero no son exactamente lo mismo que ustedes o yo. ¿Qué han venido a buscar?
—Al aro sagrado. —contestó Galerina.
—No lo entregaré. Esto representa a nuestro dios. —Rouxy se rehusó.
—No solo la vida de un inocente quizás dependa de ese objeto, sino que nos han propuesto investigar sobre nuestra creación. Quizás podamos encontrar un significado para nuestra existencia o al menos una explicación. —explicó Viridrut con seriedad y paciencia.
Rouxy guardó silencio por unos momento, meditando. Luego ordenó —Acércate fungí —refiriéndose a Viridrut. Y mientras el hongo caminaba hacia ella los elfos y los hombres se levantaban, solo para contemplar a las decenas de elementales que los rodeaban. La maga apoyó sus manos sobre la cabeza de Viridrut el cual sintió como era investigado telepáticamente y pensó que hubiera sido más fácil si le tocaba los pies. Rouxy lo soltó tras unos momentos y ordenó a Morún y a Zantra, que ya estaba de pie —Ahora ustedes —Zantra no comprendía lo que pasaba pero aceptó, pues no quería ser menos que el hombre. Morún tampoco se negó teniendo en cuenta que sus hombres ya habían recuperado su conciencia. La fungí repitió lo que había hecho con Viridrut. Luego de sondearlos a ambos concluyó —He visto en sus mentes que todos hablan con sinceridad. Todos buscan el beneficio de los fungís. Renunciar a algo que representa a nuestro dios no es sencillo. Pero Albor piensa que es algo que debemos hacer, por el bien de todos. No obstante, tiene algo que pedirles.
Mientras Morún le hablaba al oído a Zantra, para ponerlo al tanto de lo que sucedía, Viridrut preguntó —¿Cuáles son sus deseos?
—Nosotros no somos los únicos fungís. Albor se encargó de encontrar a muchos y protegerlos en el norte. Pero algunos de nuestros hermanos han sido capturados por hombres malvados que los han esclavizado
—La sociedad de los sombracortos. –dijo Morún.
—Dos de esos hombres llegaron hace dos días —explicó Rouxy—. No estaban solos, venían con un elfo. Los hombres me atacaron y me defendí. Ellos no sobrevivieron. El elfo en cambio me defendió —La maga movió una de sus manos y a unos pasos más atrás de ella la tierra se movió dejando ver que dentro del suelo estaba escondido un elfo. Era Izhá y estaba mal herido. —Él sabe dónde se encuentran nuestros hermanos. Lo he alimentado y dado de beber. También le he brindado descanso. Pero su salvación está más allá de mi poder o el de Albor.
Los cuatro fungís que lo habían conocido en vida se acercaron al elfo, seguidos por Sorpus, Sorus, Morún y Zantra. Penny apoyó sus manos sobre él dejando que su capacidades naturales lo curasen, al menos de las infecciones. Izhá estaba inconsciente.
—Dinos que debemos hacer. —preguntó afligido Viridrut.
—Encuentren la forma de liberar a sus hermanos prisioneros. Cuando ellos se hayan reunido con Albor, les entregaré a nuestro signo divino —Rouxy chasqueó sus dedos como festejando algo y después volvió a su habitual solemnidad—. Con la condición de que cuando hayan satisfecho su curiosidad nos lo devuelvan.
—Así se hará —dijo Galerina asintiendo con su cabeza.
Tras esto Rouxy se desvaneció y regresó a la tierra en un torbellino como en el que había llegado.

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