miércoles, 25 de diciembre de 2019

12 - El devorador de mentes


            Viridrut y Zantra se quedaron esperando que Galerina, que viajaba disfrazada por su encantamiento de ilusión con el aspecto de Gala y Morún regresasen de la ciudad de Gaved con algún tipo de túnica o capucha que pudiera disimular la enorme cabeza del hongo. El fungí se preguntaba si sus amigos habían llegado donde la ogra y si esta había conseguido salvarlo. El elfo se sentó en el suelo mientras su caballo pastaba sin necesidad de estar atado. Viridrut se sentó junto a él aunque estar sentado en el mismo suelo no le resultaba del todo cómodo. Zantra sacó de entre sus pocas pertenencias una botella cerámica. En su tapa estaban encastrados dos vasos, también cerámicos. Sirvió un poco del líquido que llenaba la botella en ambos vasos. Y ofreció uno al fungí.

            —¿Por qué te has ofrecido a esta misión? —preguntó el elfo.
            —Porque he sido prisionero antes. Galerina, Sorpus y Sorus me salvaron. Se lo debo a mis hermanos. —contestó Viridrut sosteniendo su vaso.
            —Pero no eres el más adecuado para esto. Posiblemente Sorpus y Sorus junto con Galerina estén más preparados. Son mejores con las armas y Galerina parece ser una gran maga. Ella es capaz de disfrazarse, tú no. No tan fácil como ella al menos.
            —No entiendo que pretendes decirme.
            —No es mi deber señalar nada. Eres dueño de arriesgar tu vida como te plazca, pero si voy a entrar en alguna batalla, espero que quienes me acompañen estén seguros de lo que hacen. Te preguntaré ¿Sientes que tus compañeros Licken y Penny son menos que ti por no estar aquí?
            —Licken se ofreció a venir.
            —No es lo que te estoy preguntando. —señaló el elfo tomando el contenido del vaso de una sola vez.
            —No, por supuesto que no creo que sean menos. Salvar a Izha es importante. Él es nuestro amigo y mentor. Nos ha ayudado mucho. Se lo debemos. Él me ha salvado la vida ya en alguna ocasión.
            —Sin embargo estas aquí, intentando salvar la vida de unos hermanos a quienes no conoces en vez de intentar salvar la de alguien a quien ya le debes tu permanencia en el reino de los vivos.
            —No quería dejar a Galerina sola. —explicó el fungí.
            —Ese no fue tu primer argumento.
            Viridrut guardó silencio por unos momentos. Lo que Zantra decía era cierto —No soy un gran filósofo como Licken. ¿Qué intentas decirme?
            —Lo que intento señalar —Zantra se sirvió otro vaso viendo que Viridrut no hacía nada con el líquido— es que puede haber dos motivos por los cuales estás haciendo esto. Si lo haces por impresionar a la chica que te gusta, estoy bien con eso, aunque puede ser algo peligroso. Pero si lo haces porque sientes envidia de ella o te hace sentir menos, estas en un error y tus actos están condenados al fracaso. Si quieres  luchar, aprende a luchar y después lucha. No arriesgues tu vida para impresionar a otros o porque te hace sentir importante. Y sobre todo no arriesgues la vida de los demás.
            Vieron que Galerina y Morún regresaban. Viridrut apuró el trago. Pero resultó ser una mala idea. Intentando hacer algo similar a toser escupió cuanto pudo lo que le había compartido Zantra, que se levantó alarmado por lo que le pasaba al fungí.
            Morún que ya había llegado trayendo una manta de color verde con la cual cubrirían a Viridrut preguntó —¿Qué ha pasado?
            —No sé —dijo Zantra—. Solo le di un poco de licor.
            —¿De qué? —preguntó Morún que le arrebató el vaso.
            —Es licor de coco.
            Morún lo olió y probó un poco, pero le impactó el sabor —Alcohol puro.
            —Dos veces destilado. —aclaró el elfo.
            —Casi me muero. —dijo Viridrut exagerando.
            —Ya conocemos algo que les hace bien a ustedes y no a nosotros. —dijo Galerina.
            Pero el hombre no estaba de acuerdo —Difícilmente esto nos haga bien —luego terminó de beber el vaso y preguntó—. ¿Hay más?
            El fungí mientras se recuperaba notó que Morún ya no portaba la espada que tanto les gustaba a Sorpus y a Sorus y en su lugar llevaba una más sencilla —Ya no llevas tu espada.
            —He renunciado a ella pues la gema engarzada en la empuñadura interfería con el encantamiento de Galerina.
            —Pero es un símbolo de tu hermandad. —reclamó Viridrut.
            —Los símbolos solo son eso. Lo que de verdad representan siempre debería de ser más importante. —respondió el hombre.
           
            Viridrut estaba cubierto por completo por la manta, le habían atado un cinturón y él se esforzaba por permanecer encorvado para disimular aún más su cabeza de hongo. Galerina en cambio simplemente con su capacidad de ilusión estaba bien disfrazaba. Se citaron con uno de los contactos de Morún en el templo a Irus, la luna. El único de la ciudad. No había sillas y debían de sentarse sobre mantas en el suelo. Había poca gente pues era de día. Arriba estaban las habitaciones de los sacerdotes, que seguían el mismo culto que Uruduntis. Era un recinto de columnas blancas y paredes violetas con arreglos en plata. Cuando habían entrado habían visto que en el frente estaban haciendo modificaciones, construyendo los cimientos de una nueva torre. El templo ya poseía dos. El elfo y los fungís esperaron a que Morún regresase de su reunión. A nadie le incomodó o le extrañó su presencia allí. Posiblemente por la apariencia de Galerina.

            Morún se encontraba satisfecho y mientras se acariciaba el bigote se dirigió a ellos —Bueno, estas noticias les gustarán.
            —¿Sabes dónde se ocultan nuestros hermanos? —preguntó Viridrut.
            —¿Qué?, No —Morún estaba pensando en otra cosa—. No, no —insistió—. No creo que sea tan fácil encontrarlos. Mis contactos me han confirmado que la sociedad de los sombracortos opera aquí. Así que no estamos en mal camino. Pero mucho más importante un viejo amigo se encuentra aquí. ¿Se acuerdan de Bladon? El que los capturó. Pues se ha puesto a venderles información, supongo que por puro despecho.
            —Finalmente sí pudo dar con ellos. —dijo Viridrut.
            —Se ve que no le ha gustado mucho ser expulsado de nuestra orden. Ya nada lo redime.
            —¿Y que puede haberles dicho de nosotros? –preguntó Galerina.
            —Mucho más importante es que puede decirnos de ellos. —contestó Morún— Los últimos días se ha estado hospedando en una taberna no muy lejos de aquí. Tengo pensado ir a visitarlo.
           

            La taberna “La araña mimosa” una de las más prestigiadas y reconocidas de la ciudad no quedaba en realidad lejos, estaba enfrente del templo de la luna. El lugar hacia de restaurante, salón de juegos, burdel, hospicio y alguna otra cosa más. La habitación principal era un gran salón con decenas de mesas y dos grandes escaleras que llevaban al segundo nivel, donde había más mesas, recién en el tercer nivel empezaban las habitaciones de los huéspedes. Era la hora del almuerzo y todo estaba completo. Morún sobornó a un mesero y tan pronto como un grupo de albañiles que habían estado modificando la fachada del templo de la luna se retiró, ellos tomaron su lugar, por más que había muchas otras personas antes. Se sentaron, algunos cómodamente, otros como Viridrut no tanto. El ambiente estaba animado por un grupo de músicos. Una mujer que tocaba una lira, un hombre joven que tocaba una quena y un señor mayor algo obeso que los acompañaba con un extraño sonajero que cabía en la palma de su mano, la cual es justo aclarar era bastante grande. De vez en cuando y siempre de manera acertada el hombre vertía agua de una tinaja a otra que estaban a sus pies generando un sonido tranquilizante. El fungí se distrajo escuchando a los músicos y para cuando regresó a prestar atención a lo que hacían sus acompañantes no solo ya habían ordenado sino que les estaban trayendo los platos con comida.
           
            —¿Qué es esto? —preguntó el elfo.
            —Guiso denjiien. Un plato autóctono de este reino, que es Denjiia. —contesto Morún.
            —¿Y por qué es típico de aquí? —siguió preguntando Zantra.
            —¿Cómo voy a saberlo? No soy denjiien, soy gullien. Pero me imagino que tiene que ver con los colores de aquí —El plato estaba hecho de guisantes verdes, también conocidas como arvejas, pimentón rojo, cebolla cabezona y granos de pimienta negra, agua y sal—. Si te fijas bien el rojo del pimentón y el verde de los guisantes se asemejan al color de la bandera.
            —La bandera de este reino también tiene un caballo blanco, ¿Eso sería la cebolla? —preguntó el elfo inquisitivamente.
            —Quizás —Morún tomó una hogaza de pan y entonces pregunto él—. Nosotros a esto le decimos pan, y al pan de ustedes le decimos pan de elfo. ¿Ustedes a este pan le dicen pan de humano?
            —No contestaré a esa pregunta. —dijo el guardia de Saldra.
            Viridrut estaba más preocupado por la bebida —Esto no será lo mismo que antes ¿No?
            —Tranquilo Viridrut —dijo Morún—. Eso solo es agua. No he pedido nada alcohólico para ti o para Galerina. Pero para mí nuevo amigo elfo y para mi he pedido algo de cerveza especiada.
            —Nunca en  mi vida había visto cerveza verde. —aclaró el elfo.
            —También típica de aquí. Durante la fermentación de la cerveza se le agrega hojas molidas de un árbol llamado crinón. El resultado es esta cerveza mucho más amarga. Por supuesto mucho más suave que ese licor de coco con el que trataste de envenenar a Viridrut.
            El elfo sorbió algo de la pinta de cerveza y se estremeció por su grado de amargor —Nunca había tomado un líquido que se sintiera tan seco.
            —Imagine que no sería de tu agrado, pero quería que lo probases. —dijo Morún.
            —No he dicho que no me agradase. —contestó Zantra regalando una sonrisa a la cual jamás se acostumbrarían.
            —Creí que los elfos, que viven tantos años, habían experimentado de todo. —dijo Morún pensando en voz alta.
            —Hemos experimentado muchas cosas, sí, pero ni la cultura humana es el centro de nuestra atención ni estamos exentos de responsabilidades. Soy un guardia real. Quizás haya visto algo más que muchos otros elfos y posiblemente más que muchísimos humanos, pero mi vida no es tan interesante o excéntrica como la de nuestro príncipe, Anzhará. Yo soy su siervo, no puedo hacer lo que quiera.
            —¿Puedes vivir decenas de veces la vida un hombre, pero en todas serás un siervo? —preguntó Morún.
            —Esa es mi misión.
            —¿Y no te aburre? —insistió Morún.
            Pero Viridrut intervino —Nosotros los fungís hemos sido creados quizás del error y la casualidad. No tenemos propósito o misión alguna. Para ser honesto, te envidio Zantra, tú tienes claro lo que debes hacer y para qué sirve tu vida.
            —Gracias. —contestó el elfo satisfecho.
            —Ustedes están locos. —dijo Morún limpiándose los bigotes llenos de arvejas.
            Galerina que había permanecido en silencio haciendo guardia preguntó haciendo señas disimuladamente para que observasen lo que pasaba en una mesa vecina —¿No es ese Bladon?
            —Sí —contestó Viridrut, que reconocía muy bien al hombre que le había robado su preciada libertad.

            Bladon estaba sentado solo, en una mesa que todavía tenía los platos de quienes habían estado antes. Morún encargó dos pintas de cerveza más, las cuales pagó inmediatamente. Cuando se las trajeron, se levantó y le pidió a Viridrut que lo acompañase. Galerina y Zantra cuidarían de sus espaldas.
            El hombre habló en voz baja —Hagas lo que hagas no duermas a este hombre. Necesito información de él.
            —Bien. —dijo Viridrut asintiendo con la cabeza encorvada como estaba luego intentó manotear una de las pintas de cerveza, asumiendo que la habían pedido para él.
            Pero Morún aclaró como si se tratase de un niño mientras eludía al fungí —No es para ti, esto te hace mal.
            —Perdón. —respondió Viridrut con su voz aguda.

            El integrante de la orden de los acuñadores apoyó una de las pintas de cerveza en la mesa donde se encontraba Bladon, que no los había visto. Dejó que este lo reconociese sin siquiera saludarlo. Solo se limitó a beber de su propia pinta.
            Bladon comprendió enseguida de quien se trataba y se levantó enfadado —¿Qué haces aquí Morún? ¿No estabas en las costas del oeste buscando a esos honguitos?
            —Y los encontré. Pero ahora busco a otros fungís, unos que tú sabes dónde se encuentran.
            —No sé de qué hablas. —contestó Bladon ofendido.
            —Eso no me dicen mis informantes.
            —¿Y qué te han dicho tus hombres? —pregunto Bladon.
            —Que llegaste hace pocos días, que te has estado hospedando aquí, y que te la has pasado en el mercado conversando con reconocidos miembros del hampa.
            —¿Si? ¿Y no te han dicho que yo no estoy con ellos? Pues estoy buscando a los integrantes de esta organización para liberar a algunos fungís que han sido capturados. Voy a hacer lo que tú no hiciste. Acabar con estos malhechores.
            —Quizás lo que dice es cierto. —dijo Viridrut en voz baja.
            —¡Silencio! —ordenó Morún.
            —¿Has traído a un fungí? No entiendes que esta ciudad es su perdición. Lo capturaran lo venderán como esclavo, o lo cortaran en pedazos y se lo comerán en una ensalada. Eres egocéntrico Morún, piensas que podrás defenderlo. Pero no puedes. —desafío Bladon al otro hombre.
            —Quizás te creería, si no supiera que los sombracortos te están pagando muy bien. Como integrante del ejército real de Denjiia eres una vergüenza. Dime donde tienen a los fungís y las penas no serán graves cuando enfrentes a la justicia. —contestó Morún seriamente, dejando en la mesa su pinta de cerveza especiada.
            —Yo no tengo idea de donde se encuentren. Pero quizás ellos sí. –Bladon movió ambas manos y los señaló. Pero las señas no eran para ellos. Varios hombres se levantaron de sus sillas, muchos de ellos encapuchados. Fueron por Viridrut y Morún. Antes de que pudieran alcanzarlos Galerina y Zantra, que habían estado esperando para actuar intervinieron. Galerina arrojó del polvo toxico que generaba a varios de los encapuchados, los cuales cayeron al suelo sin poder respirar bien. Zantra utilizó su cimitarra pero enfundada pues no quería todavía empezar a matar a nadie. Esas no eran sus tierras. La velocidad del elfo era tal que antes de que el primer hombre pudiera levantar una daga sobre él, ya había dejado fuera de combate a dos más. Eludió a su atacante y con su mano libre lo tomó del hombro. El sombracorto no entendió como pero en un simple movimiento del elfo terminó por ser arrojado contra una pared. Otro hombre sujetó al elfo por su ropa con una mano mientras que con la otra trataba de golpearlo con una botella. Zantra lo tomó por la mano que lo cogía a él y aplicando fuerza con sus dedos y realizando una palanca se liberó, tras esto le retorció el brazo hasta quebrarle la muñeca y dejarlo tirado en el piso. Más hombres se levantaron de sus mesas dispuestos a atacarlos.

            Bladon sonrió y buscó un puñal que tenía escondido entre sus ropajes. Morún estaba quieto observando la lucha, con su mano en su nueva espada, esperando anticipar cualquier movimiento de su antiguo compañero, pero se distrajo. Bladon se levantó rápidamente. Viridrut aunque tenía órdenes de no dormirlo lo atacó con su magia, pero esta no resultó y Bladon consiguió enterrar su puñal en el estómago del gullien. Viridrut lo sostuvo mientras caía arrodillado sosteniéndose el abdomen. Definitivamente su armadura en ese momento hubiera sido de gran ayuda. Los hombres de la sociedad de los sombracortos fueron demasiados incluso para Zantra y Galerina. Dos de ellos sujetaron al elfo y un tercero rompió una silla en su cabeza dejándolo inconsciente. Galerina fue capturada y su cabeza cubierta con una manta para que no pudiera envenenar a nadie más. Viridrut seguía intentando dormir a Bladon pero no lo conseguía.
            —¿Qué pasa hongo? ¿Se te ha acabado la magia? —el hombre soltó una carcajada—. Ustedes han sido mi desgracia. Pero no abandonaré la buena vida que me daba viviendo del oro de los acuñadores. Otros pagarán por mis servicios.
            Dos hombres arrojaron una manta más sobre Viridrut y le ataron las manos. Bladon tomó una lámpara que colgaba de la pared y arrojó el aceite de la misma sobre el fungí y ordenó a otros hombres que hicieran lo mismo con Galerina que intentaba soltarse, sin éxito.
            —¿Qué harás con nosotros? —preguntó Viridrut mientras escuchaba el sonido latigueante del arder del fuego de una antorcha al encenderse— ¿Qué pasará con Morún y con Zantra?
            —Desaparecerán. —contestó secamente el hombre. Luego empujó a Viridrut para que saliera de la taberna—. Tú y tu amiga se reunirán con los tuyos. 
            Guiados por Bladon caminaron por pasajes entre las calles, hasta llegar al mercado. Allí descendieron por una escalera que iba más abajo del nivel del suelo a una construcción de adobe. La entrada estaba oculta entre las tiendas que vendían diferentes objetos y víveres. Una vez dentro de la prisión removieron las mantas de las cabezas de los fungís y los arrojaron a una jaula. Viridrut entonces pudo ver a otros seis fungís. Hermanos que no habían conocido jamás que también estaban encerrados en jaulas diferentes.
            Bladon cerró con llave la jaula y sin decir nada se dio vuelta, contento con su triunfo. Pero se sorprendió al encontrar a Viridrut del otro lado, sonriente.
            —Pero… —dijo el hombre sin comprender.
            —Gracias. —contestó Viridrut.

            Bladon entonces despertó súbitamente. Morún lo contemplaba sonriendo. Viridrut lo había engañado con su ilusión mental. La taberna estaba dada vuelta. Los sombracortos habían sido vencidos, en su gran mayoría por Zantra y sus asombrosas artes marciales y por el veneno de Galerina.
            —De las mejores cosas que hice últimamente ha sido expulsarte de la orden. Eres una desgracia para los nuestros, Bladon. —sentenció Morún.

            Ahora que sabían dónde se encontraban los fungís, Morún podía actuar. Ya tenía preparado a un pequeño pero bien equipado grupo de hombres que había reclutado sobre todo de la guardia local de Gaved. Zantra, Galerina y Viridrut también irían para ayudar a liberar a los hongos. Rodearon a la construcción de adobe para que nadie escapase y forzaron la entrada. Los hombres entraron rápidamente, pero no encontraron ninguna resistencia. Solo uno se encontraba todavía con vida, caminaba tambaleándose con los ojos volteados. Se desplomó delante de ellos. Los hombres de la guardia bajaron lentamente sus armas. Mientras observaban a los caídos intentaban entender que había pasado. Un fungí de color oscuro, casi negro, con su cabeza en forma de pequeñas setas huecas de color amarillo se encontraba inmóvil. Miró a los hombres con odio en sus extraños ojos demasiado circulares.
            —¡Alto! —gritó Viridrut—. Ellos no te harán daño. Hemos venido a liberarlos.
            —Ya no hace falta. —contestó el fungí.
            —¿Quién eres tu? —preguntó Galerina.
            —Me pueden llamar Ascophio.
            —¿Qué ha pasado? —preguntó nuevamente Galerina.
            El sombrío fungí respondió —Me he metido en su cerebro y he acabado con ellos. Nos torturaron, querían vendernos como esclavos. No podía permitir eso.
            —Pero se supone que es imposible que la magia ataque directamente a la mente de las personas. —Viridrut estaba preocupado.
            —¿Quién ha hablado de magia? —Ascophio se sentó en el suelo.

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